UN BREVE AVANCE DE “LA ÓPERA DE LA MENTE”

1

 

A veces me pregunto cómo sería medir los días por las brisas y las corrientes de agua.

Antes del accidente, Caleb me contó que su madre le había enseñado a buscar el paso del tiempo en los hechos de la naturaleza, más que en la sincronía musical de un reloj. Midiéndolo como los niños pequeños, por acontecimientos, y no por percepciones subjetivas. Antes del accidente, Caleb era un hombre feliz, que creía firmemente en las teorías que él mismo lanzaba contra las paredes de la vida, con la esperanza de que algunas de ellas fueran ciertas aunque desconociera sus argumentos.

Antes del accidente, yo ni podía imaginar que era la vida la que arrojaba sus propios teoremas, y con ganas de hacer daño, a la cara de los hombres.

 

…La lanzadera escora a babor y comienza una largo forcejeo con la gravedad, donde todo es cinética fallida y mal orientada y fuego que sale de todas partes y objetos que vuelan y miembros de la tripulación, literalmente miembros, que se desprenden de los cuerpos y azotan sin piedad las caras de los pasajeros. Las alarmas se empeñan en recalcar estúpidamente lo que todo el mundo sabe: que están cayendo, que algo ha salido mal, que los sistemas de seguridad no funcionan como deberían, que la Compañía deniega cualquier responsabilidad sobre esto…

 

El día en que la lanzadera se estrelló contra el canal, los compases de apertura de Desmontemos ese sucio chasis seguían revoloteando en la cabeza de Caleb.

Había oído a otro de los pasajeros silbar la melodía mientras se instalaba en uno de los divanes de gravedad, y su propia versión (distinta, con menos percusión y más flautas) salió de la parte de atrás de su cabeza, quedándose a su lado en lo que duró el descenso desde la saltoárea. Era una de las pocas canciones que, para un hombre que se había instalado cómodamente en los cuarenta, con todas las deudas pagadas con etapas anteriores, seguían teniendo la chispa de aquella primeriza alegría de la música, de vivir-sentir-sufrir la música, que experimentó la primera vez que tocó un instrumento.

Su padre había sido músico. Su madre fue cantante de la ópera del carnaval. Su hermana afinaba coros en los desfiles de carrozas. Él se había reservado el ilustre acto de romper la tradición familiar y se había hecho empresario a tiempo completo. No, gracias, las fanfarrias para luego.

 

…Caleb siente la compresión temporal de la adrenalina corriendo en sangre; la mujer que está sentada a su lado grita algo sin sentido, una frase que quizás estuviera rondando por su cabeza antes, pero que ahora no tiene razón de ser, como “hay que lavar los calcetines antes de la inspección de mañana”, frase que chilla a todo lo que dan sus pulmones como si fuera su argumento para atravesar las puertas del Santuario; un trozo del casco se desprende dejándoles ver que ya no hay nubes sino edificios rodeándolos, el estabilizador con forma de ala delta sale a buscar su propio destino entre las fachadas difuminadas por la velocidad, y el tren de aterrizaje que debería estar desplegado sale volando y convierte una de esas fachadas en polvo de cemento…

 

El fracaso de la tecnología es orgiástico, un éxtasis con el síndrome de la muerte aparente.

La mitad de Ferazza seguía brillando ajena a todo ello. La ciudad parecía extenderse en todas direcciones sin freno, apoyándose no sólo en su intrincada red de canales (los preciosos canales festoneados de puentes y escoltados por palacios móviles que hacían las delicias de los turistas), sino en las extensiones de favelas que brotaban como excrecencias aquí y allá, amasijos de viviendas destartaladas que eran las únicas montañas en un paisaje eternamente llano. Joyas decadentes únicas en la Variedad. En todos los sentidos.

Barrios que atesoraban la luz solar, presumiendo de legado arquitectónico, compartían horizonte con lo que Caleb llamaba “orgías de polución visual”, selvas de chabolas que más de un Gran Pensionario había soñado con barrer de la faz del planeta con andanadas de bombas atómicas. Por supuesto, ninguno lo había hecho, y no por motivos morales: La radiación habría sido mala para el carnaval, y no digamos para el turismo.

Yo había circulado muchas veces por esas callejuelas laberínticas, persiguiendo trofeos o buscando talleres clandestinos de chatarra, y el instante en que el amanecer me bañaba era sorprendente.

