MOMENTOS ESTELARES DE… “HERALDOS DE LA OSCURIDAD”

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Las dos hijas de Edith y Lot llegaron tarde a comer. Sería el equivalente a las cuatro de la tarde cuando al fin se puso la mesa, usando hogazas de pan finas a modo de platos y cubiertos de madera. Fue el padre quien cortó la carne y la bendijo, usando unas frases que no tenían nada que ver con las que el Cristianismo haría populares milenios después.

Lot rezó en primer lugar a Nanna, divinidad suprema venerada en Ur y en Sodoma, y mencionó después a potencias menores como Dagan y Asdod. En último lugar reservó unas palabras, casi de refilón, para un oscuro dios cananita llamado Yaóh.

Tanya estaba sentada en un lugar de honor en la mesa, como correspondía a un invitado. No podía apartar la vista de aquellas pizpiretas niñas que rondaban los diez años, que entre risas y juegos intentaban que su padre les diese el pedazo más grande de pan que quedaba por servir. Eran dos chiquillas muy morenas, con los ojos entre negro azabache y un marrón de cedro, bastante guapas. Una llevaba un brazalete que, por lo que le había contado Edith, significaba que ya era lo bastante mayor como para “estar disponible” para la comunidad. No debía de tener más de once años.

El flujo de información de la “hiper-net” divina seguía llegando hasta Tanya. Se sentía como una parabólica gigante que recogiera todas las emisiones del universo. La sensación que le hacía temblar las manos y la voz era, sin embargo, de pura fascinación, de maravilla absoluta, al saberse en presencia no sólo de lugares sino también de personajes míticos.

Aquel hombre con estratos de polvo de los caminos sobre la cabeza era Lot, y teniendo en cuenta las circunstancias de su llegada a aquella época, Tanya podía jurar que no un Lot cualquiera, sino el bíblico, el sobrino del famoso Abrahám, el primer patriarca post-diluviano de la Biblia.

Y si este era Lot… entonces su mujer, Edith (cuyo nombre, ahora lo entendía, significaba “estatua de sal”, en un vaticinio con muy mala uva de lo que iba a depararle el destino), era la madre de las únicas mujeres supervivientes a la destrucción de Sodoma. Pero todo eso ocurriría, claro, cuando aquellas niñas fuesen mayores, unas bellas adolescentes con ganas de perpetuar la especie. Ese dato era importante, pues en los textos sagrados se las recordaba precisamente por su afán procreador.

Tanya aceptó una hogaza de pan con forma de flauta de una de las niñas, y se preguntó cuál de las dos sería, si Bitiá o Atará. En los textos no aparecían los nombres de las niñas, pero a ella le había venido el dato junto con otros detalles sobre aquella singular familia. Lot tendría otras dos hijas más, con el tiempo, pero ambas perecerían en la devastación de Sodoma. Edith aún no las había traído al mundo.

Terribles y trascendentales momentos les estaban aguardando. Una de aquellas inocentes chiquillas, Bitiá o Atará, tendría la idea de emborrachar a su propio padre, el que ahora las regañaba para que guardasen la compostura, y la otra lo conduciría a una cueva donde copularían hasta que la dejase embarazada. De esa unión incestuosa nacerían los fundadores de dos tribus históricamente influyentes en la región, los Amonitas y los Moabitas, enemigas (cómo no) del pueblo de Israel.

Tanya contuvo un escalofrío. Se imaginó a aquella familia destrozada, únicos supervivientes de la masacre, en las horas posteriores a la destrucción de la ciudad. Intentando no volver la vista atrás por nada del mundo aún cuando su madre había desobedecido el designio divino y se había quedado petrificada, la piel convertida en la misma sal que les ayudaba a preservar los alimentos.

Se los imaginó trepando por una escarpadura como supervivientes de un holocausto nuclear, con ceniza lloviendo a su alrededor, el olor a carne quemada en el ambiente, los gritos agónicos de miles de personas, hombres, mujeres y niños, que se asaban en los incendios…

Y las niñas pensando en cómo seguir adelante con la Historia. Cómo asegurar un mañana, incluso después de que los coléricos dioses hubiesen sentenciado a muerte a su especie (porque no sólo Sodoma y Gomorra fueron arrasadas en la noche fatal, sino también Adama y Zeboim; todas las capitales importantes de su tiempo. Fue un verdadero “apaga y vámonos” bíblico). En ese contexto, a Tanya dejó de parecerle una aberración la conducta de las chiquillas, violando a su propio padre. Lot sería el único donador de semilla disponible en esa parte del mundo, y si no lo hubieran hecho así, la historia de las tribus de Oriente Medio habría acabado con aquel cruento desenlace de llamas y agonía.

