Vacío

¿Recuerdas la hierba bajo tu espalda, el sol gotas de oro en las puntas? ¿Recuerdas las cosas que nos dijimos, los versos lanzados al viento que mecía los tallos? ¿Recuerdas su cabello cayendo, su cuello arqueándose hacia atrás sobre tus brazos? ¿Cómo se alzó su cuerpo tímidamente cuando tus labios se aproximaron a los suyos?

Ahora los únicos reflejos se invierten en el charco de lágrimas que moja tus pies. La luz que no ha muerto yace cautiva del agua, el agua de la pena, el agua del vacío. De la humedad que dejó dentro de tus ojos la tristeza que no llegó a salir. De los surcos de lágrimas que hablan de mi pena y de la tuya y de lo que pudo llegar a ser, pero jamás fue.

La voz que no sale de ti ahoga cualquier semilla que pudiera algún día abrir pétalos a la esperanza. El dolor desgarrador de abrirse paso a través de la tierra, hacia arriba, en busca del aire y del sol, sepulta bajo su mazo cualquier futuro en el que tú y ella seríais árboles entrelazados.

Tras cada latido hay un recuento, para saber si sigo aquí, si sigo vivo. A veces basta uno para saber que queda calor en mis venas. A veces ese latido fue el último, y no quiero escuchar ninguno más.

A veces oigo mi nombre y me giro para no ver nada. A veces, es la nada la que de verdad ha gritado mi nombre. ¿Recuerdas aquella mesa que nos separaba, y que tan enorme pareció después? ¿Recuerdas las caricias y los gemidos, cómo se difuminaba la habitación, cómo de repente estabas flotando? ¿Recuerdas los ojos muy abiertos, mirándote como si sólo tú existieses en el mundo, y no importara nada más?

Ahora sólo queda el Vacío.

 

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de lordofthemetaverso

CRISTAL Y ARENA

Cristal y arena.

Tengo la (equívoca) certeza de que hubo una época, y puede que incluso un lugar asociado a ella, en la que todo el mundo parecía poseer una intuición particular para saber cuál era su inclinación política, y a qué bandera seguir para apoyar sus ideales. Eso es seguramente una ilusión creada por un marco histórico que no vivimos, sino que nos contaron. Y ya sabemos lo que pasa cuando te cuentan las cosas: que lo que te llega es un resumen, un esquema simplificado de lo que pasó. Y los esquemas suelen ser ciertos a nivel general, pero nunca a nivel particular. Te pueden decir que durante los años 50 España fue reaccionaria, pero eso no es la verdad; sólo es el resultante de la interacción de millones de pequeñas fuerzas que al final lograron tirar de la cuerda en una dirección determinada. Te pueden decir que España fue socialista en los 80, cosa que tampoco es verdad: ahí se quedan en el tintero las miles de pequeñas batallas individuales que no prosperaron, que tiraban en sentidos opuestos, y que nadie, al no haber sido glosadas en un índice, se molestó en añadir a la ecuación de la década. ¿Mentiras globales o resúmenes parciales?

A veces me pregunto qué resumen estamos redactando de nuestra época, y quiénes son sus protagonistas. ¿Los más inteligentes o los más polémicos? ¿Los más sinceros o los que han sabido hacer del juego social y del dorarle la píldora a los demás un arte? ¿Aquellos a los que realmente les importa un carajo decir lo que piensan en voz alta, o los que disfrazan de rebeldía cool y pensamiento antisistema sus ganas de caer bien y ser los reyes de la fiesta? La respuesta quizá sea un pelín sobrecogedora: a lo mejor la relación entre nuestra sociedad y la falsedad y el baile de máscaras es la misma que entre la arena y el cristal. Son cosas distintas cuando las tocas, pero en realidad están compuestas de la misma esencia. Puede que el motor que impulsa los cambios sociales y políticos sea el mismo que nos lleva a luchar por ideales vacuos, y a dejarnos matar por causas perdidas. Nos interesa más sentirnos bien porque estamos combatiendo por una causa, que el comprobar si esa causa tiene futuro o no. O si se esconde alguna clase de lógica debajo de ella, aparte de las ganas que unos pocos siempre han tenido de construir muros muy altos para tener sólo ellos la llave.

Nuestro mundo no consta de mares, montañas y valles. Consta de escenas sociales. Y esas escenas tienen sus maestros de títeres y sus marionetas, sus reyes y sus vasallos. España es un país que te otorga, como don gentilicio sólo por haber nacido en él, la potestad de ser un erudito en dos temas: fútbol y política. Cuando un español habla sobre estos temas, sabe de lo que está hablando, intrínsecamente. Esto lo hace patente cada filósofo de barillo cuando entona su estribillo: que aquí todos tienen la razón, a pesar de que en un mismo instante se defiendan cien razones distintas. Con esa digna batuta en la mano que es la copa de coñac, se esgrimen un montón de argumentos que están colmados de tres cosas: los no debo, los no puedo y los no sé. Pocos se detienen a pensar, en medio del impulso de sus razonamientos, que los no debo te coartan la ilusión por emprender proyectos, los no puedo te llenan de obstáculos difíciles de salvar, mientras que los no sé están ahí para interponerse entre tus ganas de ser sabio y los límites que te ha impuesto la naturaleza para llegar a conseguirlo. Otro baile de máscaras, solo que la careta que llevamos puesta es nuestro propio rostro, y el hilo que nos lo sujeta al cráneo está hecho de dudas.

