LEÍDA “LA MANO IZQUIERDA DE LA OSCURIDAD”

Acabo de terminar de leer este clásico de Ursula Le Guin, y el gusto final ha sido agridulce. No porque sea una mala novela, que no lo es, sino porque creo que se queda muy a medias en sus objetivos. Me explico: esta novela, publicada en 1969, se hizo famosa en su día porque se atrevía a explorar un campo hasta entonces inédito, el de la ambisexualidad en la ciencia ficción. Hasta ahí la cosa promete. Sin embargo, la novela, cuando la lees, no va mucho más allá de plantear el cambio de sexos y lo que ello conlleva a un nivel muy superficial, sin meterse a fondo a explorar sus consecuencias. De hecho, la historia es más la de un viaje con tintes de aventura de supervivencia en la nieve, y del amor homosexual entre dos hombres, que la verdadera exploración a fondo del concepto “ambisexual”. Le Guin nos dice que el protagonista se encuentra con habitantes de definición sexual neutra por doquier, pero en realidad todos se comportan como varones, hablan como varones y piensan como varones, por lo que cuando llega el momento del enamoramiento, queda más que claro que te está hablando de un amor homosexual. Seguramente era algo original en su tiempo, y bastante atrevido, pero hoy en día apenas sirve como motor de la trama. Sin embargo, aquello en lo que debería centrarse y que es lo que el resumen del libro promete (la exploración de una sociedad en la que sus habitantes son prisioneros de los instintos del estro, y no eligen un sexo concreto hasta la fase final de su época de celo) se queda en un mero apunte de fondo.

mano izquierda

de lordofthemetaverso

COSAS QUE HACER EN EL CELSIUS

Más cosas que tengo que hacer en el Celsius:

JUEVES 30 de julio
11:00 a 11:20 Presentación del libro “Ecos” de Víctor Conde, acompañado de Diego García Cruz (carpa de actividades)

18:00 a 19:00 Charla “25 años de AQUELARRE” con su creador Ricard Ibáñez, acompañado de Víctor Conde Sala de Conferencias de la Casa de Cultura)

Yo jugué mucho al “Aquelarre” en su época, por lo que será todo un placer y un honor sentarme con su creador a charlar sobre el impacto de este juego.

ecosaquelarre
de lordofthemetaverso

FRAGMENTO DE “ECOS” (¡¡YA ESTÁ AQUÍ, POR FIN!!)

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¡Ya está aquí, por fin! Mi nuevo space opera, ECOS, ha llegado. Lo presentaremos en el festival Celsius de Avilés, pero para ir abriendo boca, aquí tenéis un fragmento del libro. Espero que lo disfrutéis:

1

El espacio aéreo sobre el Mar Negro (o como lo llamaban los romanos, el Pontus Euxinus) parecía el ojo de un huracán.

El transporte MT, un enorme avión con forma de ala delta que servía para transportar a los Mirmidones dentro de la atmósfera, se aproximó desde la cuenca del río Burgas luchando contra los vientos. En su interior, aguardando en sus carlingas de pilotaje, los pilotos de los robots se preparaban para el combate.

Hugo estaba haciendo sus ejercicios de estiramiento muscular (una compleja y graciosa danza aeróbica pensada para que uno la pusiera en práctica sentado), mientras los proyectores de realidad virtual del casco le mostraban el informe de la misión.

Los Exth habían plantado su fortaleza residente justo en el centro del Mar Negro, exactamente a 116 kilómetros al sur de Yalta. Era, como todas sus bases avanzadas, un búnker gigante con un esferoide lleno de lucecitas (él pensó que eran ventanas) plantado sobre tres patas convergentes. Pero lo más impresionante no era la base en sí, sino lo que ésta le hacía al paisaje de alrededor.

Un perímetro láser de enorme potencia estaba, literalmente, evaporando el Mar Negro. Vistos desde arriba eran como una sucesión de pilones de sesenta metros de altura que proyectaban campos láser entre ellos, formando una cerca, una especie de valla que calcinaba todo lo que tocaba, y que se iba abriendo a razón de uno o dos milímetros por segundo, ampliando lentamente su perímetro. Cuando el mar tocaba aquella valla era como si besara una pared de lava: se evaporaba al instante, enviando hacia la atmósfera un torbellino de vapor tan colosal que había creado el mayor ciclón visto en la historia del continente. Solo que su ojo nunca se movía, siempre estaba quieto sobre el mismo sitio: la vertical de la base Exth.

