¿POR DÓNDE EMPIEZO SI QUIERO ESCRIBIR UNA EPOPEYA MEDIEVAL? SOBRE LA FIGURA DEL HÉROE

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Empieza una nueva etapa en mi carrera, en la que espero no decepcionar a nadie. Hasta la fecha se me ha conocido como escritor de ciencia ficción y de terror, y es cierto que esas han sido mis principales temáticas hasta ahora (exceptuando algunos experimentos literarios que, los que me conocen, ya saben que me encanta hacer de vez en cuando, independientemente de que luego me pongan a parir en las páginas web). Sin embargo, todo pasa en la vida, y ahora mis inquietudes literarias están encontrando otros focos de interés. En concreto, las sagas heroicas medievales y la fantasía épica, género al que voy a dedicar los próximos años.

Esto no significa que no vayáis a ver novelas mías de otros géneros llegando próximamente a las librerías. Son novelas que ya están escritas, y que son de ciencia ficción (Crónicas del Multiverso: Imperio, en Minotauro, y Ecos, en Hidra) o de terror (He oído a los mares gritar mi nombre, en Dolmen), o steam punk (de esta ya hablaré más adelante, porque todavía está en pañales). Pero ahora mismo considero que ya he dicho todo lo que tenía que decir en el campo de la CF, al menos por el momento, y mi espíritu de creador me está empujando con mucha fuerza hacia el mundo medieval. Si pudieseis ver mi mesilla de noche ahora mismo, os reiríais al constatar que sólo estoy leyendo eddas poéticas, novelas de ambiente medieval como Juego de tronos o el ciclo de Drenai, obras clásicas de poetas homéricos y, por supuesto, a mi queridísimo Tolkien, a quien siempre he considerado escritor de cabecera.

En fin, dicen que cuando la musa te ata de pies y manos y te lleva en una dirección, nada puedes hacer para coger el camino contrario. Y a mí no es que me tenga atado, es que me tiene amordazado y hecho una bola de cadenas y grilletes.

Sobre este nuevo rumbo en mi carrera literaria están versando las clases de mi taller literario, que imparto desde hace bastante años en la biblioteca de mi ciudad. En la última clase hablamos, los alumnos y yo, sobre qué se necesita para escribir una epopeya medieval, cuáles son los primeros pasos.

Para mí, una de las decisiones más tempranas que un autor debe tomar trata sobre la figura del HÉROE. Me explico:

Hay dos clases de relatos épicos: los que contienen héroes al más puro estilo de la mitología nórdica, o de las epopeyas escritas en inglés antiguo (el más claro ejemplo, Beowulf), y las que no los tienen. Y por “héroe” no me estoy refiriendo al protagonista o al deuteronomista de la historia, un personaje que siempre está presente, sino a las características sobrehumanas que pueda presentar ese héroe. Voy a poner dos clarísimos ejemplos de esto, que son antítesis uno del otro y que lo explicarán perfectamente:

En “el señor de los anillos” sí que hay héroes al estilo de los poemas clásicos como la Odisea o la Ilíada. Si alguien ha leído alguna vez las obras homéricas, seguramente le habrá llamado la atención percatarse de que en la guerra de Troya, según Homero, había dos tipos de personas: los Héroes con mayúsculas (que en estadísticas de un juego de rol como el Dungeons & Dragons vendrían a ser el equivalente a personajes de nivel 30), y la chusma, que es el 99% restante de la población. Gente como Aquiles, Héctor o Diomedes, el hijo de Tideo, no tenían rival en el campo de batalla, y esto era así no porque fueran superhéroes (tal y como hoy los entendemos, en el sentido “marveliano” del término), sino porque estaban tocados por los dioses. De hecho, cada vez que Héctor salía con su carro a matar aqueos, cientos de éstos caían bajo su espada como si fueran simples hormigas.

Normalmente los combates de la Ilíada siguen el siguiente esquema: Guerreros de los dos bandos salen a luchar, se encuentran, se arma una refriega, y ésta acaba con el encuentro fortuito de dos Héroes de bandos opuestos, momento en el que la guerra se para y se produce una Aristeia, es decir, un momento sublime donde todo se detiene y la gente se pone a mirar cómo pelean los dos héroes, hasta que alguno cae. Las Aristeias son los únicos momentos de la batalla donde se supone que los dioses están mirando, porque de resto les importa un cojón (literalmente) lo que les pase a la soldadesca, a la gente normal. Zeus y su cohorte divina sólo posan sus ojos en el campo de batalla cuando pelean dos héroes.

En “el señor de los anillos”, los grandes protagonistas son Héroes en el sentido homérico: Aragorn (que puede enfrentarse en solitario a cien orcos y salir indemne), Légolas, Elrond, Gandalf… no son gente normal como Frodo y Sam. Son héroes capaces de Aristeia, y por lo tanto no podrán caer en combate a menos que los maten otros héroes enemigos. Tiene que ser un Balrog el que mate a Gandalf, por ejemplo, pero jamás un simple salteador de caminos con una daga oxidada. La trama del libro o del poema está orquestada para que esto sea así.

En el bando contrario tenemos a libros como la saga de George Martin “juego de tronos”, donde la figura del Héroe no existe como tal. En su afán por acercar los personajes y las tramas a un legendarium más moderno, más acorde con los tiempos actuales (en los que el ser humano ha tomado plena conciencia de su vulnerabilidad), los personajes de Martin protagonizan las historias, pero no son héroes homéricos. No son gente protegida por los dioses a los que sólo otros protegidos pueden herir. Son gente normal que puede resultar muerta por cualquiera, hasta por el más paupérrimo pordiosero, si éste los pilla desprevenidos.

