MOMENTOS ESTELARES DE… “HIJA DE LOBOS”

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“…El caballo bufaba, mostrando lo mucho que le costaba mantener aquella velocidad. Había sido entrenado para sostener un cómodo trote durante bastante tiempo, tirando del carro y sus ocupantes colina arriba y colina abajo, pero al forzarlo por encima de esa cadencia lo estábamos quemando muy rápido. Éramos conscientes de ello, pero lo único que importaba en aquel momento era el faro, y teníamos que llegar cuanto antes.

Bert llevaba las riendas mientras Mary se apretujaba conmigo en el estrecho espacio de la calesa. Hacía bastante rato que habíamos dejado atrás la mansión (aunque dejamos de verla mucho antes), y dentro de poco nos tropezaríamos con el bosque de los jacintos. O eso esperaba. Si a plena luz se hacía difícil distinguir aquel camino, entre la niebla era una empresa digna del mejor oteador.

Confié en que Bert, que había recorrido aquellos mismos kilómetros infinidad de ocasiones, supiese encontrar la senda a ciegas, remedando lo que quiera que usasen las palomas mensajeras para orientarse.

—¿Qué era esa cosa? —preguntó Mary, achicada hasta el punto de parecer tan diminuta como la pequeña Dulsie.

—Que me cuelguen si lo sé —gruñó Bert, haciendo restallar las riendas. El caballo relinchó, protestando por aquel trato brutal que, por más que quisiéramos, no iba a obtener mejor resultado.

—Tuvo que ser aquel maldito pastor —caviló Mary—. Seguro que es uno de esos locos que se dedican a visitar las casas de las mujeres solas, para abusar de ellas y robarles todo lo que tienen.

En circunstancias normales le habría dado la razón, pero no mencioné el hecho de que nosotras, en la mansión, no estábamos solas, y que por muy rápido y membrudo que fuese, aquel desdichado no habría tenido tiempo de atrapar a su perro, hacerle aquella barbaridad y lanzarlo por la ventana.

No, había alguien más allí, en el páramo. Me lo decía el Hume. Alguien o algo que se había desatado como castigo a nuestra presencia en la isla. Hubiésemos hecho algo para ofenderlo o no, lo cierto es que el agresor había permanecido dormido hasta que el primer candil prendió en Caer Minloch.

Como nos advirtió aquel muchacho.

¿Y si estábamos depositando esperanzas vanas en el arma de fuego? ¿Y si después de todo el fusil estaba estropeado, y por eso Freys no se lo había llevado a Mallaig, o no lográbamos encontrar pólvora en la tienda? Pretender usar un arma y dispararla de verdad eran dos cosas muy distintas, con pasos intermedios que podían salir mal. Había visto a Madre disparar con el arma del abuelo, pero había sido en otro tiempo, y siempre era él quien lo preparaba para que no hubiese peligro. Además, la diana solía ser una botella o un poste de madera que se estaba bien quietecito mientras el tirador se tomaba su tiempo.

Demasiadas variables que dependían del “ojalá haya suerte” que venía justo antes del “oh, maldición” o del “¡gracias a Dios!” que seguirían al disparo.

Hacíamos oídos sordos a las advertencias hasta que era demasiado tarde. Siempre había sido así con mi familia. Aquella isla estaba maldita, presa de magias ancestrales que llevaban enterradas bajo el páramo ni se sabe los años. Pero aunque varias personas habían tratado de advertirnos (el viejo Freys, el muchacho siniestro, San Aparicio a través del ritual de cuencos…) no hicimos el menor caso. Lógico. ¿Quién iba a prestar atención a los augurios cuando perdía el tiempo lamentándose porque el paisaje no era el de su patria?

¿Existía en realidad el horror que vi en el cuenco, o todo esto no era más que la jugarreta bien planificada de un pastor demente?

Padre había intentado protegerme contra los estragos de la superstición, una plaga incendiaria tan contagiosa como la voz de “¡fuego!”. Pero las reglas se invalidaban cuando una abandonaba la civilización y se atrevía a llamar hogar a una isla perdida.

—¡Mirad, allí! —señaló Bert. El corazón nos dio un vuelco, pensando que había alguna persona junto al camino, pero no era más que una sombra que surgía de la niebla: el contorno irregular de una línea de árboles.

Sonreí. Sin duda era el bosquecillo de los jacintos. Ya estábamos muy cerca de la costa. Bert había hecho bien su trabajo y nos había guiado por el camino correcto. Sentí ganas de abrazarlo, pero no sólo habría sido poco decoroso (dónde se había visto que una dama de la alta sociedad se tomase esas libertades con un sirviente) sino que lo habría distraído y podría haber ocasionado un accidente.

—¿Qué ha sido eso? —Mary me clavó las uñas dolorosamente.

—¡Ay, suéltame! ¿El qué?

—¡Allí! —Apuntó con el dedo a una línea de arbustos, capaces por su altura y frondosidad de ocultar a un hombre. Vaharadas de niebla se extendían sobre ellos, moviéndose deprisa, como si una jauría de terrores nocturnos aullase prendida en sus talones.

La niebla también huía de algo.

—No puede ser, no puede habernos seguido hasta aquí —sollozó. Intenté tranquilizarla, pero cómo hacerlo cuando yo misma estaba que no me cabía el corazón en el pecho.

De pronto, el caballo se asustó. Frenó de golpe haciendo temblar toda la calesa, y levantó las patas en el aire.

Bert abrió la boca para gritarle alguna orden, al tiempo que sacudía las riendas, pero el aire no tuvo tiempo de abandonar sus pulmones.

Una sombra, tan veloz que era imposible seguirla con la vista, saltó por encima del pescante y se lo llevó. Lo percibimos como un arrastrar de niebla, un movimiento instantáneo que golpeó al joven Bert y barrió nuestros cabellos con una onda de viento.

Mary chilló. A la velocidad del pánico, me alongué sobre el caballo para tomar las riendas, pero el animal no habría prestado atención a mis órdenes ni aunque hubiese dejado de corcovear.

Un sonido rasgó el silencio (¿cuándo se habían calmado los gritos, o los relinchos nerviosos del animal?), y la calesa entera crujió, elevándose por la parte delantera.

Era imposible que pudiera sentir las uñas de Mary hundiéndose en mi carne, porque mi cerebro estaba abotargado, cayendo a un pozo de negrura, a esa aséptica placidez que bien podía preceder a la muerte. Vi que la calesa, en efecto, estaba siendo alzada por delante; y no porque unas fuertes manos hubiesen desenganchado al caballo y dejado actuar nuestro peso combinado.

El animal colgaba de las fauces de una sombra oscura, alta y musculosa, más ancha de espaldas que el hombre más fornido que yo hubiera visto jamás. Estaba cubierta por un pelaje cerdoso aguijoneado por el brillo de unos ojos redondos, pequeños y blancos, como de tiburón. La cosa tenía al caballo apresado por el cuello, en el que había hincado sus espantosos colmillos, y lo levantó sin esfuerzo hasta que las cuatro patas quedaron suspendidas como badajos.

El monstruo me miró. Aquellos ojillos diabólicos se posaron en los míos, un conducto invisible que tremolaba en el aire inmóvil.

Nos sostuvimos la mirada durante un tiempo que pareció infinito, aquel enviado del Infierno y yo, la niña asustada que sabía de sobras cuál iba a ser el siguiente acto del drama.

No pude soportarlo más y me desmayé. Lo último que oí mientras me deslizaba hacia el pozo fue un ruido de dentelladas, como si alguien masticase a pocos centímetros de mi oído…”

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de lordofthemetaverso

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