Los ojos de Hugo se dilataron al contemplar en directo aquel dantesco espectáculo: el hielo de la glaciación se partía en oleadas, como si Dios hubiese lanzado una piedra para entretenerse en medio de un lago helado. Solo que las fracturas que se alejaban radialmente del punto de impacto tenían la longitud de Nueva York.

En el Mar Negro no quedaba ningún barco de guerra terrícola, todos habían sido destruidos durante la glaciación, así que la Marina no les prestaría auxilio esta vez. Sería una operación sólo de Mirmidones. El problema era que si el MT se acercaba demasiado lo derribarían, así que tendrían que soltarlos a una distancia prudencial, quizá a cinco kilómetros del cercado láser, y luego ellos tendrían que abrirse paso a lo bestia.

Como a mí me gusta, dijo Hugo para sus adentros, anticipando el psicótico placer de la matanza.

Cuando llegaron al punto previsto para el desembarco, la gran puerta trasera del avión se descorrió. Un torbellino de aire formó un remolino horizontal en la bodega de carga, aunque no tuvo la suficiente fuerza como para impedir que los robots fueran lanzándose de uno en uno al vacío. El de Hugo, un clase Puma, fue el quinto en salir. Era de los pocos robots con forma animal más que humanoide, con cuatro patas y un lomo felino cargado de baterías lanzacohetes. Fath pilotaba un Juggernaut, una mole lenta y pesada y con tanto armamento como el ejército de un país pequeño; y el general Trevold un clase Ariete, un robot diseñado más para el combate cuerpo a cuerpo (modalidad en la que era letal, sobre todo por la gigantesca almádena auto propulsada con punta de fusión que portaba a dos manos) que para el tiroteo a distancia.

Ese Trevold, siempre tan teatral, pensó.

En cuanto estuvieron en caída libre se abrieron los paracaídas. Eran grandes, tres por cada Mirmidón, con la longitud cada uno de medio campo de fútbol. Pero aún así apenas lograron amortiguar el impacto. Hugo lanzó una maldición cuando su robot se estrelló literalmente contra el oleaje y él dio un bote en la cabina. Luego se hundió. Todos se hundieron. El Mar Negro era bastante profundo, y en aquel punto tendría alrededor de 2200 metros, por lo que las moles tardaron un cierto tiempo en tocar el fondo.

Entonces empezó la ofensiva.

Las cuatro patas del Puma de Hugo le conferían más estabilidad que a los otros, por lo que se colocó en cabeza. Dentro de nada verían a lo lejos el resplandor del cercado láser, diluido en un confuso maremagno de burbujas y miles de metros cúbicos de vapor de agua. Si caían presos de esos torbellinos gaseosos estarían perdidos, pues la corriente los arrastraría de cabeza a la barrera láser. Y Hugo no estaba demasiado seguro de si el blindaje de sus robots resistiría algo que era capaz de evaporar un mar entero.

El truco estaba en localizar uno de los pilones que creaban el cercado y destruirlo. Eso abriría un hueco en la barrera, y podrían pasar. Pero claro, había un problema, y es que el mar no se quedaría quieto: se derramaría también con enervada furia por esa grieta, reclamando lo que por derecho le pertenecía. Y la fuerza de arrastre sería tan brutal que podría destrozar al Mirmidón que se hubiese acercado para destruir la valla.

Una decisión difícil, pero alguien tenía que asumir el riesgo.

Hugo les dijo a los demás que él lo haría. Se aproximaría al pilón más cercano y abriría fuego, y luego intentaría disparar los retrocohetes de sus patas para salir impulsado hacia la superficie. De todos los robots, el clase Puma era el que más posibilidades tenía de sobrevivir a algo así.

Sus compañeros estuvieron de acuerdo.