Toda esta reflexión sirve para decir que en mi novela, LA ORFÍADA, tuve que tomar esta decisión crucial al principio, antes de escribir ni una sola palabra. ¿Iba a seguir la senda de las eddas poéticas nórdicas, escritas principalmente en islandés, y de los poemas homéricos… o tiraría por el camino moderno, que tan de moda ha puesto Martin, el de los héroes vulnerables que sólo son pobres humanos?

Al final decidí hacerlo al estilo Tolkien, pero con matices. Es decir, en la Orfíada sí hay Héroes como Aquiles o Héctor, gente protegida por la trama del libro (igual que Aragorn o Legolas) para que sólo puedan morir en instantes de gloriosa Aristeia. Esto, en mi opinión, no les resta humanidad, como veréis cuando leáis el libro. Ser un Héroe tocado por el Hado no te exime de tener defectos, ni de meter la pata, ni de hacer el imbécil cuando te toca. Ser un Héroe no te hace inmortal, ni mucho menos. Pero sí que te garantiza, y eso mi protagonista HESIÓN lo sabe muy bien,  que cuando llegue tu momento de la verdad todos los dioses te estarán mirando…

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de lordofthemetaverso

Y MI NOVELA MEDIEVAL SIGUE ACERCÁNDOSE…

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LA ORFÍADA

Cinco años de trabajo en ella… un cuarto de millón de palabras… la mayor descripción de batallas colosales que hayáis leído en ninguna de mis novelas… la mejor novela de mi carrera…

Ya queda muy poco…

de lordofthemetaverso

¿VOLVERÁ ALGÚN DÍA EL UNDERGROUND? (+PRIMICIA DE “KRYPTON, KENTUCKY”)

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Hubo una época en la que el Underground, ese género transgresor que apuntaba a lo políticamente incorrecto con su dedo glorificador, era aceptado por la gran masa de espectadores y podía incluso proyectarse en una pantalla de cine. Sí, no me lo estoy inventando. Los lectores más jóvenes se reirán al imaginarse unos cines donde se proyectaba una película semi-pornográfica de animación en la que un gato salido se follaba toda gata viviente (y a miembros de otras especies animales) que se le pusiera a tiro. ¡Y las salas se llenaban! También pensarán que estoy loco si les digo que otra película de animación, que empezaba con el astronauta que se ve en la foto de más arriba lanzándose en Chevrolet a una reentrada en la atmósfera terrestre, continuaba con unas escenas gore de zombies en un avión y otras de sexo en las que una puta alienígena le hacía ver las estrellas, literalmente, al socorrido héroe de turno.

Todo eso pertenece a una época que ya no existe. La corriente se llamaba Underground, y tuvo su explosión en los años 60-70, aunque algunos coletazos resistieron hasta principios de los 80. Luego llegó la moral Reagan-Bush y se lo cargó todo. Grandes creadores-transgresores como Ralph Bakshi quedaron relegados al olvido, ninguneados y machacados, y el mundo se volvió políticamente correcto. ¿Lo que triunfa hoy en día a nivel popular? Vampiros gusiluz que no pueden hacer el amor si no están casados, y trilogías pseudo-fantásticas de literatura juvenil orquestadas en torno a un único evento: una boda. Reagan ganó la batalla: el mundo de hoy en día y la gente joven que lo habita buscan los valores tradicionales ante todo.

Bakshi fue uno de los pocos supervivientes que intentó prolongar sus ideas rompedoras una década más en el mundo del cine. Su última oportunidad fue la película “Una rubia entre dos mundos” (Cool World, 1992), cuya cabeza de cartel era una sexy Kim Basinger (cuya versión en dibujo animado, rotorscopeada de otra actriz distinta, estaba mucho más buena que la original en carne y hueso) que intentaba seducir a un alucinado Gabriel Byrne bajo los curiosos ojos de un jovencísimo Brad Pitt.  Un argumento que intentaba ser comercial pero que Bakshi, como no podía ser de otro modo, salpicó de momentos tan políticamente incorrectos que causaron que la película se estrellara estrepitosamente en taquilla. Como muestra, considérese ese plano en el que unos “muñegotes” caen desde lo alto de un rascacielos hacia la cámara, situada debajo. Uno de ellos, gritando desaforadamente, cae sobre la cámara, la cual se introduce por dentro de su boca, sigue avanzando por su organismo y sale ¡por su ano!, de manera que vemos el culo del bicho en primer plano alejándose y continuando con su caída hacia la tierra. Ese tipo de detalles obscenos destruyeron la película (y la carrera) del genial cineasta.

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Hoy en día aún se pueden encontrar raras muestras de Underground, pero han sido fagocitadas por la corrección política que impera en el Imperio Americano, por lo que su consumo masivo es en realidad un engaño. Sí, hay series que intentan ser trangresoras, como South Park o Padre de familia, pero esas series confunden provocación con transgresión. Y una de las principales características del movimiento Underground era no perder nunca el mensaje de fondo, la sátira social o intelectual o religiosa. No era provocar por provocar, sino provocar para comunicar un mensaje, una idea. Para que nos entendamos, ver al gato Fritz follarse un par de gatas de Harlem en una bañera mientras habla sobre las diferencias raciales de su época entre blancos y negros no es lo mismo que ver a los personajes de South Park sacándose mocos y tragándoselos. Una cosa tiene fondo, la otra no.