Decía Don Delillo en su célebre novela “Cosmópolis”, esa ingeniosa sátira de los mercados, que cuando todos los valores de nuestra sociedad se colapsen, las ratas muertas serán el nuevo valor de cambio. En realidad no se está refiriendo a ratas reales, las de alcantarilla, sino a nosotros, a los que jugamos el juego y estamos condenados a morir en él, a caer en la casilla del Monopoly que nos lleva a la ruina y a la cárcel. Nosotros y nuestras opiniones sobre las cosas seremos la nueva moneda de cambio, cuando instrumentos como Facebook acaben de construir una realidad en la que las opiniones de barillo sean la única verdad, los baremos que únicamente importen. Eso ya está sucediendo: no nos callamos nada, expresamos nuestras opiniones sobre todo (y no sólo de fútbol y política) y nos metemos a escribir cosas en el muro de los demás sin ser invitados, pensando que nuestro veredicto realmente es bienvenido y que al otro le importa. O que vamos a poder cambiar su manera de pensar. Falso. Cada opinión tiene su valor, su equivalente en divisa internacional de pensamiento, y ese valor no aumenta ni disminuye porque otros te saquen tarjetitas con números del 1 al 10 valorando tus desmanes. Tus desmanes van a seguir teniendo el mismo coste en ratas muertas, en el mercado global de las redes sociales. ¿Cuánto creéis que vale este?

Nuestro mundo consta de escenas sociales, de intereses, de valores de cambio en mercados internacionales de cosas muertas… Pero hay unos pocos que todavía están vivos. Gente que, cuando le preguntas por qué se cae la manzana del árbol, va y te responde: “Isaac Newton a tu servicio”. Que cuando le pides que te demuestre realmente que está viva y no muerta, va y te contesta: “El bisturí de Darwin a tu servicio”. Hay dos tipos de personas en el mundo: las que dirigen toda su energía a triunfar en la escena social dominada por los valores de cambio de los que hablaba De Lillo, y las que redirigen esa energía a ser felices en sí mismos, por sus propios logros, sin someter éstos al juicio de ninguna escena social o de las reglas del dado de seis caras del Monopoly. Esa gente es la que, para mí, realmente vale la pena. Es gente que te cae mal cuando habla, porque peca de pedante, estúpida o radical (¿no lo han sido siempre todos los escritores, antes de que entrásemos en este prismático mundo de corrección política?). Pero lo son porque cuando el dado canta impares para ellos, esas personas hacen trampas y usan los decimales para avanzar sus casillas. Hay gente de cristal, cohesionada e incapaz de cambiar, y gente de arena, granulosa y versátil. A mí me gustaría puntuar como mínimo un 6 en esa escala de arena, de gente no cohesionada, pero creo que todavía estoy en un ridículo 0´3%. Mis opiniones valen sólo cinco o seis ratas muertas en el mercado, cuando para comprar un “me gusta” en el Facebook de nuestros políticos y de nuestros líderes independentistas hacen falta como mínimo doce. ¿Estaré vivo o estaré muerto?

de lordofthemetaverso

Eon, de Greg Bear

Caminos por los que transitó la CF (IV): “Eon”, de Greg Bear.

A pesar de que soy un comprador bastante compulsivo en librerías de viejo y en rastrillos, en busca sobre todo de ediciones agotadas, tengo en casa una buena colección de novelas de ciencia ficción y fantasía que probablemente provocará un día que me echen de casa. O que los cimientos se tambaleen, lo que ocurra primero. Lo cierto es que a pesar de las novedades que inundan el mercado constantemente, llevo varios años en un proceso de relectura. ¿De qué? Pues de las colecciones que tengo, completas o no, de libros que salieron sobre todo en el periodo 70-90 del pasado siglo. Aquí incluyo mi colección de Nova ciencia ficción (que puedo decir con orgullo que la tengo casi completa), gigamesh, ultramar, nebulae, martínez roca y cosas aún más raras. La que me acabo de terminar anoche es “Eon”, una novela de cf hard de Greg Bear publicada por primera vez en inglés en 1997. Aquí va mi reseña (ojo que hay muchos spoilers):

Eon plantea el “cotidiano” tema del primer encuentro con un artefacto aparentemente construido por una especie alienígena. Su exploración y el desentrañar los misterios que contiene conforman la mitad de la novela. La otra mitad es la clásica historia de la pelea entre americanos buenos y rusos malotes tan típica del ambiente literario y cinematográfico norteamericano de los ochenta. A pesar de que Miquel Barceló dice de ella en el prólogo que es una gran maravilla de novela, lo cierto es que es bastante irregular, en tanto que contiene algunas ideas brillantes (sobre todo en lo tocante a la descripción de la Roca y la Vía transgaláctica a la que da acceso), pero flaquea mucho en dos cosas: la descripción del conflicto yanqui-soviético, que parece sacado de las típicas películas de la era Reagan, y la descripción de la sociedad que los científicos encuentran una vez profundizan en la Roca (atención, no sigáis leyendo a partir de aquí los que no hayáis leído la novela)…

…Que no deja de ser la humanidad del futuro, nuestros consabidos “primos lejanos”, que viven en el interior de un tubo de millones de kilómetros de largo. Resulta curiosa la descripción que hace Bear de esta sociedad futura, ya que el único oficio al que parecen dedicarse todos sus habitantes, o al menos los importantes, es el de abogado. ¡Un futuro lejano compuesto principalmente por abogados, qué pesadilla! En este sentido, Bear hace la misma trampa que Christopher Nolan en la (por otra parte estupenda) “Interestelar”: mucho viajar al confín del universo para que lo que encuentres allí sea lo mismo que dejaste en casa, es decir, la misma humanidad de la que tú provienes.

Además, la novela comete un fallo muy habitual en lo tocante a los textos que juegan con los universos paralelos y las anomalías temporales. Es un fallo que es muy difícil evitar, y que estamos hartos de ver (por poner un ejemplo más de estar por casa) en las películas de Star Trek: En “primer contacto”, los borg atacan la Tierra, y al ver que pierden, envían una sonda al pasado allí mismo para que cambie la historia. El que ese viaje se realice en el mismo escenario de la batalla permite al Enterprise seguirla y evitar el cambio. Pero ahora bien: si una raza, digamos los borg, tiene la tecnología para viajar por el tiempo, ¿no sería más lógico que la usara a mil años luz de la Tierra, sin naves coñonas de la Federación cerca, viajar hasta el siglo I de nuestra era, acercarse a la Tierra en ese siglo viajando por el espacio, y entonces conquistar el planeta? ¿Por qué esperaron a usar el arma temporal a estar en plena batalla y con los pelmas del Enterprise cerca? La respuesta es obvia: porque si no, no habría película…

Pues algo parecido sucede en Eon: los eonitas (o pedrusconios) están intentando vencer a unos antiguos enemigos alienígenas, contra los que no pueden luchar porque están en franca desventaja. Pero en un momento determinado, casi al final, se desvela que la Vía no sólo toca otros sistemas solares sino también otros universos paralelos, y que los “abridores de puertas” pueden acceder a ellos. De hecho, le dan esa oportunidad a la chica protagonista para que salve la Tierra de un desastre. Si los eonitas tenían esa tecnología, ¿por qué no la usan para vencer a sus enemigos, en vez de estar huyendo todo el tiempo?