¡Qué grandioso sería si alguien estuviese allí para grabarlo para la posteridad!, se dijo Hugo mientras disparaba sus cañones de partículas contra el pilón, tallando dos vectores de burbujas en el agua. ¿Era ilícito aspirar a la fama, como los caballeros andantes ingleses o los guerreros griegos de la Antigüedad? Ellos solían llevar consigo un juglar al que alimentaban y pagaban un sueldo, simplemente para que registrase en sus cantares las gestas guerreras, los grandes triunfos, las impresionantes conquistas de su señor…

Hugo no veía mal perseguir un poco de fama. Había tres razones por las que un soldado se apuntaba voluntariamente a una guerra: Para proteger a alguien que tenía detrás, por venganza, y por la gloria personal. Hugo sin duda despuntaba en lo segundo, ese era su principal motor para luchar: la venganza. Pero tampoco desdeñaba lo tercero, la fama. Sabía que la Historia hablaría de ellos, de los legendarios pilotos de Mirmidón que salvaron a la especie humana… si es que la salvaban. A él le gustaría destacar en los capítulos de esa historia, y no ser un nombre más del grupo.

Ay, Goro, hijo mío, si pudieras estar aquí para verme…

¿Pero qué estaba haciendo, por Dios? ¿En serio acababa de tener ese pensamiento? ¡No, no, maldición! Si la señora Fath le pillaba pensando en Goro como en un hijo orgulloso, lo enviaría a los campos de trabajo colonial de Mercurio, como a los ciudadanos desviacionistas. Y de paso liquidaría a Goro, mandándolo de vuelta a los tanques probeta de los que surgió.

Tenía que olvidarse de eso. Concentrarse en la batalla, porque sería cruenta y los Exth no les darían cuartel.

Pero entonces, ¿por qué estaba sintiendo esa poderosa sensación de déja vù, como si estuviera reviviendo por segunda vez hechos que ocurrieron en el pasado? ¿Por qué sentía ese vacío en el alma que le recordaba la época en que sólo era un niño, y otro adulto, su padre, libraba batallas que no sólo se cobraban víctimas en el plano físico, sino también en el mental?

Desviacionistas. Sí, tal vez estuviera germinando una semilla de eso en su interior tras conocer a su hijo, la carne de su carne. La señora Fath odiaba a los desviacionistas, los toleraba menos que a los Exth, aunque pareciera mentira. Eran hombres que se ponían de parte del invasor porque creían que la Humanidad merecía ser castigada por una indefinida lista de pecados contra sí misma. Traidores a su propia especie que veían en el exterminio una forma de redención. ¡Él también los mandaría a las minas de Mercurio si pudiera!

El pilón se vino abajo con una implosión erizada de burbujas, como una carga de profundidad detonada a mucha distancia bajo las olas. La malla láser desapareció a ambos lados de ese punto, y sucedió lo previsto: el mar reclamó su sitio derramándose por el agujero. Era como una montaña azul que avanzara cabalgando un frente de espuma, produciendo un ruido tan ensordecedor que hacía temblar las planchas de la carlinga de Hugo, a pesar de encontrarse muy por detrás del seno de la ola.

—Genial —dijo Hugo, rompiendo el silencio de radio—. Ahora tocad de oído, chicos.

Los siguientes minutos se asemejaron a una sinfonía del caos.

El mar golpeó con fuerza los pilares de la fortaleza, haciendo que se tambaleara. Un enjambre de andadores provistos de cañones se concentró alrededor de la grieta, disparando sin cesar a todo lo que iba entrando por ella. Los Mirmidones respondieron al fuego con sus propios abanicos de destrucción. El Juggernaut de la señora Fath desplegó tal nube de descargas láser y de misiles balísticos que recordó a una brigada de tanques comprimida en un único soldado. Un misil enorme, el mayor de su arsenal, partió hacia la principal concentración de máquinas como una flor de tallo rojo que saliera despedida de su semilla.

El resultado fue una nube en forma de hongo que casi tumbó a los aliados con su onda expansiva. Por su parte, el Ariete del general Trevold se lanzó de cabeza contra las líneas enemigas, despreciando el peligro y lanzando un grito de cólera tan grande por los canales que debió asustar hasta a las naves de apoyo. Su almádena con punta de fusión hizo estragos, cayendo como una plaga apocalíptica sobre las cabezas de los robots enemigos.