Otro ejemplo de cómo el mundo del arte, en este caso el cómic, puede llegar a inflarle las meninges al más puritano defensor del Opus Dei, son los trabajos de Daniel Clowes (“Like a velvet glove cast in iron”) o el magnífico Bruce Wagner (“wild palms”). La primera era una obra surrealista, sadomaso, que exploraba los límites de la cordura humana llevada al peligroso terreno del masoquismo. La segunda, Wild Palms (el cómic) es una obra maestra de esas que quedan grabadas en el cerebro hasta mucho después de haber sido leídas, una forma de hacer cómic tan rara y tan extrema como ni siquiera los supuestos gurús del género, como Alan Moore, se han atrevido a hacer nunca.

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¿Volverá algún día el Underground? ¿Veremos de nuevo esa increíble escena de colas de gente comprando las entradas de cine en una taquilla, no para meterse a ver el último éxito descafeinado llegado de un Hollywood rebosante de corrección política, sino las aventuras de un gato salido que se tira a las gatas del barrio mientras entona un aria de Leoncavallo? ¿Se atreverá el mundo a ser políticamente incorrecto de nuevo (¡inteligentemente incorrecto, no estúpidamente provocativo!), en rebelión declarada contra todos los males (tanto económicos como socio-culturales) que ahora nos afligen?

A caballo de esta reflexión, os voy a insertar a continuación un fragmento de una de las novelas que ahora estoy escribiendo. Sí, lo sé, escribo un montón, qué joder, yo soy así. No puedo evitarlo. Se trata de una obra llamada “Krypton, Kentucky”, basada en un pueblo real de los USA que se llama así, Krypton. Espero que los ecos del Underground resuenen un poco, al menos un poquito, debajo de los siguientes párrafos:

“El nombre es Andy Viewer, ¡saluda, Andy!, y la profesión, guionista de cine. De cine, de televisión, de cómics… lo que haga falta para llegar a fin de mes sin que te ahoguen las deudas y aparentar que llevas una vida de lujo y degradación. Más lo primero que lo segundo. Es el baremo por el que te miden en Hollywood: lo cerca que estás del punto sin retorno de los cheques en blanco y las fiestas ilegales. Un lío, pero un bendito lío, para los animales de ciudad como yo.

No es que haya tenido mucho éxito hasta la fecha. Como guionista profesional, me refiero. El año pasado escribí un episodio de la sitcom Mamá teniente coronel y corregí diálogos para Padre de familia. Mi película Criaturas viscosas 2 aún espera distribuidor, pero una vez que salga la crítica en el Hollywooder la cosa se moverá mucho más deprisa. Espero. De todos modos tengo un as en la manga. No hay guionista en esta ciudad que no esconda uno. Al mío lo llamo por el nombre clave de “Eldorado”, y es una idea absolutamente genial que, supuestamente, me hará rico… si logro acercarme a uno de esos productores millonarios y burlar a sus guardaespaldas el tiempo suficiente como para contársela.

Tengo otro trabajo, pero todavía no quiero hablar de él. Claro, qué guionista no tiene dos o tres trabajos en esta ciudad.

El mundo del cómic es más agradecido, aunque se gana menos pasta. Una vez conocí a Mark Hamill en un hotel. Está muy cambiado. ¿Quién no lo estaría, después de pasar por toda una guerra intergaláctica? Vale, está hasta los huevos de que le hagan ese chiste. Mark paseaba un personaje propio de cómic que había recibido una calificación para adultos, o algo así. Está buscando fondos para la película. Me alegro. El superhéroe sofisticado está de moda, igual que el guionista decadente sofisticado.

En ocasiones mi orina huele ácida, como la de un perro.

Tengo problemas para no mancharlo todo en plan bomba tóxica cuando entro en los servicios de un restaurante, sobre todo en esas trampas humanas en las que las paredes están a sólo veinte centímetros por cada lado del inodoro. ¿Cómo quieren que un ser humano miccione así, por Dios? Tendrá algo que ver el hecho de que peses ciento treinta kilos, canturrea entre dientes mi dietista, ese inútil. Y que tu circunferencia parezca el molde con el que hicieron la cabeza de King Kong. Bueeeeeeno, puede que tenga razón. El tiro con arco de pene y chorro no suele dar buenos resultados cuando tienes que apuntar desde fuera del baño.

Esta es Maddie, mi mujer: caucasiana, morena, de ojos hundidos y labios finos. Muy hermosa de cara. Pechos pequeños pero con areola grande, como pomelos aplastados sobre una montañita de carne. Trasero más voluminoso de lo que le gustaría. Tiene un negocio de alquiler de tuxedos para estrellas de cine, hechos a medida y con características que se adaptan al ego de cada comprador. Gana más dinero que yo, pero no soy de esa clase de imbéciles que se molestan y piden divorcios porque su mujer trae a casa cheques con más ceros. Di algo profundo, Maddie:

—Acantilado.

Nunca le he contado mi idea de Eldorado a Maddie. Sabe que existe, pero no en qué consiste. No es que no me fíe de ella, pero…

El Pequeño Ruiseñor. Un año y medio de carácter tranquilo, de bebé sonrosado y satisfecho con su parcela de conocimiento de la naturaleza. No vomita mucho la papilla, y sí, se llama Ruiseñor. Un antojo de mi suegra que contó con el inesperado apoyo de Maddie. No me dejaron ponerle “Ruiseñor Charles” o “Ruiseñor Dick”, para que el pobre desdichado tenga algo a lo que agarrarse cuando llegue a la escuela y las miras láser del cachondeo universal converjan en su espalda.

Querían un nombre puro y evocador:

—Si mi amiga del gimnasio le puso a su primer hijo Olmo, Ciprés al segundo y Roble al tercero, yo puedo ponerle Ruiseñor al mío, ¿no? —me soltó Maddie cuando ya no pude contener el espanto—. Además, esos nombres van a ponerse de moda dentro de poco en la Lisiada Asquerosa. Ya verás. Me han chivado que Ned el Entretenedor le va a poner a su primogénito Mirlo Gris. Y si es una chica, Avutarda. En veinte años tendremos un alcalde llamado Crisantemo.