La oleada de luz refrescada por el aire me golpeaba con una sacudida, y el perfil de las cosas adquiría más consistencia, incendiándose con subrayados cegadores. Objetos, edificios y personas que hasta ese momento eran sombras en una penumbra que tampoco era noche del todo, dejaban de ser etéreos para ingresar en el mundo real. Los carteles de un millón de comercios se apagaban para ahorrar energía, y de los pocos huecos que dejaban en las fachadas surgían manos atareadas que colgaban ropa de los tendederos.

La simple mención de la luz hacía que los rezagados de las fiestas nocturnas fueran conscientes de que estaban meciéndose de cansancio, y cada cual a su modo ponía rumbo a lo que tuviera por casa. Si es que aún les quedaba algún sitio al que regresar. La mayor parte de los bailarines ni siquiera conservaba una identidad propia cuando acababa la fiesta.

 

…el empresario se aferra a los apoyabrazos del sillón, clavándoles las uñas recién salidas de la manicura, perfectamente cortadas y abrillantadas con esa nueva onda para ejecutivos, y reza para que cuando llegue el final sea tan rápido que su mente aún crea que está rezando; pero el final se empeña en no llegar, la mujer de los calcetines lavados sale disparada hacia el techo y revienta junto con la mitad del empenaje de cola, y los asientos giran y giran hasta hacer un nudo con lazo con la gravedad; Caleb se pregunta por qué lo han elegido precisamente a él para no sucumbir de una forma instantánea, sino para estar despierto y soportar el dolor, el infinito dolor, la oscuridad, la tiniebla que cae y muerde su brazo…

 

Fue un desastre, lo de Caleb. Lo de la lanzadera, quiero decir, y no sólo por la suerte de los desdichados que viajaban en ella, sino porque fue a estrellarse en la zona rica de la ciudad.

Si hubiera caído en las favelas, puede que ni siquiera las redes de simbiosis de datos de la mañana siguiente se hubieran hecho eco del suceso. Una explosión más, un par de hectáreas de casas menos… a quién le importa. Pero dio la casualidad de que el impacto contra el agua tuvo lugar en medio del Canal Pelagio, en el sinuoso tramo que cruza la Plaza de las Similitudes, y hubo asociaciones de transportistas y gondoleros que perdieron valiosos barcos (además de sus respectivos turistas) en el tsunami posterior.

Supongo que a nadie le gusta abrir la ventana con intención de asomarse a la fiesta, al estallido de alegría y embriaguez colectiva, y ver el corpachón de una lanzadera haciéndose pedazos, los motores volando por los aires bañados en humo, las alas incrustándose en los edificios de enfrente (si había suerte, y no era tu edificio el que estaba enfrente), y centenares de personas siendo calcinadas antes de que la ola del canal los barriese.

Nadie espera encontrarse con semejante panorama, más por la falta de cortesía que supone que por empatía hacia las víctimas. La gente de Ferazza, para ser sinceros, nunca ha destacado por su hospitalidad, a pesar de ser la ciudad más turística del planeta. O precisamente por eso.

Así pues, cuando las ambulancias y los robots-grúa llegaron al lugar del siniestro y comenzaron a rajar la panza del aparato, casi deseaban que nadie hubiera sobrevivido para contarlo.

Se decepcionaron al encontrar entre los escombros el brazo de Caleb Gloss.

Aquel miembro seguía moviéndose, o yo no tendría una historia que contar. Y el cuerpo que estaba unido a él ofrecía un estado tan lamentable que los sistemas de diagnóstico de los tanatomédicos le dieron quince minutos de vida.

Caleb se había topado con una de esas encrucijadas de la vida en que todo parece confabularse en tu contra… pero aún así te las arreglas para alojarte en el mínimo porcentaje que queda de que puedas contarlo. De que los divanes que te rodean bailen como peonzas y acaben formando una cúpula que te proteja de las llamas, o algo por el estilo.

Caleb tuvo que dar gracias a que los equipos de primeros auxilios no estuviesen programados con los mismos reparos morales que los ciudadanos, o le habrían dejado tirado allí mismo para que cargara con la culpa del desastre, y se lo explicara con todo lujo de detalles a quien le estuviese esperando en la otra vida. Pero las máquinas hicieron bien su trabajo, a pesar de sus operadores, y el empresario Caleb Gloss logró salvar la vida.

El jolgorio no duraría mucho.

 

 

 

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de lordofthemetaverso

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