Llegó un momento, un instante concreto de la batalla, en que Hugo C’mill supo que iban a ganar. Para un soldado experimentado como él, ese momento era fácilmente reconocible. Era el glorioso minuto en que las fuerzas enemigas se comenzaban a replegar, y los informes tácticos en tiempo real de la batalla mostraban más logros conseguidos que los que quedaban por conseguir. El problema, como siempre, era que aunque ganaran una batalla, era imposible evitar las bajas. Siempre había alguien que moría o resultaba mortalmente herido, por mucho que la estrategia hubiese salido a pedir de boca. “Bajas razonables”, las etiquetaba una estadística. Y era un concepto doloroso.

Lo que jamás imaginó Hugo C’mill fue que en aquella batalla la baja razonable sería él.

de lordofthemetaverso

FESTIVAL CELSIUS DE AVILÉS 2015

Hola amigos. Esa será la próxima cita, el festival Celsius 232 de Avilés que tendrá lugar, como todos los años, a finales de julio. La idea es presentar allí mis dos nuevas novelas, “Ecos” con Sportula y “El códice de las brujas” con Dolmen. ¡Nos vemos en Avilés!

de lordofthemetaverso

MALPAÍS

EPISODIO 1

El nombre es Carlos Girado, ¡saluda Carlos!, y la edad es la correcta, esa en la que el mundo todavía no se ha convertido en esa puta-mierda-aborregadora-y-pesetera que nos tratan de vender en las series americanas edulcoradas. Una edad cuya cifra (quién sabe) rondará entre los veinte y los veinticinco, y tú todavía te crees joven o que estás en la onda, y aún tienes fuerzas para criticar las cosas en lugar de aceptarlas según te van llegando. Di hola, Carlos:

—Hola.

Y ahora el personaje de Carlos toma el relevo y deja atrás a ese inútil y sobrevalorado narrador omnisciente, ¿alguien dijo tercera persona?, anda, cállate, venga, tus diez minutos de gloria, Carlos:

Muy buenas. Soy Carlos y siempre quise ser escritor. Ese, en lugar de un comienzo típicamente melvilliano para esta historia, podría ser mi epitafio, la frase final que se supone resume y define de alguna manera toda tu vida. Siempre me ha hecho mucha gracia eso de los epitafios. Se supone que alguien graba una chorrada en tu lápida y la gente que pasa por delante la lee, y piensa “mira, aquí yace un rebelde con causa” —Sólo siento que la antorcha del sufrimiento ahora la recoja otro—, “un soñador empedernido” —Yo he visto cosas que vosotros jamás creeríais— o “un completo vago cuya pérdida le hará un favor al mundo” —Aquí yace lo poco que queda de Juan M., que ya no beberá más—. Creo que es mejor mentir y poner una frase que no tenga nada que ver con tu vida, así los eslabones de la cadena de tu fantasma serán más débiles.

Decir que mis padres son moteros, o anacoretas o hippies o Merry Pranksters de esos que escaparon del autobús de Ken Kesey y se quedaron tirados en la cuneta sobre una tonga de paquetes de ácido, es etiquetar lo inetiquetable. Es como cuando alguien te pregunta “oye, ¿cómo describirías a tu abuelo?”, y espera que le sueltes una sola palabra que lo resuma todo y no le haga padecer demasiado esfuerzo mental, y tú piensas qué estupidez, cómo voy a encerrar todo lo que era mi abuelo en un solo vocablo. Qué ignorancia.

Pues eso son mis padres, un montón de palabras, no una, y todas tienen que ver con el ácido y la contracultura de principios de los setenta. Tienen que ver con un único y súper poderoso espermatozoide que encontró un enorme planeta en su deambular cósmico y se estrelló contra él esperando destruirlo, ¡dantesco impacto cometario!, pero en lugar de destrucción lo que resultó fue vida, una vida desorganizada y melancólica cuyo nombre empieza por C.

Yo.

—Buenos días —me pregunta la chica de plástico que hay detrás del mostrador del aeropuerto cuando llego a Tenerife.