La novela no es mala, a ver, tiene su punto interesante. Pero tampoco es la gran novela de CF hard. Le falta mucho para eso. Las ideas puntuales son interesantes, pero la trama general es muy previsible y manida, amén de los fallitos de lógica antes mencionados. Una última cosa: cuando publiqué Crónicas del Multiverso, hubo blogueros que la criticaron porque decían que me pasé en la escala. Que al dar las cifras sobre el tamaño de las naves-mundo y de otras cosas que aparecen en el libro, me pasé dos pueblos. Se nota que esa gente no ha leído a Greg Bear. Eon está plagada de cifras descomunales del estilo de “la Vía mide ochenta mil millones de kilómetros en este tramo”, o “el valor de pi cambia de modo que ciertas puertas puedan curvarse infinitamente sobre sí mismas”. ¿Quién decíais que es un exagerado…?

de lordofthemetaverso

orfiáticum

Bueno, por la foto que compartí esta mañana ya podéis imaginaros que me han llegado los ejemplares de cortesía de LA ORFÍADA. Bien, dentro de dos semanitas más o menos estará en las librerías a disposición del público. Un par de cosas de última hora que me gustaría comentar sobre este libro antes de dejarlo marchar y que sea todo vuestro, en lugar de mío:
a) Esto NO es un pasapáginas. No es la típica novela que la gente se compra para leer a cien por hora y poder alardear de “mira, me la he terminado en 24 horas, como la última de Martin, qué rápido leo”. No, este libro es justo lo contrario, no es fast food sino slow food. Es un libro que para disfrutarlo bien tenéis que leéroslo en seis meses mínimo. Disfrutando cada página, cada capítulo, tomándolo con extrema calma. Es una novela que ha tardado once años en escribirse y publicarse y no está concebida para que os la puláis en un fin de semana. Y mucha gente dirá “¡qué ingenuo es Víctor, escribir una novela de lectura lenta en plena sociedad del usar y tirar y de las lecturas en el móvil!”. Pues mi respuesta es: me importan un cojón de pato esta sociedad, los móviles y vuestro ritmo de vida a mil por hora. He escrito este libro como novela intemporal, como obra completamente diferente a todo cuanto se hace hoy en día. Si queréis disfrutadla, no lo hagáis en plan juego de tronos o cualquiera de los best sellers al uso de hoy. Hacedlo como otra cosa completamente distinta, por favor.
b) La novela tiene 606 páginas en papel, pero hay como 200 más en la web de megustaleer, en la página de Fantascy. Corresponden a los extensos y detallados apéndices, que la editorial prefirió no incluir en la edición impresa para que el volumen no se nos fuera a las 800 páginas. Pero ese material existe, está ahí y pronto lo podréis disfrutar online, como complemento al libro. ¿Que si estos apéndices son importantes? Pues sí, y mucho. Detallan muchísimas cosas sobre el mundo y los personajes, y sobre la mitología del Gran Reino, extensa y compleja.
c) Esta novela NO es para todos los paladares, y eso es algo que os digo desde ya. Es una novela compleja y culta a más no poder (cosa que ya habréis podido deducir por el tipo de prosa con el que está escrita, de la cual he venido colgando muchas muestras en los últimos meses). No voy a intentar engañaros ni comeros el coco diciendo “¡niños y niñas, corred y compradla, que os encantará! ¡Es una novela que hasta el lector menos exigente podrá disfrutar!”. Tch tch, ni de coñas. La gente a la que le gusta leer bestsellers probablemente la odiará, y la pondrá en su top ten de “estafas literarias” o de “peores novelas del siglo”. Esa gente que siga leyendo a Stephenie Meyer, no me importa. La Orfíada no se ha escrito con esa intención. Es más bien la típica novela culta que os obligará a ir al diccionario muchas veces y a adaptar vuestra comprensión lectora a los estilemas de la novela romántica del XIX, e incluso más atrás. Por eso digo que las páginas no son hamburguesas, sino que tendréis que leerla lentamente. Haters me sobran, así que unos cuantos más no me harán daño.
Y nada más. El monstruo se ha escapado de la guarida, ya es vuestro, no mío. Tanto si os gusta como si no, si la amáis o la odiáis, por favor decidlo en voz alta. Me gustaría oír las opiniones de todos, tanto las favorables como las muy críticas. Esto es lo mejor que lo sé hacer, no sé escribir mejor, así que si llego a rebasar el listón o no… sólo vosotros lo diréis.
Muchas gracias y ha sido un placer haberos conocido. A todos.

