¿VOLVERÁ ALGÚN DÍA EL UNDERGROUND? (+PRIMICIA DE “KRYPTON, KENTUCKY”)

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Hubo una época en la que el Underground, ese género transgresor que apuntaba a lo políticamente incorrecto con su dedo glorificador, era aceptado por la gran masa de espectadores y podía incluso proyectarse en una pantalla de cine. Sí, no me lo estoy inventando. Los lectores más jóvenes se reirán al imaginarse unos cines donde se proyectaba una película semi-pornográfica de animación en la que un gato salido se follaba toda gata viviente (y a miembros de otras especies animales) que se le pusiera a tiro. ¡Y las salas se llenaban! También pensarán que estoy loco si les digo que otra película de animación, que empezaba con el astronauta que se ve en la foto de más arriba lanzándose en Chevrolet a una reentrada en la atmósfera terrestre, continuaba con unas escenas gore de zombies en un avión y otras de sexo en las que una puta alienígena le hacía ver las estrellas, literalmente, al socorrido héroe de turno.

Todo eso pertenece a una época que ya no existe. La corriente se llamaba Underground, y tuvo su explosión en los años 60-70, aunque algunos coletazos resistieron hasta principios de los 80. Luego llegó la moral Reagan-Bush y se lo cargó todo. Grandes creadores-transgresores como Ralph Bakshi quedaron relegados al olvido, ninguneados y machacados, y el mundo se volvió políticamente correcto. ¿Lo que triunfa hoy en día a nivel popular? Vampiros gusiluz que no pueden hacer el amor si no están casados, y trilogías pseudo-fantásticas de literatura juvenil orquestadas en torno a un único evento: una boda. Reagan ganó la batalla: el mundo de hoy en día y la gente joven que lo habita buscan los valores tradicionales ante todo.

Bakshi fue uno de los pocos supervivientes que intentó prolongar sus ideas rompedoras una década más en el mundo del cine. Su última oportunidad fue la película “Una rubia entre dos mundos” (Cool World, 1992), cuya cabeza de cartel era una sexy Kim Basinger (cuya versión en dibujo animado, rotorscopeada de otra actriz distinta, estaba mucho más buena que la original en carne y hueso) que intentaba seducir a un alucinado Gabriel Byrne bajo los curiosos ojos de un jovencísimo Brad Pitt.  Un argumento que intentaba ser comercial pero que Bakshi, como no podía ser de otro modo, salpicó de momentos tan políticamente incorrectos que causaron que la película se estrellara estrepitosamente en taquilla. Como muestra, considérese ese plano en el que unos “muñegotes” caen desde lo alto de un rascacielos hacia la cámara, situada debajo. Uno de ellos, gritando desaforadamente, cae sobre la cámara, la cual se introduce por dentro de su boca, sigue avanzando por su organismo y sale ¡por su ano!, de manera que vemos el culo del bicho en primer plano alejándose y continuando con su caída hacia la tierra. Ese tipo de detalles obscenos destruyeron la película (y la carrera) del genial cineasta.

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Hoy en día aún se pueden encontrar raras muestras de Underground, pero han sido fagocitadas por la corrección política que impera en el Imperio Americano, por lo que su consumo masivo es en realidad un engaño. Sí, hay series que intentan ser trangresoras, como South Park o Padre de familia, pero esas series confunden provocación con transgresión. Y una de las principales características del movimiento Underground era no perder nunca el mensaje de fondo, la sátira social o intelectual o religiosa. No era provocar por provocar, sino provocar para comunicar un mensaje, una idea. Para que nos entendamos, ver al gato Fritz follarse un par de gatas de Harlem en una bañera mientras habla sobre las diferencias raciales de su época entre blancos y negros no es lo mismo que ver a los personajes de South Park sacándose mocos y tragándoselos. Una cosa tiene fondo, la otra no.

Otro ejemplo de cómo el mundo del arte, en este caso el cómic, puede llegar a inflarle las meninges al más puritano defensor del Opus Dei, son los trabajos de Daniel Clowes (“Like a velvet glove cast in iron”) o el magnífico Bruce Wagner (“wild palms”). La primera era una obra surrealista, sadomaso, que exploraba los límites de la cordura humana llevada al peligroso terreno del masoquismo. La segunda, Wild Palms (el cómic) es una obra maestra de esas que quedan grabadas en el cerebro hasta mucho después de haber sido leídas, una forma de hacer cómic tan rara y tan extrema como ni siquiera los supuestos gurús del género, como Alan Moore, se han atrevido a hacer nunca.

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¿Volverá algún día el Underground? ¿Veremos de nuevo esa increíble escena de colas de gente comprando las entradas de cine en una taquilla, no para meterse a ver el último éxito descafeinado llegado de un Hollywood rebosante de corrección política, sino las aventuras de un gato salido que se tira a las gatas del barrio mientras entona un aria de Leoncavallo? ¿Se atreverá el mundo a ser políticamente incorrecto de nuevo (¡inteligentemente incorrecto, no estúpidamente provocativo!), en rebelión declarada contra todos los males (tanto económicos como socio-culturales) que ahora nos afligen?