No le pude echar en cara que eso lo había leído en la revista American Budist, a la que está suscrita, ni que su amiga del gimnasio es una retrasada mental que piensa que todos los negros del mundo vienen de un país muy grande con problemas dermatológicos. Mi suegra estaba presente. Mal bicho, mi suegra. Será el villano de mi próxima película. Y morirá de una forma horrible.

Nunca bebo antes de las siete de la tarde. Beber antes de eso es empezar a contar en voz alta los vasos, como hacen los alcohólicos. Yo tengo ideales, principios, incluso una teoría original sobre la vida burguesa que algún día patentaré. No pienso dejar que las drogas blandas me dominen. Y respecto a las duras… Bueno, de todo hay que probar en esta vida.

Mi amigo Charlie Kox, el psiquiatra, sabe mucho de eso. Charlie Kox tiene un Mustang del 62, nuevecito, recién tapizado, con la furia de un motor de competición disimulada bajo el capó por si alguien se pasa de listo al cambiar un semáforo. Charlie Kox nos invita a veces a pasar el día en su chalet de las afueras; viene a recogernos con el Mustang y pone un tema de Dvorâk, jugando a fingir que las señales de tráfico significan lo contrario de lo habitual. Una vez casi nos matamos. Nos ha prometido que desde el minuto mismo en que le quitemos los pañales a Ruiseñor, haremos el trayecto en autobús.

—El billete sólo cuesta diez dólares —me aseguró—. Y el enano no paga.

Cada vez me cuesta más hacer el amor con Maddie. No es que ella se resista, pero noto que ya no se molesta en fingir los orgasmos. Tenemos una lista con diecinueve posiciones en las que es factible hacer el amor con un gordo, de manera que disfruten ambos. Cuando la confeccionamos, la imprimimos en ahorro de tinta y ella la colgó de los imanes de la nevera, junto al dibujo tan mono que nos mandó la sobrina Josie, que vive en la Costa Este y cree que aquí tenemos osos polares como mascotas.

El número trece de esa lista lo ocupa “el graznido del guepardo”, o cómo situar a la chica para penetrarla analmente usando mi tiranosaurio como punto de apoyo. Es la que más le gusta a Maddie, aunque al día siguiente le duela un poco ir al baño. Pero con la trece también finge ahora. Y a mí se me acaban los trucos.

—No te pido que seas el maldito doble acróbata de Spiderman —me echó en cara en una ocasión—, pero podrías poner un poco más de tu parte, ¿no?

A mí me gusta ponerme siempre debajo.

Mi suegra mide el paso del tiempo por las ideas brillantes que se le ocurren. Brillantes en opinión de ella, por supuesto. Su última jugarreta fue traernos un apestoso cachorro de spaniel a casa, porque lo vio muy triste a través del escaparate de la tienda. ¿Y por qué no lo adoptas tú, si tanta pena te da?, le pregunté con la mirada mientras ponía cara de ternura y acariciaba a la cosilla peluda. Y ella me contestó, también sin palabras: Porque ya te tengo a ti para echarte cacahuetes desde lejos, maldito holgazán, no necesito más mascotas. O eso le entendí.

Mi mujer estaba encantada. Huelga decir que nos quedamos con el perro.

Creí escuchar acordes del opening de “La familia crece” burlándose de mí de fondo.

Me gusta leer cosas triviales, sin interés literario alguno, de esas que recomiendan las páginas web. Luego las deposito haciéndome el interesante en la mesita de “obsequio para nuestros lectores” de la Biblioteca Pública.

La clave es la trivialidad. En mi casa no entrará un libro de Kafka a menos que alguno de sus hagiógrafos le traduzca un manual de cómo ir al baño de manera nihilista, o algo así.

Lo último es una guía para la supervivencia en climas extremadamente fríos, escrita por un montañero que sale con una actriz famosa. Durante una semana me empapo de todas y cada una de las técnicas que usan los profesionales para sobrevivir a temperaturas bajo cero contando sólo con un encendedor y una linterna. Luego subo el aire acondicionado.

Charlie Kox me dice que soy un adicto a la logoversuralia, el arte de llenar tu cerebro con miles de datos que no sirven para nada. Y debe tener razón. Aún recuerdo lo que me costó memorizar las primeras treinta recetas de aquel libro de cocina tekwapu, aunque no por qué lo hice. Jamás preparé ninguna.”

de lordofthemetaverso

MOMENTOS ESTELARES DE… “HERALDOS DE LA OSCURIDAD”

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Las dos hijas de Edith y Lot llegaron tarde a comer. Sería el equivalente a las cuatro de la tarde cuando al fin se puso la mesa, usando hogazas de pan finas a modo de platos y cubiertos de madera. Fue el padre quien cortó la carne y la bendijo, usando unas frases que no tenían nada que ver con las que el Cristianismo haría populares milenios después.

Lot rezó en primer lugar a Nanna, divinidad suprema venerada en Ur y en Sodoma, y mencionó después a potencias menores como Dagan y Asdod. En último lugar reservó unas palabras, casi de refilón, para un oscuro dios cananita llamado Yaóh.

Tanya estaba sentada en un lugar de honor en la mesa, como correspondía a un invitado. No podía apartar la vista de aquellas pizpiretas niñas que rondaban los diez años, que entre risas y juegos intentaban que su padre les diese el pedazo más grande de pan que quedaba por servir. Eran dos chiquillas muy morenas, con los ojos entre negro azabache y un marrón de cedro, bastante guapas. Una llevaba un brazalete que, por lo que le había contado Edith, significaba que ya era lo bastante mayor como para “estar disponible” para la comunidad. No debía de tener más de once años.