de lordofthemetaverso

Puigrödinger

Llevo varias semanas esperando que alguien lo dijera en voz alta, pero veo que esto cada vez se reduce más a una lucha de patio de vecinas. Importa más la reducción a lo simple y al señalamiento personal (“¡fue culpa tuya! ¡No, tuya!”) que el análisis de los verdaderos motivos que subyacen detrás del triunfo o el fracaso de determinadas propuestas políticas. Y no dejo de preguntarme por qué todos, en política y en prensa y a nivel de calle, son tan ingenuos. Este va a ser mi primer (y último) post sobre el tema de la independencia de Puigrödinger. Todos los que me conocéis o me seguís sabéis que nunca hasta ahora me he pronunciado al respecto porque a) yo soy escritor y no político, y creo que cada cual se tiene que dedicar al campo que le toca dejando opinar a los expertos, y b) porque el monotema me tenía hasta los cojones. Pero ya que nadie lo dice y el circo mediático sólo se centra en los pequeños detalles, en quién le echa las culpas a quien ahora, lo diré yo: el culpable de que el modelo independentista de una comunidad autónoma cualquiera fracase no es el Estado, ni el partido que toque estar en el gobierno, ni la cobardía o la valentía de los líderes de uno u otro bando. La independencia de Cataluña ha fracasado porque el SISTEMA macroeconómico europeo lo ha dictaminado así. Ha sido el Capital el que ha decidido, y el que ha impuesto sus condiciones, ni más ni menos. El PP y sus métodos policiales no es sino una marioneta más de ese sistema, igual que lo es la Corona y que lo son los partidos xenófobos catalanes. Los que realmente mandan en Europa son los bancos, y los lobbies que tienen el dinero. Son ellos los que deciden cómo y hacia dónde fluye el dinero, qué regímenes son apoyados y cuáles descartados. Las empresas que se han ido de Cataluña ya no volverán jamás, ni en uno ni en diez ni en veinte años, porque su volumen de inversores extranjeros no permitirán que el capital se ponga en juego por culpa de un cambio de moneda o por unos aranceles que encarecerían monstruosamente cualquier tipo de intercambio comercial con Europa. Y no solo eso: no es sólo que las empresas que huyeron jamás volverán (¿para qué, para que dentro de diez años les vuelvan a montar esta misma historia otra CUP o como se llame en ese entonces?). Es que ninguna otra empresa grande querrá instalarse en Cataluña nunca más, por temor a la espantada. Lo único que se ha conseguido con todo este circo es arruinar a esta preciosa comunidad autónoma, y hacer que el nombre de Cataluña se haya convertido en anatema para los mercados, ahora y durante los próximos 100 años. ¿Periodo de recesión, dijo alguien? Ojalá fuese sólo eso.
En el mundo actual es IMPOSIBLE un modelo de independencia republicana como el que propuso Cataluña. A lo mejor fue posible hace cien años, o doscientos, cuando el mundo no era una gigantesca red macroeconómica donde las fluctuaciones en Bolsa de un pequeñito lugar del mundo afectaban a otro lugar gigantesco que estaba a medio mundo de distancia. Y esto lo sabían perfectamente los líderes del movimiento independentista, desde hace mucho tiempo. ¿Por qué siguieron con la pantomima hasta el final, entonces? Quizá porque esperaban, en su ingenuidad realmente lo esperaban, que las empresas del euro les apoyasen en su cambio de modelo (me parto la caja sólo de pensar en la cara que pusieron los inversores de estas empresas al ver temblar en Bolsa sus activos). O que alguien como Qatar o algún remoto país petrolero les apoyase en la creación de una nueva moneda o de un paraíso fiscal. Pero eso no eran más que sueños. El Capital decidió, y fue él quien se cargó el sueño catalán… y esto último es una falacia, porque ni la mitad de los habitantes de esa comunidad autónoma comparten ese “sueño”. Hacer extensiva la xenofobia de unos pocos a toda la población de ese rinconcito de España es seguirles el juego, y no voy a caer en eso. Puigrödinger se echó atrás en el último segundo no porque quisiera el diálogo (dejando con el culo al aire a toda la gente que atentó contra la Ley española creyendo que, hicieran lo que hicieran, la separación estatutaria los iba a proteger bajo el paraguas de la nueva ley extranjera, es decir, catalana; ahora toda esa gente va a ir a la cárcel, como es lógico, pues no se puede quemar delante de una cámara la orden de un juez y pensar que no te va a pasar nada). No, Puigrödinger se echó atrás porque los expertos en economía vieron que un nuevo modelo de moneda y estabilidad empresarial era imposible si Europa no les apoyaba. Y Europa no les apoyó. ¡Pero es que no les va a apoyar nunca, ni a ellos ni a los catalanes franceses, ni a los catalanes alemanes, ni a los catalanes rusos! Europa es un todo unido, les guste a ellos o no, y no puede permitirse movimientos independentistas que la desgajen en trocitos, porque si lo permiten con uno cien más se les unirán. Todos los países tienen su pequeña región separatista, no lo olvidemos. Y esto es como los juegos en un patio de colegio: si le dejas hacerlo a uno, tienes que dejarles hacerlo a todos. Y eso JAMÁS ocurrirá.
En fin. Como decían en la película JFK, “lo que verdaderamente importa es el porqué. El cómo y el quién sólo son montajes para el público”. Ahora todo el mundo está encochinado mirando a ver a quién le echan la culpa: la CUP quiere denunciar al PP, el PP quiere denunciar a la CUP, los independentistas a nivel de calle quieren denunciar a Puigdemont por haberles traicionado, Puigdemont sólo piensa en cómo salir airoso del asunto sin acabar en la cárcel… En fin, es un circo mediático, alimentado por la propia prensa que está disfrutando de lo lindo con todo esto, porque es la polémica lo que les da trabajo. Y en medio de tanta acusación cruzada… nadie piensa en que daba igual que fuese el PP el que estuviera en el poder en aquel momento, o el PSOE o los pitufillos verdes. Da igual quiénes sean los actores en la representación. Lo que importa es que el SISTEMA es el que no dejará jamás en la vida que el modelo independentista funcione. Quién esté sentado en ese momento en el sillón de mando es indiferente, porque son los BANCOS los que mandan, joder, no los partidos políticos. Eso es lo que los idealistas del pueblo llano, los que se lo creen todo y salen a chillar con sus banderitas, no entienden. Y eso es lo más triste, porque demuestra que todos somos esclavos de ese sistema económico, para bien o para mal.