—Buenos y sacros días tenga usted —le respondo, esperando que sea un chiste. Ella no se ríe. Parece que le ha molestado mi comentario. Claro, no ha leído a, bueno, y eso, que los papeles están en regla. No, no soy sudamericano, aunque en mi billete pone que vengo de Argentina. Sí, ahí es donde acabó la parte de la odisea de mis padres que estaba destinado a compartir. Ahora vengo a la isla donde nací en busca de mis raíces, señorita. ¿Quiere que le cuente el chiste del loro?

No me quedan familiares en las Canarias, ni en Tenerife ni en las otras islas. Mis abuelos murieron hace años, cuando yo tenía quince, maternos y paternos, todos a la vez. Es como si la garantía o el permiso de estancia de mi familia en esta galaxia expirase de repente. Qué miedo me dio. Todos el mismo día, todos de muerte natural. Eso me da qué pensar. Quizá estemos condenados, también los de mi generación, a espicharla de pronto, sin aviso previo, cuando la garantía de mis genes expire.

Brrrr. Esss…c… c… c… calofrío.

Por eso quiero escribir mi libro antes de hacerme mayor, UN libro, uno solo. No quiero convertirme en la clase de escritor que pare un tocho tras otro a razón de uno cada semana, como si se los escribiera un programa especializado de Windows. Alguien me dijo una vez que esos programas existían, software de ayuda para el artista, que te lo hacen todo, desde planificarte la novela hasta dibujar gráficas con los puntos de interés de los protagonistas. “Winbestseller 2.5”, descárgueselo en periodo de prueba de la página del fabricante, y si no logra un primer puesto en las listas de ventas de la Fnac antes de un año, le devolvemos el dinero.

—Cuántos me he leído que son literalmente así.

Tampoco me gustaría que me calificasen de escritor gafapasta. Por Dios, no, eso sería lo último. Siempre he pensado que en el infierno ese de Dante, el que está pulcramente organizado en circulitos, uno de los más profundos lo ocupan los artistas que van de divos y de relamidos, que se creen que su palabra es ley y que con la ley se edifican catedrales. No, señores, a la mierda con los relamidos y con los que se expresan con polisílabos cuando van a un congreso, la literatura no va de eso. Ni de coñas. Ya lo descubrirán cuando se hagan viejos.

A veces me gusta mirar el atardecer desde la proa de un barco.

Este soy yo llegando al pueblo de mis padres (foto), bajándome de la guagua con aspecto de guiri y quejándome por lo dolorida que tengo la espalda (foto, baja los brazos que no se te ve la cara), y entrando en el bar más cercano para ventilar el canario —tiene coña usar esa expresión en estas islas—. Supongo que habrá que consumir algo o el dueño te mirará con mala cara. No, señor, no voy a ensuciarle gratuitamente la taza ni a mearme por fuera, estaría bueno, póngame por favor un cortado natural, no, espera, eso no es lo más barato que tiene, un cortado descafeinado, sí, que son unos céntimos menos, estamos en crisis, joder (foto).

El camarero de este bar no aguantaría ni dos asaltos ante Jessica Fletcher manteniendo una coartada. Una vez leí en un libro de cine que los malos de las películas son perfectamente identificables por el trabajo de casting. Verán, hay una persona en el equipo de cada productora que se encarga de hacer el casting, esto es, elegir a la persona que pegue físicamente con cada papel. En el mundo del cine y la televisión sigue funcionando, incluso hoy en día, la norma de identificar la belleza con el bien y la fealdad con el mal. Es así de simple, y de estúpido. Sólo con verle el careto a los actores secundarios ya sabes quién va a ser el traidor, o el asesino, o el tránsfuga. Si eso se aplicara a la vida real, Dios, cuántos años iba a pasarse este tío criando malvas en la cárcel.