El flujo de información de la “hiper-net” divina seguía llegando hasta Tanya. Se sentía como una parabólica gigante que recogiera todas las emisiones del universo. La sensación que le hacía temblar las manos y la voz era, sin embargo, de pura fascinación, de maravilla absoluta, al saberse en presencia no sólo de lugares sino también de personajes míticos.

Aquel hombre con estratos de polvo de los caminos sobre la cabeza era Lot, y teniendo en cuenta las circunstancias de su llegada a aquella época, Tanya podía jurar que no un Lot cualquiera, sino el bíblico, el sobrino del famoso Abrahám, el primer patriarca post-diluviano de la Biblia.

Y si este era Lot… entonces su mujer, Edith (cuyo nombre, ahora lo entendía, significaba “estatua de sal”, en un vaticinio con muy mala uva de lo que iba a depararle el destino), era la madre de las únicas mujeres supervivientes a la destrucción de Sodoma. Pero todo eso ocurriría, claro, cuando aquellas niñas fuesen mayores, unas bellas adolescentes con ganas de perpetuar la especie. Ese dato era importante, pues en los textos sagrados se las recordaba precisamente por su afán procreador.

Tanya aceptó una hogaza de pan con forma de flauta de una de las niñas, y se preguntó cuál de las dos sería, si Bitiá o Atará. En los textos no aparecían los nombres de las niñas, pero a ella le había venido el dato junto con otros detalles sobre aquella singular familia. Lot tendría otras dos hijas más, con el tiempo, pero ambas perecerían en la devastación de Sodoma. Edith aún no las había traído al mundo.

Terribles y trascendentales momentos les estaban aguardando. Una de aquellas inocentes chiquillas, Bitiá o Atará, tendría la idea de emborrachar a su propio padre, el que ahora las regañaba para que guardasen la compostura, y la otra lo conduciría a una cueva donde copularían hasta que la dejase embarazada. De esa unión incestuosa nacerían los fundadores de dos tribus históricamente influyentes en la región, los Amonitas y los Moabitas, enemigas (cómo no) del pueblo de Israel.

Tanya contuvo un escalofrío. Se imaginó a aquella familia destrozada, únicos supervivientes de la masacre, en las horas posteriores a la destrucción de la ciudad. Intentando no volver la vista atrás por nada del mundo aún cuando su madre había desobedecido el designio divino y se había quedado petrificada, la piel convertida en la misma sal que les ayudaba a preservar los alimentos.

Se los imaginó trepando por una escarpadura como supervivientes de un holocausto nuclear, con ceniza lloviendo a su alrededor, el olor a carne quemada en el ambiente, los gritos agónicos de miles de personas, hombres, mujeres y niños, que se asaban en los incendios…

Y las niñas pensando en cómo seguir adelante con la Historia. Cómo asegurar un mañana, incluso después de que los coléricos dioses hubiesen sentenciado a muerte a su especie (porque no sólo Sodoma y Gomorra fueron arrasadas en la noche fatal, sino también Adama y Zeboim; todas las capitales importantes de su tiempo. Fue un verdadero “apaga y vámonos” bíblico). En ese contexto, a Tanya dejó de parecerle una aberración la conducta de las chiquillas, violando a su propio padre. Lot sería el único donador de semilla disponible en esa parte del mundo, y si no lo hubieran hecho así, la historia de las tribus de Oriente Medio habría acabado con aquel cruento desenlace de llamas y agonía.

—¿Y tú, Tâniia, tienes familia? —preguntó Edith con una amplia sonrisa, mientras le servía un trozo de carne.

Tanya compuso una expresión melancólica.

—Sí, pero están lejos. Mis padres viven en una ciudad que… eh… está más allá del mar.

Las niñas rieron. Habían interpretado como un chiste eso de que hubiera tierras habitadas al otro lado de la inmensidad azul.

Lot se mesó la barba, con una actitud muy distinta a la de sus hijas. No paraba de observar a su invitada con suspicacia.

—¿Y cómo has llegado tan lejos? ¿En un barco?

—Sí, con unos mercaderes.

—Te lo dije, esposo. —Los ojos de Edith se iluminaron—. Ella podría ponerte en contacto con caravaneros que conozcan nuevas rutas, a lo mejor.

—Nosotros comerciamos con lo que los camellos traen del este, y con la madera que nos llega en barco por el río —dijo Lot, no muy convencido de que la historia que le había contado Tanya fuera cierta—. Tu piel podrá ser la de una amorita, pero también podrías venir de Armenia.

—¿Qué bienes preciosos os traen de Armenia? —preguntó Tanya. Esa pregunta amenazó con disparar otras cascada de datos en su cerebro, pero se resistió. No quería recurrir a la sabiduría divina para todo, porque estaba temiéndose que eso la alejaría aún más de su condición humana, como le había ocurrido al maestro de Séfora.

Era un don maravilloso, sí, pero empezaba a entrever cuáles eran los riesgos de usarlo de manera indiscriminada. Como la persona que de repente aprende a volar y deja de usar sus piernas de la noche a la mañana para desplazarse. Inevitablemente se le acabarán atrofiando. Usaría el don cuando lo creyera conveniente, pero mientras tuviera boca para preguntar, prefería que la gente le contara cosas a la antigua usanza.

—La obsidiana nos llega desde Armenia —explicó el pastor—, y la diorita desde Magan.