de lordofthemetaverso

inopia

Supongo que el nombre de David Gerrold no os sonará de nada. Fue un guionista de TV americano de los años 60-70, y trabajó para algunas series famosas de su época como Star Trek (fue el responsable del famoso e hilarante episodio de los “tribbles”), land of the lost o la fuga de Logan (para la cual escribió el que para mí fue el mejor episodio de la serie, el del viajero del tiempo). También tuvo durante varios años una columna de opinión en la revista Starlog, decana del cine fantástico, que ha estado activa desde mayo de 1976 hasta la actualidad.
Gerrold era un hombre muy pagado de sí mismo aunque no exento de talento, un poco a lo Harlan Ellison pero a menor escala. Lo saco a colación porque ayer estaba leyendo una de sus columnas de opinión para Starlog, en la que decía que se había peleado con el productor de una serie de los sábados por la mañana, para niños, llamada “space academy”. Al parecer, el productor quería que Gerrold le escribiese guiones basados en la “gran premisa”: todos los sábados aquellos niños cadetes del espacio debían resolver un gran problema que amenazaba la Tierra. Meteoros gigantes, monstruos del espacio, agujeros negros, cataclismos inimaginables, invasiones de otro mundo. Y Gerrold decía: pero vamos a ver, cómo voy a escribir unas historias en las que son unos mocosos los que salvan al mundo, en lugar de sus más avanzados partenaires, y aun así cada episodio termina con ellos volviendo a su rutina, limpiando los pupitres, yendo a clase, etc. Gerrold siempre fue un defensor acérrimo de la parte de la “ciencia” dentro del concepto “ciencia ficción”, y le daba agonía rebajarse a escribir cosas que se saltaran este concepto a la torera.
El caso de Gerrold, peleándose con un productor que lo único que quería era sacar adelante una serie para niños pequeños del sábado por la mañana, erigiéndose en firme defensor de la lógica y la integridad de la ciencia ficción como concepto, es paradigmático. Y me sirve para reflexionar sobre un hecho: hoy en día damos por sentado que el concepto del “público objetivo”, ese en el que se basa la totalidad del medio televisivo, impera sobre cualquier otra consideración. Los escritores debemos adecuar todo aquello que escribimos al público al que nos contratan para agradar, y punto. Cualquier otra dimensión inherente a nuestra obra es secundaria. Si escribimos en una colección infantil, debemos ignorar esos principios que eran tan importantes para los escritores como Gerrold y hacer cosas que entronquen totalmente en el medio infantil. Si escribimos un episodio de una serie como “el ministerio del tiempo”, debemos olvidarnos de la sofisticación y hacer ciencia ficción para todo el espectro de público español (lo cual equivale a que las abuelas de 70 años también lo puedan entender). Es el medio el que manda, no la historia. Y nosotros, los escritores, estamos condicionados para reírnos a mandíbula batiente de los principios de la gente como David Gerrold y decir de ellos que “¡eran unos ingenuos!” Sí, la sociedad nos ha programado para que nos vendamos a las leyes de mercado, a cambio de dinero, y que pensemos que la integridad del artista es un campo trasnochado e ingenuo. Pues no sé qué deciros. Yo entiendo que la posición de Gerrold era, en verdad, poco realista. Porque si te contratan para hacer los guiones de un show del sábado por la mañana para críos, ¿te vas a poner con tonterías como que la velocidad de la luz es una pared intraspasable, o que no se puede hablar en tiempo real entre la Tierra y Júpiter porque hay una demora en la señal? Pero al mismo tiempo… y ahora decidme la verdad, aquellos que tengáis integridad como autores… ¿no es precioso que haya gente que se tome su arte tan en serio como para cogerse estas pataletas de autor inconsciente y que vive en la inopia?

de lordofthemetaverso

psicopompo

Ayer estaba leyendo un número de la revista Nueva Dimensión, en concreto el 143 con fecha de portada marzo de 1982. En él, entre otros excelentes relatos, viene uno titulado “la luna pálida” de un jovenzuelo llamado Rafael Marín (no es por hacerte sentir viejo, Rafa, pero yo en el 82 tenía ocho años), y varios artículos y cartas de los tristemente desaparecidos Juan Carlos Planells y Javier Redal. Y pensé, “madre mía, esta gente ya estaba ahí luchando por la CF cuando yo todavía era un niño de teta, casi.” A ninguno de los dos los conocí en vida, ni a Planells ni a Redal. Con Redal me crucé una vez, de pasada, creo que en la Hispacón de Mislata, pero no hablamos mucho. Y de Planells lo único que sé es que era uno de los mayores expertos en Dick que teníamos en España, con permiso de Capanna, como dicen en un blog. Y un buen memorialista del fandom. A diferencia de mucha gente joven, que no le importa una mierda quién vino antes que ellos y lo que hicieron, yo siempre sentí un profundo respeto hacia la gente que estaba ahí antes que yo, por sus logros y también (por qué no decirlo) por sus equivocaciones. Siempre pensé que uno tiene que saber en qué punto se halla el mundo al que llega, en el que intenta integrarse, para saber qué se hizo antes de que él llegara y qué queda por hacer después. Por eso siempre intenté llevarme bien con gente a la que yo leía cuando todavía era un chavalín que no peinaba canas, pues me fascinaba conocerles por fin en persona. Con algunos nunca lo logré, como es el caso de Miquel Barceló (siempre me dio la impresión de que cuando yo llegué al fandom él ya estaba de vuelta y muy amargado, muy a la defensiva hacia todo y todos, quizá por una acumulación no merecida de fracasos), y con otros llegué tarde (como con Domingo Santos, con quién sólo tomé un café en la Hispacón de Zaragoza, magra cosecha para glosar sobre una persona clave para entender el mundo de la CF española. Luego me enteré de que odiaba los juegos de rol, a los que acusaba de “robarle” espacio en las estanterías a la genuina ciencia ficción, y me reí mucho, pues yo siempre he sido un rolero quijotesco). En fin, memorias de gente que vino y se fue… Con otros que llegaron antes que yo sí que he tenido mucha suerte por haberme llevado bien, como es el caso de Rafa, Juanmi, Rudy, y gente a la que he llegado a considerar hermana. A veces me pregunto cómo será cuando yo me haya ido. Cuando la gente está viva y trabajando desarrollamos hacia ellos unas actitudes que pueden variar entre el “qué pedante es este tío, ya está otra vez con sus insufribles artículos de opinión” y el “cómo te idolatro, oh gran gurú de las telepolémicas, ilumíname con tu última salida de tono friki”. Hay muchos escalones en medio, algunos positivos y otros negativos. ¿Pensarán de mí que fui un escritor de segunda fila que simplemente se supo vender bien, y que por eso publicó tanto? (en detrimento de otros que quizá merecían ese honor más que yo), ¿o pensarán que cuando yo me vaya la Fantasía y la CF españolas se quedarán cojas, en cierto modo, y que tendrá que venir alguien tan loco como yo para rellenar ese hueco? ¿Llegará algún día un joven que ahora tiene ocho años y que compra novelas mías, cuando llegue a adulto, queriendo llevarse bien conmigo porque yo represento la luz que iluminó su camino cuando (parafraseando a Tolkien) todas las demás luces se apagaron? ¿Pasaré de él como Barceló o Alejo Cuervo pasaron de mí? No sé. En los últimos 15 años he publicado 41 libros, por lo que, si todo va bien y sigo a este ritmo, podré ser capaz de escribir otros 41 antes de morirme. Quién sabe. Entonces seré otra de esas cuentas fantasma en FB de gente que ya se marchó pero que todavía reciben montones de solicitudes al día para entablar amistad. O a lo mejor me convierto en un psicopompo de la CF y dejo preñada a alguna vestal. Buen tema para un cuento.