Mi objetivo principal al llegar a Tenerife es reunirme con los Bichos Despreocupados. Los Bichos son un grupo de vivalavidas medio pasados de rosca en cuya religión militaron mis padres antes de coger los bártulos y largarse a explorar las fronteras de Pangea. No son mala gente, o al menos, mis padres me los han descrito siempre así. Son criaturas olvidadas por el tiempo, monstruos de eras remotas que todavía se mueven por animación fotograma a fotograma, Harryhausen, no están generados por ordenador como los de hoy en día. Son un grupo de para-hippies fugados de los años setenta que aún creen que la utopía distópica a la que le entregaron sus años mozos puede ser cierta.

No seré yo quien les juzgue por intentar vivir su sueño.

Cuando pregunto en el pueblo por ellos, no hay ojo que no me mire mal ni ceño que no se frunza. Entonces sé que estoy en el buen camino. Como decía Neal Cassady, no hay más que seguir los caminos de ceños fruncidos hasta dar con la Gente Verdadera, porque los otros, los Malditos Liantes, están atrincherados en el lado Barbie de las fortalezas de baldosas amarillas.

Según el camarero de ese bar mugriento, los Bichos llevan meses acampados en un espigón, en la playa que hay junto al faro, o es el faro el que está junto a la playa… ni idea. Uno llegó antes que el otro, de eso no cabe duda. Así que los Bichos fueron los siguientes y uno hizo un alto en el peregrinaje hacia cualquier otro sitio para mear y, hostia, qué bonito es este sitio, nos quedamos. Así fue como todos se bajaron del autobús al oeste de Ninguna Parte y plantaron el germen de lo que un día sería la Colonia Walden 3. Sí, con dos cojones. Y todo frente al mar y frente al faro y en un sitio con un paisaje de cuento de hadas que fue lo último que vieron muchos exploradores marinos de la Antigüedad antes de palmarla en los dominios de Poseidón. Lo que germinó allí fue un poblado, un asentamiento primitivo. Ya sólo faltaba ponerle nombre.

Y lo bautizaron Entelequia.

Así no es como aparece en los mapas para turistas, ¿pero a quién le importa? Entelequia está allí, vive, respira, se ahoga en determinadas épocas del año en nubes de hierbas exóticas y productos fertilizantes, ¿pero a quién le importa?, y si la economía de la isla se hunde y los políticos y las mafias y los que pasan causalmente por allí se quedan con la carroña y todo se convierte en un gran epitafio que resume tu vida con una sola frase, ¿a quién le importa? Entelequia seguirá allí, para siempre, porque no es de este mundo.

Ahora bien, no me preguntes de qué mundo es porque no te sabría decir.

No hay transporte público que lo acerque a uno a esa parte del litoral, así que hago honor a mi aspecto de mochilero juvenil y me encajo la correa de la mochila sobre los omóplatos y le doy caña a los coches de San Fernando. Para alguien que ha pateado con sus viejos por la inmensa, inmensa de verdad, Pampa argentina, ni el reto de cruzar la diminuta isla de Tenerife de un extremo a otro le causa el menor repelús. Pero no hace falta llegar a tanto. Los Bichos están viviendo cerca de aquel pueblo, de aquel bar, en una zona del Sur de Tenerife donde van pocos turistas, porque no hay playas, sólo lo que aquí llaman caletas. Y son preciosas, créanme. Pequeños mordiscos de mar que no se han lavado los dientes y los tienen llenos de espuma. Esto sí que no lo hay en la Pampa.

El paisaje es igualito a las fotos de mis viejos.

Creo recordar que…

Me sacaron de la isla cuando era un bebé, así que a menos que en mi cabeza funcione una especie de memoria atávica de la especie o un circuito cerrado de televisión con mi subconsciente, no puedo acordarme de nada. Pero la sensación… sí, la sensación, esa cosa indefinible y que por no estar en el rango de lo explicable (¡lo Inexpresable!) metemos alegremente dentro de la palabra “cosa”, perdura y me llena de algo que no son recuerdos pero tampoco mentiras, sino un concepto intermedio. Sí, claro, la espuma, y las barcas, y los faros, y cuánto de esto no habrá sido imaginado y de repente ahora cobra forma, se hace carne, efecto Jesucristo turboplús, encarnación de los deseos de la infancia.

¿Es este realmente el lugar al que me han conducido mis pasos? Debe serlo, porque hay huellas a mi espalda.