—¿Y tú, Tâniia, tienes familia? —preguntó Edith con una amplia sonrisa, mientras le servía un trozo de carne.

Tanya compuso una expresión melancólica.

—Sí, pero están lejos. Mis padres viven en una ciudad que… eh… está más allá del mar.

Las niñas rieron. Habían interpretado como un chiste eso de que hubiera tierras habitadas al otro lado de la inmensidad azul.

Lot se mesó la barba, con una actitud muy distinta a la de sus hijas. No paraba de observar a su invitada con suspicacia.

—¿Y cómo has llegado tan lejos? ¿En un barco?

—Sí, con unos mercaderes.

—Te lo dije, esposo. —Los ojos de Edith se iluminaron—. Ella podría ponerte en contacto con caravaneros que conozcan nuevas rutas, a lo mejor.

—Nosotros comerciamos con lo que los camellos traen del este, y con la madera que nos llega en barco por el río —dijo Lot, no muy convencido de que la historia que le había contado Tanya fuera cierta—. Tu piel podrá ser la de una amorita, pero también podrías venir de Armenia.

—¿Qué bienes preciosos os traen de Armenia? —preguntó Tanya. Esa pregunta amenazó con disparar otras cascada de datos en su cerebro, pero se resistió. No quería recurrir a la sabiduría divina para todo, porque estaba temiéndose que eso la alejaría aún más de su condición humana, como le había ocurrido al maestro de Séfora.

Era un don maravilloso, sí, pero empezaba a entrever cuáles eran los riesgos de usarlo de manera indiscriminada. Como la persona que de repente aprende a volar y deja de usar sus piernas de la noche a la mañana para desplazarse. Inevitablemente se le acabarán atrofiando. Usaría el don cuando lo creyera conveniente, pero mientras tuviera boca para preguntar, prefería que la gente le contara cosas a la antigua usanza.

—La obsidiana nos llega desde Armenia —explicó el pastor—, y la diorita desde Magan.

—Las usan los orfebres para esculpir objetos para la realeza —le guiñó un ojo Edith, al tiempo que sacaba la tabla de arcilla del fuego y la ponía sobre un soporte de madera. La arcilla estaba roja, y era maleable.

Su marido cogió una cuña de madera, tallada por un lado con diversas formas geométricas. Se puso a hacer leves incisiones en la arcilla mientras seguía hablando.

—También tenemos cedro de Anatolia, lapislázuli de Badakhshan, oro de Egipto… Por esta región pasan muchas de las riquezas que hacen prosperar al akkusam1. De ahí que Sodoma haya prosperado tanto. Sin la presencia de su ejército y sus sacerdotes para encargarse de la seguridad y la contabilidad… —dejó en suspenso la frase, dejando entrever una conclusión nefasta.

Tanya asintió.

—Comprendo. Ustedes se encargan del comercio en el valle, y dejan a la ciudad las cuestiones de Estado.

—Por así decirlo. Pero también hay gente que viene desde lejos a buscar el consejo espiritual de mi marido —terció Edith, sentándose en un taburete entre sus dos preciosas niñas. Sus manos comenzaron a repartir equitativamente los manjares entre los países limítrofes que eran Atará y Bitiá—. De ahí sacamos buena parte del ajuar, la verdad.

Tanya se imaginó que en esta época sería una práctica corriente cobrar por la exhortación de los sacerdotes y los hombres santos. Seguramente todos lo hacían, desde los sacerdotes del gran zigurat de Sodoma, hasta los anacoretas que vagaban por los caminos y subsistían de las limosnas que les daba la gente. Era una práctica que todo el mundo defendería como justa y necesaria.

—Antes me dijiste que Lot compartía el sacerdocio de Melquisedec —recordó Tanya—. ¿Qué significa?

—Lo obtuvo durante una visita al gran sacerdote, hace una década, junto con su tío Abrám. Fue más o menos en la misma época en la que dejamos nuestra casa de Girsu, cerca de los montes Zagros. Los dos le demostraron que eran devotos de la voluntad de los dioses, y el gran Melquisedec los bendijo con su báculo. Fue una suerte.

—Y tanto —sonrió Lot, mientras continuaba haciendo metódicas incisiones en la tablilla—. El pastoreo de hombres nos mantiene a flote cuando el de ovejas conoce malos tiempos. La gente puede pasar sin lana ni leche, pero no sin consejo espiritual.