de lordofthemetaverso

valor absoluto

Nuestras ciudades se están llenando de puestos ambulantes de sectas religiosas haciendo proselitismo de sus valores e intentando ganar nuevos adeptos. No me parece mal, allá cada cual con su historia. Pero yo me pregunto cuántos de esos sonrientes y bienintencionados ministros de la fe han meditado realmente sobre lo que están defendiendo. Por supuesto, el 99% de ellos sólo busca en la religión un consuelo vital y un débil colchón filosófico que les ayude en su día a día más inmediato, sin atreverse a pasar de ahí. ¿Pero cuántos de ellos se han parado aunque sólo sea por un momento a pensar en la idea de Dios (y en su peligrosidad) a un nivel un poco más profundo? “La angustia de la condición humana adquiere una amplitud vertiginosa”, como diría Juan Cirlot. Y la alternativa a todos esos paquetes morales prefabricados que ellos venden parece, a priori, más atractiva: un universo sin Dios, sin valores absolutos, garantizaría nuestra autonomía y nuestra independencia como especie para crear nuestros propios sistemas filosóficos, “exentos de leyes externas impuestas por un Dios inclemente”, que diría Lovecraft. Pero esa sensación de libertad absoluta, me temo, es demasiado terrorífica para todas esas personas que necesitan, en su día a día, que un poder superior los aborregue y les diga cómo pensar, cómo sentir, y cómo comportarse para ser felices.
de lordofthemetaverso

Es cierto que los escritores de Fantástico tiramos de nuestro niño interior para extraer energía creativa “de la mina”. Muchas veces tratamos temas muy serios pero tras someterlos a un reductio ad absurdum que los despoja, primero, de cualquier significación causal. Y que hace que los reimaginemos desde cero en lugar de alegorizarlos a nuestro antojo (lo cual es muy bueno para el lector, pues de ese modo se ve libre de interpretarlos como le plazca, cosa que no sucede con la alegoría). A veces, por usar esta técnica de hacer trabajar a nuestro niño interior para extraer imágenes, nos llaman “escritores inmaduros”… pero yo creo que en cualquier acusación, y en cualquier contexto, ninguna acusación de inmadurez debería llegar sin una clara definición de lo que es “madurez” que la respalde. Hala.

de lordofthemetaverso

primer capítulo de mi novela de vampiros

PRÓLOGO:  1944

 

 

Me fue revelado entonces…

Que el horror surgió aquella noche del Pabellón Tres. Yo era demasiado niño para darme cuenta, pero mi hermano, que no había nacido en el Campo y que tenía (por desgracia) edad suficiente para darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor, me lo contó más tarde. Después de la fuga y de que llegáramos al norte, al país de la nieve.

El horror surgió del Pabellón Tres… y aquella noche los que gritaron ya no fueron sólo los prisioneros del Campo. Aquella horrible noche incluso los guardias, los hombres de azul con el extraño símbolo en sus gorras, se unieron por primera vez al coro.

Yo era un bebé, prácticamente. Luego me dijeron que fui de los poquísimos niños que nacieron en de los Campos en aquella turbulenta época. He fraguado recuerdos en mi mente, pero todos son falsos: son producto de las historias que me contó mi hermano, a medida que íbamos creciendo y yo le preguntaba por qué papá y mamá no estaban con nosotros. Samuel no quiso explicármelo hasta que no fui lo suficientemente mayor como para saber lidiar con el dolor, y con algo mucho peor: la comprensión. Porque si ya es difícil para un adulto entender cómo es posible que pasen estas cosas, estos holocaustos sangrientos… para un niño es algo que sencillamente no encaja en su comprensión del mundo.

Samuel tenía historias para todas las noches, pero eran de miedo. En el fondo no quería contármelas, pero de alguna manera tenía que sacárselas de dentro. Había nacido con un don especial para relatar historias (por eso, de mayor, se hizo escritor), pero no eran las que yo hubiese preferido. ¿Dónde estaban los cuentos de hadas que debían arroparme cuando hacía frío? ¿Dónde, la dulce voz de mamá, que salió demasiado pronto de mi vida como para que tuviera una clara conciencia de ella? (Otro recuerdo impostado. Otra memoria que no era mía. Otra imagen heredada de Samuel, que necesitaba recuperar para rellenar el vacío de experiencias propias.)

