EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES

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La relación de una persona con sus ídolos es compleja. Lo es desde el momento en que admitimos que profesamos una admiración exacerbada por el trabajo de un profesional al que no conocemos de nada, pero al que elegimos idolatrar porque a través de su arte nos regaló algunos de los mejores momentos de nuestra niñez.

Hoy está en boca de todos el varapalo que se ha llevado Lincoln, la última apuesta de Spielberg por el cine “serio” de época, en la entrega de los Oscars de Hollywood. 12 nominaciones podrían haberla convertido en la película más premiada de todos los tiempos, si los hubiese conseguido todos, colocándose así por encima de las tres que tienen el récord con 11: Ben-Hur, Titanic y El retorno del Rey (mi favorita de las tres). Pero no fue así; Lincoln fue aplastada, como todos ya vaticinábamos, por las bondades de filmes como La vida de Pi, los Miserables o Argo.

A Spielberg seguro que le habría gustado estar en esta ocasión al otro lado de la escena que él mismo co-protagonizó en 2003, cuando salió al escenario al final de la ceremonia para abrir el sobre a la mejor película del año. Cogió el sobrecito, lo abrió, y dijo antes de pronunciar el nombre de la ganadora: “Vaya, ha sido un pleno al quince”. Se refería a que “El señor de los anillos: El retorno del Rey” había conseguido todos y cada uno de los 11 premios a los que estaba nominada. Seguro que en la noche de ayer, durante la entrega de los premios, él estaba nervioso soñando con lo que sería verse al otro lado de esa línea, en la posición en la que estuvo Peter Jackson aquel año. “¡Y Lincoln se convierte en la película más premiada de la Historia con 12 Oscars! ¡Señor Spielberg, por favor, deje de llorar y suba de una vez al escenario, leñe, que hay ganas de acabar ya con esto!”

Pero no fue así. Y creo que el motivo no es que Lincoln sea una mala película, como tampoco lo fue Warhorse o cualquiera de las que ha dirigido este señor en su última etapa creativa, la que empezó con “La lista de Schindler”. Creo que el problema está en que Spielberg es un dios que ha defraudado profundamente a sus devotos, empeñándose en darle la espalda a la imagen de sí mismo que construyó en los 80 y que todos aprendimos a amar.

Que hay dos Spielbergs es una realidad que creo que a nadie se le escapa, ni siquiera a él. Por un lado está el personaje ficticio, creado para el público y que demostró ser uno de los magos cinematográficos más solventes de la industria, y por otro el verdadero Spielberg, el auténtico, que no tiene nada que ver con el anterior. Un amigo mío, director de cine y profundo admirador de la obra de Steven (me van a perdonar la familiaridad), me decía el otro día que para lo poco que le queda de vida a este hombre, podría dedicarlas completamente al tipo de cine que le hizo grande, el de aventuras y ciencia ficción, en lugar de andar perdiendo el tiempo haciendo dramas históricos descafeinados. Pero yo le dije: “¿Es que no lo entiendes, amigo mío? ¡El auténtico Spielberg no es el que quiere hacer Indiana Jones, sino el que se las da de serio y de trascendente tratando temas Importantes con mayúsculas, el de “la lista de Schindler” o “Amistad”!”

En efecto, Spielberg ha dejado clarísimo en las entrevistas que él se ve a sí mismo como un director de drama, de temas adultos, y que desprecia completamente al género de aventuras o de ciencia ficción. Cuando era joven entró en la industria del cine dirigiendo una película que pretendía ser la gran odisea moderna de estilo Bonnie & Clyde, “Sugarland express”, que aquí conocimos como “Loca evasión”. Es una película que ya establece los principios rectores de la forma spielbergiana de entender el séptimo arte: un tratamiento cercano y cuasi idealizado de los personajes, una habilidad maestra para componer las líneas rectoras dentro del plano, y un tratamiento de la realidad que la retrata como algo a caballo entre el horror y el cuento de hadas, entre la suciedad de lo tangible y la eterealidad de lo soñado.