Tanya entornó la puerta de la hiper-net. Fluuuuuuussshhh, más datos. En la Biblia se mencionaba explícitamente el episodio de la visita de Abrahám (o Abrám, su nombre pre-Pacto, que significaba “padre de muchos pueblos”) a Melquisedec. Claro, se necesitaba un hombre de fe ya reconocido para proclamar a otro, igual que Jesús buscó legitimar su estatus de gurú religioso con el chalado de Juan el Bautista, quien lavaba la frente de los devotos en los charcos de orina de res y, si eran mujeres, trataba de que le demostrasen su “devoción carnal” justo después.

Edith había mencionado la ciudad de Girsu, en Mesopotamia. Era un enclave situado a unos ciento cincuenta kilómetros de la gran urbe de Ur, capital del mundo conocido y cuna de la primera civilización. La Biblia aseguraba que Abrám, el hombre escogido para sellar la alianza con Dios, había nacido en Ur, lo cual era lo mismo que decir que uno era de Atenas en la época helénica o de Nueva York en el siglo XX. Nacer en la capital del mundo era un trasfondo de esencial importancia cuando uno iba a escribir una biografía, ya que le otorgaba al homenajeado prestigio y autoridad.

Pero Edith había mencionado Girsu, una ciudad no muy extensa de cabreros con una importancia histórica más bien modesta. Su emplazamiento estaba cerca de Ur, sí, pero no era Ur, la ciudad cuyo pasado se perdía en la noche de los tiempos. Ese cambio sutil de empadronamiento del patriarca decía mucho de las intenciones de los que escribieron el Génesis.

Lot se fijó en que Tanya no apartaba la vista de las incisiones en su tablilla, y explicó:

—Llevo la cuenta de la distribución de cebada entre las familias que dependen de nuestro rebaño. Si no tenemos claro cuánto sale y cuánto entra, los negocios se nos hundirán en el betún.

Tanya rió por lo bajo. No pudo evitarlo.

—¿Hay algo mal? —preguntó Lot, revisando sus marcas. Era pura escritura cuneiforme, con triángulos y líneas rectas y puntitos que representaban personas, animales y minas1 de cebada.

Su invitada se sonrojó.

—No, para nada, lo siento mucho. No estaba revisando sus cálculos. Es sólo que… —Que estoy asistiendo a uno de los mayores progresos de la humanidad, el nacimiento de la escritura. Fue aquí, en esta parte del mundo, y en esta misma época. Y lo que tú haces ahora mismo, Lot, manchándote las manos de arcilla derretida, las mismas manos con las que luego darás de comer a tus hijas, es la simiente de las grandes maravillas que llegarán en un futuro lejano—. Es sólo que me estoy acordando de cuando mi padre hace eso mismo. Odia hacer cuentas, pero no le queda más remedio.

—¿También es comerciante?

—Bueno… más o menos. Más tirando a menos. Cualquiera debe tener aunque sea una gota de comerciante en mi… —iba a de decir “época”, pero corrigió en el último momento— …mi país, si quiere sobrevivir al día a día. Eso no cambia, por muchos siglos que pasen.

—Sabias palabras —convino Edith, dándole una palmada en la mano a Bitiá cuando intentaba robarle un trozo de carne del plato. Un perro sarnoso entró en la casa atraído por el olor del asado (la puerta estaba permanentemente abierta, como todas las del poblado), pero al oír el hueco sonido de la palmada salió corriendo—. El problema es que demasiadas gotas de esas terminan por corromper la sangre. Y si no, que se lo digan al tío de mi esposo.

—¿Quién, Abrám?

Lot refunfuñó.

—Prefiero que no volváis a nombrar a esa persona en mi casa. Es cosa del pasado.

Tanya miró inquisitivamente a Edith, rogando porque le explicase a qué venía tanta animadversión, cuando un sonido llegó desde el exterior.

Era como una trompeta, tocada desde algún sitio alto y por un heraldo de buenos pulmones. Su barritar, que arrancó ecos por todo el valle, no debía presagiar nada bueno, porque inmediatamente Lot y su familia se pusieron en pie, casi tirando los platos al suelo, y las niñas se abrazaron a la madre.

El efecto del sonido (ya se lo había dicho aquel pastor al quitarle la trompetilla al zagal: “No se sabe el daño que puede causar el tocar por estos lares una trompeta”) fue el mismo que debieron sentir los habitantes de Troya al oír las campanas cuando desembarcaron los griegos, a juzgar por la expresión de la familia.

—¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando? —preguntó Tanya, nerviosa.

Edith la miró con ojos desorbitados.

—¡Nos atacan!

 

1 Región que engloba a Canaán y parte del valle del Nilo, así como Mesopotamia entera y, como entidad independiente, la desembocadura del Eúfrates.

1 Aproximadamente medio kilo.

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de lordofthemetaverso

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