Pero no, las historias de mi hermano no iban sobre hadas y elfos. Iban sobre aquellos hombres crueles, los del uniforme azul y el símbolo raro en las gorras. Los que vigilaban el Campo y tenían encerrada a gente como papá y mamá en pabellones mugrientos. El año en que yo nací aquellos hombres ya metían a los judíos en vagones de ganado. Y los convertían en nubes de ceniza, en jabones para limpiar la ropa y en abono para los campos. El horror siempre iba en una dirección: de arriba hacia abajo.

Nosotros sólo podíamos llorar porque teníamos hambre, mientras ellos ponían muy alta una gramola para tapar los lejanos llantos de los niños judíos. Dicen que de aquellos aparatos salía música, voces de un pasado mejor no manchado por la guerra. Voces de mujeres hermosas que cantaban en cabarets llenos de candilejas. Los hombres de azul también tenían hambre.

Fue un dos de diciembre… del negro 44… cuando el horror se concretó en el Pabellón de los enfermos. Cuando la oscuridad tomó forma y salió reptando de allí para cobrarse sus presas. Cientos de personas que ya no eran personas, sino despojos humanos medio muertos, se apilaban como fardos en aquel edificio. Con sus pijamas a rayas y sus ojos vacíos aguardaban al misericordioso ángel de la muerte, para que los sacara de una vez de aquel infierno.

Y el ángel llegó. Pero no se parecía al que ellos habían invocado.

Mi hermano me habló de los sonidos de las armas, del petardeo de las ametralladoras que se elevó sobre los cantos de cabaret. De la música de la noche. Margo Lion cantaba Leben ohne Liebe kannst du nicht, mientras las StG44 tableteaban en la oscuridad.

Me habló de cómo los gritos (esta vez en alemán, no en polaco, lo cual era insólito) afloraron como rosas en la oscuridad. Y de cómo la negrura se llenó de destellos.

Los prisioneros con pijamas huyeron despavoridos. Porque aunque aquella cosa surgida del Pabellón Tres estaba matando a los guardias, sabían perfectamente que no estaban a salvo. Aquel monstruo no había sido enviado por Dios, ni tampoco por el Demonio. Era otra cosa, algo que no encajaba con sus mitos… Era un horror surgido de un pasado tan remoto que ni siquiera aquel al que llamábamos Yahvé había nacido.

Mi hermano solía contarme los pormenores de aquella noche, la más importante de su vida. La única que recordaba con absoluta claridad, incluso cuando su castigada memoria no le dejaba retener ni lo que había desayunado aquel mismo día. Era capaz de revivir como si fuese ayer el momento en que mi madre lo hizo subir hasta el ventanuco del Pabellón, y le pasó un bulto envuelto en mantas. Ese bulto era yo, que tenía demasiado frío hasta para llorar. Mi hermano traspasó aquel ventanuco con chorros de lágrimas cayendo por sus mejillas, porque sabía que era la última vez que vería a mamá. A papá hacía tiempo que lo habían separado de nosotros, pues los hombres mayores de ocho años tenían su propio Pabellón. Y no habían sabido nada de él por meses. Samuel había oído infinidad de veces a mamá rezar por su alma, entre sollozos, cuando creía que estábamos dormidos.

Samuel corrió a las alambradas, normalmente vigiladas por los hombres en las torres y sus chorros de luz. Pero los focos no apuntaban hacia ellas, sino que se derramaban sobre los edificios de los oficiales y los barracones de los guardias. Buscaban algo, una cosa que reptaba furtiva entre las sombras. Una cosa que para aquel entonces, el momento en que mi hermano alcanzó el perímetro, ya había convertido las casas de los guardianes en un matadero.

Samuel corrió esquivando manchones de sangre que habían caído como estanques sobre la nieve. Había pasado por allí, dejando tras de sí un reguero de cadáveres. Había armas en el suelo, para que cualquiera las cogiese… incluso los prisioneros. Hubo quien lo hizo. Otros no tenían fuerzas ni para sostenerse en pie, mucho menos para apuntar con un rifle. Todos corrieron como alma que lleva el Diablo hacia las alambradas. Hubo quien entregó con gusto su vida, echándose sobre ellas, sobre sus púas, para que los demás pudiera pasar. Eran los más viejos, los que sabían que aunque salieran del Campo jamás podrían sobrevivir a la noche de invierno.

Más allá de la alambrada estaba la alta verja, y tras ella el campo de minas. Mi hermano me habló de cómo tuvo que pasar por encima de los ancianos que se habían lanzado sobre las púas, pisándoles la espalda, y de cómo alguien nos ayudó a cruzar al otro lado. Había un espacio libre de árboles hasta la linde del bosque, que en circunstancias normales habría servido para que los hombres de las torres ejercitaran su puntería. Pero no aquella noche. No cuando las ametralladoras disparaban hacia dentro del Campo, no hacia fuera.

Mi hermano recordaba haberse quedado quieto, a un paso de la planicie donde la tierra mataba, mirando el bosque. La gente que huía caminaba en zigzag, como si así tuvieran más probabilidades de cruzar. Samuel me los describió como marionetas que apenas se tenían en pie, muertos vivientes cuyo patético intento de correr era una broma, un desafío a huesos reducidos a hielo podrido. Algunos explotaron, la mayoría, cuando la tierra-que-mataba dejó salir sus frutos. A otros los derribó el fuego graneado de las armas, pues había guardias que, pese a todo, querían seguir cumpliendo con su cometido.

Mi hermano recuerda que entonces, en aquel preciso momento, me miró. Las mantas que me envolvían se habían abierto un poco y le dejaron ver mi carita.

Y yo le sonreí.

Fue algo tan ilógico, tan desconectado de la locura que se desplegaba a su alrededor… que de algún modo le dio fuerzas para seguir corriendo. La sonrisa de aquel bebé era un hecho tan insólito, tan inverosímil, que de pronto pareció que incluso en aquella negra noche los milagros eran posibles.