Ese es el cine al que Spielberg siempre quiso dedicarse. No al de aventuras, no al de evasión. Eso vino luego como respuesta al fracaso comercial de Sugarland express. Él mismo ha dicho más de una vez que si dirigió “En busca del arca perdida” fue para reconciliarse con el público. Es decir, que “el arca…” es una película de encargo, un filme que en realidad él no tenía ganas de hacer. Lo maravilloso que tuvo su cine de aquella época fue que trajo al género fantástico los estilemas del cine serio para adultos, ennobleciendo películas como “Tiburón” (que en manos de otro podría haberse convertido en un truño más para los sábados por la tarde con un escualo de goma y unas interpretaciones de juzgado de guardia, como ocurre con el 99% de sus imitaciones) gracias a un tratamiento serio de los personajes y de la trama.

¡Ese fue el gran triunfo de Spielberg, lo que lo hizo grande! Hoy en día es habitual ver ese tratamiento adulto en el cine fantástico: lo ha hecho Christopher Nolan con “the dark night”, lo ha hecho Peter Jackson con “el señor de los anillos”, lo ha hecho Zack Snyder con “Watchmen”, lo han hecho infinidad de otros directores con otras tantas obras maestras. Hoy en día lo ha hecho mucha gente, que de niños crecieron en la escuela Spielberg… menos una persona. Hay una persona que se empeña en ver el cine de género como algo menor, algo chusquero que hace por motivos puramente alimenticios y que no merece el menor respeto. Esa persona es… Steven Spielberg.

Yo (y esto es una opinión puramente personal) creo que la industria del cine ya se ha cansado de Spielberg y su endiosamiento. No es que la gente diga que sus pelis son malas, ni mucho menos, pero la taquilla le da la espalda de forma más descarada cada día, sus películas recaudan cada vez menos dinero, y lo que es peor, lo que más le duele a él con diferencia: cada vez reciben menos premios importantes.

Cuando metió al pobre Indiana Jones dentro de una nevera, lo lanzó por los aires mediante una explosión nuclear y lo hizo aterrizar a decenas de millas de allí sin un rasguño, Spielberg cavó su tumba. Dejó bien claro al mundo, y a los admiradores que le quedaban, que para él ya no existía la aproximación “seria” al cine de género, la que había convertido en obras maestras a películas como Tiburón o Encuentros en la tercera fase. Él ve a Indiana como un cartoon, un dibujo animado encarnado en un hombre, y puede hacerle las mayores barrabasadas que no importará. Porque el universo donde vive Indy ya no es un universo hasta cierto punto realista, donde los personajes importan y tienen sustancia. No, es el universo del pato Donald, aunque éste no aparezca como invitado.

Es ese desprecio implícito y explícito al cineasta que todos amábamos, el que plantó las semillas de un cine que luego se hizo adulto en manos de Jackson o Nolan, lo que ha hecho que sus antiguos fans odiemos ahora al señor Spielberg. Que nos alegremos cuando sale vapuleado de los Oscars, con el rabo entre las piernas y sollozando como un crío porque le han dejado sin premio. Cuando tu dios se ríe de ti y te dice que en realidad odia el tipo de cine que tú crees que le ha hecho grande, es cuando sus capillas empiezan a arder, y son sustituidas por nuevos altares a nuevas deidades.

La religión siempre ha tenido eso de malo: que siempre ha sido muy caprichosa.

 

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de lordofthemetaverso

2 comentarios el “EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES

  1. Pienso lo mismo que tú… pero sobre Christopher Nolan. Un director correcto, con guiones decentes (pese a los agujeros), y que se siente incapaz de reconocer que los cómics pueden ser alta literatura. Ese sentimiento de vergüenza que tiene porque Batman es un personaje de cómic me ha generado siempre cierta pena hacia Nolan, pero más aún hacia los fans.

    En definitiva, soy más de directores abiertamente fans como Zack Snyder o Peter Jackson, que suelen reconocer que las obras que adaptan les gusta y que no las hacen solo para sacar pasta (aunque la polémica con la división de El Hobbit… ya se sabe).

    Buena reflexión sin duda.

  2. A mí lo que me fastidia de Spielberg es que parece entender el género fantástico como un festival descerebrado. Es decir, no ha entendido que la fantasía se ha hecho adulta en los últimos diez años, y él sigue queriendo contar historias pulp con personajes caricaturescos. No sé si me explico… es como si la cuarta película de Indiana la hubiera hecho para salir del paso, y se le notara a un kilómetro. Prefiero mil veces el Spielberg que se pone serio cuando hace ciencia ficción, como en “minority report” o “war of the worlds”.

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