Veo el faro. Alto y delgado, si fuera una chica sería modelo. Y con una luz muy brillante en la cabeza. Si fuera una chica, no sería rubia. Y detrás, justo sobre la línea misma del acantilado, se levantan unas casas de madera que parecen chabolas de esas que prometen ser mejores por dentro, como las de los gitanos, el techo puede ser de planchas de uralita pero lo vas a flipar con la tele de cincuenta pulgadas que tengo en la salita. Humo en las chimeneas, un inodoro común fuera del perímetro, señales de hábitat humano por todas partes. Un perro o dos. Un gato o tres. Ropa colgando de un tendedero.

Está habitado. Están aquí.

Aquello es Entelequia. Existe, es una realidad, como Walden 2 cuando la encontró Jamnik. Si dejásemos entrar de nuevo en este momento a ese pesado del narrador omnisciente, el que echamos a patadas al principio, nos diría algo así como “y entonces el bueno de Carlos, aspirante a escritor, a viajero y a ser humano, entró en el misterioso pueblo sin saber que su destino iba a cruzarse ineludiblemente con el de aquella muchacha, la que cambiaría su vida para siempre…”

…Pero no le vamos a dejar entrar. Que se lo pase bien en el exilio imaginando cómo sería mi historia, mi sorprendente y psicodélica historia, si la estuviésemos contando de una manera convencional. No, mis diez minutos de gloria aún no han acabado, jódete.

Pero sí que es cierto que una joven llamada Verónica está a punto de entrar en mi vida. Y que nada será igual a partir de este momento… pero de eso ya hablaremos luego, cuando pase.

Verónica. Más flor que mujer. Más mujer que diosa, y mucho menos que musa. Una paradoja en sí misma.

Verónica.

de lordofthemetaverso

EL TERCER NOMBRE DEL EMPERADOR REDUX

tercer nombre

Hace unos meses, Rudy, el magnífico escritor y editor de Sportula, me propuso publicar una versión actualizada de mi primera novela, “El tercer nombre del Emperador”, la que inauguró el ciclo del Metaverso. Yo, por supuesto, le dije que sí encantado, pero entonces empecé a darle vueltas al asunto: no podía dejar la novela como estaba, con su prosa original, porque yo he evolucionado mucho desde entonces y ya no escribo de esa manera. Además, cuando se publicó en su día lo hizo con algunos fallos que se nos pasaron tanto al corrector como a mí, y que se convirtieron en esas erratas que te duelen cada vez que las lees.

La opción más obvia era hacer un redux, una corrección a fondo del texto que incluyera también opciones de estilo, para pulir la novela y dejarla niquelada, digna de una nueva publicación. Eso lo han hecho muchos autores a la hora de revisar antiguos manuscritos, años después de cuando los escribieron. Sin embargo, y aquí viene la noticia potente… he decidido no quedarme ahí. Sé que este tipo de decisiones levantan debates entre los que defienden que una obra original no se toque para nada, y los que dicen que pulir un poco los fallos no importa tanto, si la que gana al final es la obra. Recuerdo los ríos de tinta que corrieron en su día cuando Lucas decidió empezar a meterle mano a Star Wars, la trilogía original, “manipulándola” con fines puramente comerciales.

Bueno, pues aquí va lo que he decidido, y las intenciones detrás de esta decisión son puramente artísticas, no comerciales (no podría ser de otro modo, ya que ninguna de mis novelas ha sido nunca un best seller): la versión que publicará Rudy de El tercer nombre no será un redux al uso, sino una novela con prosa totalmente nueva, reescrita de pe a pa. Será la misma historia, con los mismos personajes, pero ampliada en muchos puntos, clarificada en otros y con mi nivel de escritura de hoy en día. En otras palabras, será un redux total (“total redux”, eso suena a “total recall”).