—Las usan los orfebres para esculpir objetos para la realeza —le guiñó un ojo Edith, al tiempo que sacaba la tabla de arcilla del fuego y la ponía sobre un soporte de madera. La arcilla estaba roja, y era maleable.

Su marido cogió una cuña de madera, tallada por un lado con diversas formas geométricas. Se puso a hacer leves incisiones en la arcilla mientras seguía hablando.

—También tenemos cedro de Anatolia, lapislázuli de Badakhshan, oro de Egipto… Por esta región pasan muchas de las riquezas que hacen prosperar al akkusam1. De ahí que Sodoma haya prosperado tanto. Sin la presencia de su ejército y sus sacerdotes para encargarse de la seguridad y la contabilidad… —dejó en suspenso la frase, dejando entrever una conclusión nefasta.

Tanya asintió.

—Comprendo. Ustedes se encargan del comercio en el valle, y dejan a la ciudad las cuestiones de Estado.

—Por así decirlo. Pero también hay gente que viene desde lejos a buscar el consejo espiritual de mi marido —terció Edith, sentándose en un taburete entre sus dos preciosas niñas. Sus manos comenzaron a repartir equitativamente los manjares entre los países limítrofes que eran Atará y Bitiá—. De ahí sacamos buena parte del ajuar, la verdad.

Tanya se imaginó que en esta época sería una práctica corriente cobrar por la exhortación de los sacerdotes y los hombres santos. Seguramente todos lo hacían, desde los sacerdotes del gran zigurat de Sodoma, hasta los anacoretas que vagaban por los caminos y subsistían de las limosnas que les daba la gente. Era una práctica que todo el mundo defendería como justa y necesaria.

—Antes me dijiste que Lot compartía el sacerdocio de Melquisedec —recordó Tanya—. ¿Qué significa?

—Lo obtuvo durante una visita al gran sacerdote, hace una década, junto con su tío Abrám. Fue más o menos en la misma época en la que dejamos nuestra casa de Girsu, cerca de los montes Zagros. Los dos le demostraron que eran devotos de la voluntad de los dioses, y el gran Melquisedec los bendijo con su báculo. Fue una suerte.

—Y tanto —sonrió Lot, mientras continuaba haciendo metódicas incisiones en la tablilla—. El pastoreo de hombres nos mantiene a flote cuando el de ovejas conoce malos tiempos. La gente puede pasar sin lana ni leche, pero no sin consejo espiritual.

Tanya entornó la puerta de la hiper-net. Fluuuuuuussshhh, más datos. En la Biblia se mencionaba explícitamente el episodio de la visita de Abrahám (o Abrám, su nombre pre-Pacto, que significaba “padre de muchos pueblos”) a Melquisedec. Claro, se necesitaba un hombre de fe ya reconocido para proclamar a otro, igual que Jesús buscó legitimar su estatus de gurú religioso con el chalado de Juan el Bautista, quien lavaba la frente de los devotos en los charcos de orina de res y, si eran mujeres, trataba de que le demostrasen su “devoción carnal” justo después.

Edith había mencionado la ciudad de Girsu, en Mesopotamia. Era un enclave situado a unos ciento cincuenta kilómetros de la gran urbe de Ur, capital del mundo conocido y cuna de la primera civilización. La Biblia aseguraba que Abrám, el hombre escogido para sellar la alianza con Dios, había nacido en Ur, lo cual era lo mismo que decir que uno era de Atenas en la época helénica o de Nueva York en el siglo XX. Nacer en la capital del mundo era un trasfondo de esencial importancia cuando uno iba a escribir una biografía, ya que le otorgaba al homenajeado prestigio y autoridad.

Pero Edith había mencionado Girsu, una ciudad no muy extensa de cabreros con una importancia histórica más bien modesta. Su emplazamiento estaba cerca de Ur, sí, pero no era Ur, la ciudad cuyo pasado se perdía en la noche de los tiempos. Ese cambio sutil de empadronamiento del patriarca decía mucho de las intenciones de los que escribieron el Génesis.

Lot se fijó en que Tanya no apartaba la vista de las incisiones en su tablilla, y explicó:

—Llevo la cuenta de la distribución de cebada entre las familias que dependen de nuestro rebaño. Si no tenemos claro cuánto sale y cuánto entra, los negocios se nos hundirán en el betún.

Tanya rió por lo bajo. No pudo evitarlo.

—¿Hay algo mal? —preguntó Lot, revisando sus marcas. Era pura escritura cuneiforme, con triángulos y líneas rectas y puntitos que representaban personas, animales y minas1 de cebada.

Su invitada se sonrojó.

—No, para nada, lo siento mucho. No estaba revisando sus cálculos. Es sólo que… —Que estoy asistiendo a uno de los mayores progresos de la humanidad, el nacimiento de la escritura. Fue aquí, en esta parte del mundo, y en esta misma época. Y lo que tú haces ahora mismo, Lot, manchándote las manos de arcilla derretida, las mismas manos con las que luego darás de comer a tus hijas, es la simiente de las grandes maravillas que llegarán en un futuro lejano—. Es sólo que me estoy acordando de cuando mi padre hace eso mismo. Odia hacer cuentas, pero no le queda más remedio.

—¿También es comerciante?

—Bueno… más o menos. Más tirando a menos. Cualquiera debe tener aunque sea una gota de comerciante en mi… —iba a de decir “época”, pero corrigió en el último momento— …mi país, si quiere sobrevivir al día a día. Eso no cambia, por muchos siglos que pasen.