Samuel echó a correr, sosteniéndome bien apretado contra su pecho. Cruzó en línea recta el campo minado, sin volverse ni por un momento. No miró hacia atrás para buscar a mamá, ni para saber si alguno de los hombres del símbolo extraño le perseguía. Seguro que a más de uno le pareció absurdo que Samuel llegara al otro lado del campo sin tropezar con ninguna mina. Seguro que muchas sonrisas crueles se congelaron en esas mismas caras, y no por culpa del frío.

Cuando el niño desapareció entre los árboles, junto con las poquísimas personas que habían logrado huir, los guardias ni siquiera se molestaron en salir a cazarlos.

Porque algo, en la noche, los estaba cazando a ellos.

 

 

Uno de los prisioneros fugados, un hombre llamado Kifâr, se hizo cargo de mi hermano y de mí y nos ayudó a cruzar la frontera. Llegamos al país del norte, donde hacía más frío todavía que en nuestra Polonia natal, pero donde no estaban los hombres de azul. Eso nos dio esperanza, y nos permitió tomar un barco, semanas después, hasta una isla que se convirtió en nuestro hogar: un sitio en medio del océano que quizá no fuese el lugar más bonito de la Tierra, pero que en aquellos días nos brindó lo más precioso del mundo: un refugio.

Islandia llamaban a aquella tierra. De vez en cuando, a sus costas llegaban submarinos con la misma insignia que Samuel había visto en los Campos (oh, cómo se nos quedó grabado aquel simple símbolo, y cómo llegó a provocarnos pesadillas). Pero allí podíamos escondernos fácilmente. Kifâr se buscó un trabajo como pescador y compró una cabaña. Y nos mantuvo a salvo mientras crecíamos.

Recuerdo con alegría la noche en que mi hermano me contó mi primer cuento de hadas, que según él había escrito un francés. Trataba de un viaje al lugar más extraño imaginable, el centro de la Tierra. La entrada había sido encontrada en aquella misma isla, en un volcán. En los años que siguieron a la guerra subí muchas veces a ese volcán, movido por la idea romántica de hallar ese pasadizo, pero nunca lo logré. Quizá la tierra se hubiera cerrado sobre sí misma para ignorar las locuras que pasaban en su superficie.

Lo entendí. Yo habría hecho lo mismo.

Cuando fui lo bastante mayor, y con esto me refiero a que había cumplido los catorce, el tema que había sido tabú en casa dejó de serlo: empezamos a hablar con libertad de lo que nos había pasado, de lo que nos habían hecho. La guerra había acabado tiempo ha, y se podían decir esas cosas sin miedo a que volvieran a llevarnos a los Campos. Además, los hombres de azul habían perdido (¡gracias a Dios!), y los vencedores se habían repartido su país como quien roba trozos de un pastel.

Hablamos, sí, y en nuestra memoria siempre se colaba el frío que hacía en los Pabellones, y cómo costaba respirar el aire cuando se llenaba de ceniza. Fue entonces cuando mis recuerdos impostados adquirieron verdadero color: imaginé que tenía una imagen de mamá viva en mi cabeza, cuando lo más seguro es que la extrajera de los relatos de Samuel. Imaginé que podía recordar su dulce voz, y sus canciones llenas de esperanza. Pero no eran mis fotografías, sino las suyas. Yo, como bebé, lo único que podía haber retenido eran sensaciones, momentos de cariño, suaves caricias que me protegían del frío…

Me fue revelado lo que ocurrió en la Noche Cruel. Samuel me mostró un dibujo que había hecho, hacía tiempo, de la cosa que surgió del Pabellón Tres. Aseguraba haberla visto mientras huía cargando conmigo, en dirección a la alambrada. Fue un simple instante, muy breve, en el que se giró para mirar a la oscuridad, y la oscuridad le devolvió la mirada.

Abrió la carpeta en la que guardaba el dibujo y me lo enseñó. Los ojos de Kifâr se abrieron como platos, pues también recordaba haber entrevisto algo así en la ventisca.

Observé aquella parca ilustración, hecha al carboncillo, y se me quedó grabada para siempre.

Sobre un trazo horizontal que hacía de suelo, varias líneas quebradas representaban viento y nieve. Al fondo, cubos mal hechos que tenían algo de volumen y que podían haber sido edificios. Y entre un plano del dibujo y otro… entre la nieve derramada a trazos y los Pabellones edificados con líneas… la mancha negra. El monstruo con forma humanoide. Samuel lo había pintado tan cerca del observador que parecía como si realmente hubiese pasado corriendo a su lado. Me refiero a que no era una silueta entrevista en la distancia, sino que parecía estar ahí mismo, de pie, a pocos pasos del niño que la miraba lleno de pavor.

El dibujo captaba a la perfección aquel miedo; lo resumía en escuetas pinceladas de negrura. La silueta no estaba envuelta en noche, era la noche. Había surgido de ella como una excrecencia, un tumor maligno provocado por la tumefacción de la oscuridad. Su rasgo identificativo más obvio eran los ojos: eso era lo único que no había pintado mi hermano. Los había dejado como dos manchas blancas en el papel, en medio de una cabeza negra, dos faros de nada en una tormenta de carboncillo. Esos ojos se me clavaron en el alma, y me provocaron pesadillas durante días. Las mismas, seguro, que Samuel sufría desde hacía años, y que intentaba exorcizar con sus cuentos de miedo.

Kifâr nos pidió que olvidásemos a aquella cosa, no fuésemos a invocarla por error. Cuando le preguntamos si sabía lo que era, guardó un malhumorado silencio. Un silencio que no rompió hasta el mismo día de su muerte, décadas después. En su lecho, una simple y escueta advertencia:

—Huid, niños… manteneos a salvo de la oscuridad.

Y el destino que debió de haberle alcanzado en los hornos que convertían a la gente en ceniza, al fin se lo llevó.

Huid, niños… manteneos a salvo de la oscuridad.

Ese ha sido el mantra que ha gobernado mi vida desde entonces.

Poco podía imaginar, en mi inocencia, que una vez la oscuridad te elige como su pupilo, no puedes escapar a su abrazo.

 

 

de lordofthemetaverso