No sé, ¿qué opináis de esta iniciativa?

de lordofthemetaverso

CELSIUS 232

celsius 232

NOTA DE PRENSA:

“Otro autor que estará en el Celsius presentando sus nuevos trabajos: VÍCTOR CONDE…

El nombre de Víctor Conde, que en realidad se llama Alfredo Moreno Santana y nació en Tenerife en 1973, es uno de los más destacados de la literatura de género en España en los últimos quince años. Tras iniciar su carrera como novelista en 2002 con la publicación de tres títulos en un año (Piscis de Zhintra, Piscis Arena –estas dos forman una saga- y El Tercer Nombre del Emperador), en 2005 consigue con Mystes la primera de sus nominaciones al premio Minotauro, honor que repetiría en 2008 con El Teatro Secreto.
Escritor prolífico y versátil, capaz de pasar con soltura de la novela de ciencia ficción a la de terror y de estas a la novela infantil y juvenil, Conde demostró que a veces los refranes tienen razón y a la tercera ganó el Minotauro con sus Crónicas del Multiverso, galardonada también con el Ignotus en 2010. Ese mismo año ven la luz además El Libro de las Almas, Los Relojes de Arestes y Heraldos de la Luz, y a partir de ahí la producción de Conde se acelera aún más. En los últimos cinco años ha publicado más de una docena de obras, manteniendo la variedad y la capacidad para pasar del steampunk a la novela de terror-histórica o a la ciencia-ficción sin descuidar la novela juvenil, los libro juegos o las antologías. Algunos de los títulos salidos de la imaginación de Conde en estos último años nos ofrecen su personal visión de los monstruos clásicos, como del zombi en Naturaleza Muerta, los hombres lobo en Hija de Lobos, las sirenas en He oído a los mares gritar mi nombre, o las brujas en una novela que verá este año la luz dentro de la Línea Stoker de Dolmen. Además de todos esto y mucho más le ha quedado tiempo para preparar guiones para cine o TV, y para rematar otra novelas como Ecos, que nos la presentará en el Celsius de este año de la mano de Sportula.
Víctor Conde es, sin lugar a dudas, uno de los grandes de la literatura de género nacional y para nosotros es una suerte volver a contar con él entre nuestros invitados.”

Gracias, chicos. El placer y la suerte son míos por poder ir.

de lordofthemetaverso

Luces

Todas las luces se han apagado

Los pebeteros han dejado de arder

Las antorchas ya se extinguen

El eco de las fiestas se desvanece en la distancia

El crepúsculo está cada vez más cerca

de lordofthemetaverso

SOYLENT GREEN

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Hay ocasiones, aunque son bastante raras, en las que una película supera en mucho la novela de la que parte. Este es el caso de “Soylent green”, en España “Cuando el destino nos alcance”, una película de 1973 dirigida por Richard Fleischer basada en la novela “¡Hagan sitio, hagan sitio!” de Harry Harrison. Acabo de terminar de leer la novela y me ha sucedido algo curioso: primero leí el libro, luego revisité la película. Y esta última, aunque por lo visto recibió críticas irregulares cuando se estrenó, me parece mucho más redonda que la novela. A ver, no estoy diciendo que el libro de Harrison sea malo, todo lo contrario. Es un buen libro, bien articulado y que hace hincapié, además, en un tema que la película, por ser de la época que era, tuvo que soslayar mucho: la importancia de las políticas en control de natalidad en los países desarrollados. Toda la novela gira en torno a ese concepto. Y está muy bien argumentada.

Ahora bien, la película tiene unos logros que son los que más recordamos de esta historia con el paso del tiempo. Baste decir que el hallazgo principal del guión, el de qué termina siendo el soylent green al final, no está en la novela, sino que es una idea inventada para el film. El libro termina antes de llegar a eso. Entre esto y que la novela es más dispersa a nivel argumental (el asesinato del magnate es una simple casualidad en el libro, mientras que en la película está estrechamente relacionado con el complot que da nombre a la aventura), resulta que el trabajo de Fleischer y sus guionistas, si bien es deudor del de Harrison, deviene en algo mucho más redondo y satisfactorio. Además, da gusto ver cómo los cineastas resolvieron la escena del homicidio: realmente enternecedora… y sé que este es un adjetivo muy raro para semejante acción.

Así pues, si os apetece ver (y leer) una excelente distopía, hacedme caso: devorad cual soylent green primero el libro, y luego disfrutad de la película. Creedme, os encantará la experiencia. Se os comerán vivos.

de lordofthemetaverso