—Sabias palabras —convino Edith, dándole una palmada en la mano a Bitiá cuando intentaba robarle un trozo de carne del plato. Un perro sarnoso entró en la casa atraído por el olor del asado (la puerta estaba permanentemente abierta, como todas las del poblado), pero al oír el hueco sonido de la palmada salió corriendo—. El problema es que demasiadas gotas de esas terminan por corromper la sangre. Y si no, que se lo digan al tío de mi esposo.

—¿Quién, Abrám?

Lot refunfuñó.

—Prefiero que no volváis a nombrar a esa persona en mi casa. Es cosa del pasado.

Tanya miró inquisitivamente a Edith, rogando porque le explicase a qué venía tanta animadversión, cuando un sonido llegó desde el exterior.

Era como una trompeta, tocada desde algún sitio alto y por un heraldo de buenos pulmones. Su barritar, que arrancó ecos por todo el valle, no debía presagiar nada bueno, porque inmediatamente Lot y su familia se pusieron en pie, casi tirando los platos al suelo, y las niñas se abrazaron a la madre.

El efecto del sonido (ya se lo había dicho aquel pastor al quitarle la trompetilla al zagal: “No se sabe el daño que puede causar el tocar por estos lares una trompeta”) fue el mismo que debieron sentir los habitantes de Troya al oír las campanas cuando desembarcaron los griegos, a juzgar por la expresión de la familia.

—¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando? —preguntó Tanya, nerviosa.

Edith la miró con ojos desorbitados.

—¡Nos atacan!

 

1 Región que engloba a Canaán y parte del valle del Nilo, así como Mesopotamia entera y, como entidad independiente, la desembocadura del Eúfrates.

1 Aproximadamente medio kilo.

de lordofthemetaverso

PRÓLOGO PARA UNA NOVELA DE ALFRED BESTER

Uno de mis escritores favoritos del género de ciencia ficción siempre fue Alfred Bester. Poco prolífico, este autor era una auténtica máquina de derramar ideas sobre el papel. Ahora, una editorial de este país (no voy a decir el nombre no sea que lo quieran mantener por el momento en secreto) va a reeditar una de las novelas clásicas de Bester, “los impostores”, y me ha pedido que les escriba el prólogo.

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Para mí, prologar un libro de Bester es un auténtico honor. Es como si te dijeran que tienes que escribirle un prólogo a Borges. Espero haber estado a la altura.

 

de lordofthemetaverso

MOMENTOS ESTELARES DE… “HIJA DE LOBOS”

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“…El caballo bufaba, mostrando lo mucho que le costaba mantener aquella velocidad. Había sido entrenado para sostener un cómodo trote durante bastante tiempo, tirando del carro y sus ocupantes colina arriba y colina abajo, pero al forzarlo por encima de esa cadencia lo estábamos quemando muy rápido. Éramos conscientes de ello, pero lo único que importaba en aquel momento era el faro, y teníamos que llegar cuanto antes.

Bert llevaba las riendas mientras Mary se apretujaba conmigo en el estrecho espacio de la calesa. Hacía bastante rato que habíamos dejado atrás la mansión (aunque dejamos de verla mucho antes), y dentro de poco nos tropezaríamos con el bosque de los jacintos. O eso esperaba. Si a plena luz se hacía difícil distinguir aquel camino, entre la niebla era una empresa digna del mejor oteador.

Confié en que Bert, que había recorrido aquellos mismos kilómetros infinidad de ocasiones, supiese encontrar la senda a ciegas, remedando lo que quiera que usasen las palomas mensajeras para orientarse.

—¿Qué era esa cosa? —preguntó Mary, achicada hasta el punto de parecer tan diminuta como la pequeña Dulsie.

—Que me cuelguen si lo sé —gruñó Bert, haciendo restallar las riendas. El caballo relinchó, protestando por aquel trato brutal que, por más que quisiéramos, no iba a obtener mejor resultado.

—Tuvo que ser aquel maldito pastor —caviló Mary—. Seguro que es uno de esos locos que se dedican a visitar las casas de las mujeres solas, para abusar de ellas y robarles todo lo que tienen.

En circunstancias normales le habría dado la razón, pero no mencioné el hecho de que nosotras, en la mansión, no estábamos solas, y que por muy rápido y membrudo que fuese, aquel desdichado no habría tenido tiempo de atrapar a su perro, hacerle aquella barbaridad y lanzarlo por la ventana.

No, había alguien más allí, en el páramo. Me lo decía el Hume. Alguien o algo que se había desatado como castigo a nuestra presencia en la isla. Hubiésemos hecho algo para ofenderlo o no, lo cierto es que el agresor había permanecido dormido hasta que el primer candil prendió en Caer Minloch.

Como nos advirtió aquel muchacho.

¿Y si estábamos depositando esperanzas vanas en el arma de fuego? ¿Y si después de todo el fusil estaba estropeado, y por eso Freys no se lo había llevado a Mallaig, o no lográbamos encontrar pólvora en la tienda? Pretender usar un arma y dispararla de verdad eran dos cosas muy distintas, con pasos intermedios que podían salir mal. Había visto a Madre disparar con el arma del abuelo, pero había sido en otro tiempo, y siempre era él quien lo preparaba para que no hubiese peligro. Además, la diana solía ser una botella o un poste de madera que se estaba bien quietecito mientras el tirador se tomaba su tiempo.

Demasiadas variables que dependían del “ojalá haya suerte” que venía justo antes del “oh, maldición” o del “¡gracias a Dios!” que seguirían al disparo.

Hacíamos oídos sordos a las advertencias hasta que era demasiado tarde. Siempre había sido así con mi familia. Aquella isla estaba maldita, presa de magias ancestrales que llevaban enterradas bajo el páramo ni se sabe los años. Pero aunque varias personas habían tratado de advertirnos (el viejo Freys, el muchacho siniestro, San Aparicio a través del ritual de cuencos…) no hicimos el menor caso. Lógico. ¿Quién iba a prestar atención a los augurios cuando perdía el tiempo lamentándose porque el paisaje no era el de su patria?

¿Existía en realidad el horror que vi en el cuenco, o todo esto no era más que la jugarreta bien planificada de un pastor demente?

Padre había intentado protegerme contra los estragos de la superstición, una plaga incendiaria tan contagiosa como la voz de “¡fuego!”. Pero las reglas se invalidaban cuando una abandonaba la civilización y se atrevía a llamar hogar a una isla perdida.

—¡Mirad, allí! —señaló Bert. El corazón nos dio un vuelco, pensando que había alguna persona junto al camino, pero no era más que una sombra que surgía de la niebla: el contorno irregular de una línea de árboles.

Sonreí. Sin duda era el bosquecillo de los jacintos. Ya estábamos muy cerca de la costa. Bert había hecho bien su trabajo y nos había guiado por el camino correcto. Sentí ganas de abrazarlo, pero no sólo habría sido poco decoroso (dónde se había visto que una dama de la alta sociedad se tomase esas libertades con un sirviente) sino que lo habría distraído y podría haber ocasionado un accidente.

—¿Qué ha sido eso? —Mary me clavó las uñas dolorosamente.

—¡Ay, suéltame! ¿El qué?

—¡Allí! —Apuntó con el dedo a una línea de arbustos, capaces por su altura y frondosidad de ocultar a un hombre. Vaharadas de niebla se extendían sobre ellos, moviéndose deprisa, como si una jauría de terrores nocturnos aullase prendida en sus talones.

La niebla también huía de algo.

—No puede ser, no puede habernos seguido hasta aquí —sollozó. Intenté tranquilizarla, pero cómo hacerlo cuando yo misma estaba que no me cabía el corazón en el pecho.

De pronto, el caballo se asustó. Frenó de golpe haciendo temblar toda la calesa, y levantó las patas en el aire.

Bert abrió la boca para gritarle alguna orden, al tiempo que sacudía las riendas, pero el aire no tuvo tiempo de abandonar sus pulmones.

Una sombra, tan veloz que era imposible seguirla con la vista, saltó por encima del pescante y se lo llevó. Lo percibimos como un arrastrar de niebla, un movimiento instantáneo que golpeó al joven Bert y barrió nuestros cabellos con una onda de viento.

Mary chilló. A la velocidad del pánico, me alongué sobre el caballo para tomar las riendas, pero el animal no habría prestado atención a mis órdenes ni aunque hubiese dejado de corcovear.

Un sonido rasgó el silencio (¿cuándo se habían calmado los gritos, o los relinchos nerviosos del animal?), y la calesa entera crujió, elevándose por la parte delantera.

Era imposible que pudiera sentir las uñas de Mary hundiéndose en mi carne, porque mi cerebro estaba abotargado, cayendo a un pozo de negrura, a esa aséptica placidez que bien podía preceder a la muerte. Vi que la calesa, en efecto, estaba siendo alzada por delante; y no porque unas fuertes manos hubiesen desenganchado al caballo y dejado actuar nuestro peso combinado.

El animal colgaba de las fauces de una sombra oscura, alta y musculosa, más ancha de espaldas que el hombre más fornido que yo hubiera visto jamás. Estaba cubierta por un pelaje cerdoso aguijoneado por el brillo de unos ojos redondos, pequeños y blancos, como de tiburón. La cosa tenía al caballo apresado por el cuello, en el que había hincado sus espantosos colmillos, y lo levantó sin esfuerzo hasta que las cuatro patas quedaron suspendidas como badajos.

El monstruo me miró. Aquellos ojillos diabólicos se posaron en los míos, un conducto invisible que tremolaba en el aire inmóvil.

Nos sostuvimos la mirada durante un tiempo que pareció infinito, aquel enviado del Infierno y yo, la niña asustada que sabía de sobras cuál iba a ser el siguiente acto del drama.

No pude soportarlo más y me desmayé. Lo último que oí mientras me deslizaba hacia el pozo fue un ruido de dentelladas, como si alguien masticase a pocos centímetros de mi oído…”

de lordofthemetaverso

A QUE NO ADIVINÁIS QUÉ PELI REVISÉ ANOCHE…

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En mi búsqueda de info sobre el tema de los OVNIs de cara a mi próxima novela, ayer me compré el BR de “Encuentros…” y volví a verla. La gente dirá que si Tiburón, que si La lista de Schindler, que si E.T…. pero a mí la película que más me gusta de las que ha hecho Spielberg es esta. Una auténtica obra de arte, a muchos más niveles de los que aparecen en un primer visionado. ¿Alguien coincide conmigo?

En lo único en que no coincido con Spielberg (sí, lo admito, a pesar de lo soso que se ha vuelto últimamente sigue siendo uno de mis ídolos, grrr) es en darle la dimensión espiritual al tema ufológico. Sé que al decir esto me quitaré muchos lectores potenciales de encima, pero si escribo mi novela sobre ufología no le daré en absoluto el enfoque cristiano-místico-redentor. Últimamente parece que no puedes ver una película sobre este tema, o leer un libro, sin que parezca un panfleto religioso (¿verdad, M. Night Shyamalan?). Yo quiero volver a la fascinación de mirar al cielo inmenso y preguntarte si hay algo ahí fuera, como hace el personaje de Richard Dreyfuss mientras le da un beso a Melinda Dillon, pero sin adoctrinar, sino manteniéndome en la perspectiva científica del tema.

de lordofthemetaverso