A caballo de esta reflexión, os voy a insertar a continuación un fragmento de una de las novelas que ahora estoy escribiendo. Sí, lo sé, escribo un montón, qué joder, yo soy así. No puedo evitarlo. Se trata de una obra llamada “Krypton, Kentucky”, basada en un pueblo real de los USA que se llama así, Krypton. Espero que los ecos del Underground resuenen un poco, al menos un poquito, debajo de los siguientes párrafos:

“El nombre es Andy Viewer, ¡saluda, Andy!, y la profesión, guionista de cine. De cine, de televisión, de cómics… lo que haga falta para llegar a fin de mes sin que te ahoguen las deudas y aparentar que llevas una vida de lujo y degradación. Más lo primero que lo segundo. Es el baremo por el que te miden en Hollywood: lo cerca que estás del punto sin retorno de los cheques en blanco y las fiestas ilegales. Un lío, pero un bendito lío, para los animales de ciudad como yo.

No es que haya tenido mucho éxito hasta la fecha. Como guionista profesional, me refiero. El año pasado escribí un episodio de la sitcom Mamá teniente coronel y corregí diálogos para Padre de familia. Mi película Criaturas viscosas 2 aún espera distribuidor, pero una vez que salga la crítica en el Hollywooder la cosa se moverá mucho más deprisa. Espero. De todos modos tengo un as en la manga. No hay guionista en esta ciudad que no esconda uno. Al mío lo llamo por el nombre clave de “Eldorado”, y es una idea absolutamente genial que, supuestamente, me hará rico… si logro acercarme a uno de esos productores millonarios y burlar a sus guardaespaldas el tiempo suficiente como para contársela.

Tengo otro trabajo, pero todavía no quiero hablar de él. Claro, qué guionista no tiene dos o tres trabajos en esta ciudad.

El mundo del cómic es más agradecido, aunque se gana menos pasta. Una vez conocí a Mark Hamill en un hotel. Está muy cambiado. ¿Quién no lo estaría, después de pasar por toda una guerra intergaláctica? Vale, está hasta los huevos de que le hagan ese chiste. Mark paseaba un personaje propio de cómic que había recibido una calificación para adultos, o algo así. Está buscando fondos para la película. Me alegro. El superhéroe sofisticado está de moda, igual que el guionista decadente sofisticado.

En ocasiones mi orina huele ácida, como la de un perro.

Tengo problemas para no mancharlo todo en plan bomba tóxica cuando entro en los servicios de un restaurante, sobre todo en esas trampas humanas en las que las paredes están a sólo veinte centímetros por cada lado del inodoro. ¿Cómo quieren que un ser humano miccione así, por Dios? Tendrá algo que ver el hecho de que peses ciento treinta kilos, canturrea entre dientes mi dietista, ese inútil. Y que tu circunferencia parezca el molde con el que hicieron la cabeza de King Kong. Bueeeeeeno, puede que tenga razón. El tiro con arco de pene y chorro no suele dar buenos resultados cuando tienes que apuntar desde fuera del baño.

Esta es Maddie, mi mujer: caucasiana, morena, de ojos hundidos y labios finos. Muy hermosa de cara. Pechos pequeños pero con areola grande, como pomelos aplastados sobre una montañita de carne. Trasero más voluminoso de lo que le gustaría. Tiene un negocio de alquiler de tuxedos para estrellas de cine, hechos a medida y con características que se adaptan al ego de cada comprador. Gana más dinero que yo, pero no soy de esa clase de imbéciles que se molestan y piden divorcios porque su mujer trae a casa cheques con más ceros. Di algo profundo, Maddie:

—Acantilado.

Nunca le he contado mi idea de Eldorado a Maddie. Sabe que existe, pero no en qué consiste. No es que no me fíe de ella, pero…

El Pequeño Ruiseñor. Un año y medio de carácter tranquilo, de bebé sonrosado y satisfecho con su parcela de conocimiento de la naturaleza. No vomita mucho la papilla, y sí, se llama Ruiseñor. Un antojo de mi suegra que contó con el inesperado apoyo de Maddie. No me dejaron ponerle “Ruiseñor Charles” o “Ruiseñor Dick”, para que el pobre desdichado tenga algo a lo que agarrarse cuando llegue a la escuela y las miras láser del cachondeo universal converjan en su espalda.

Querían un nombre puro y evocador:

—Si mi amiga del gimnasio le puso a su primer hijo Olmo, Ciprés al segundo y Roble al tercero, yo puedo ponerle Ruiseñor al mío, ¿no? —me soltó Maddie cuando ya no pude contener el espanto—. Además, esos nombres van a ponerse de moda dentro de poco en la Lisiada Asquerosa. Ya verás. Me han chivado que Ned el Entretenedor le va a poner a su primogénito Mirlo Gris. Y si es una chica, Avutarda. En veinte años tendremos un alcalde llamado Crisantemo.

No le pude echar en cara que eso lo había leído en la revista American Budist, a la que está suscrita, ni que su amiga del gimnasio es una retrasada mental que piensa que todos los negros del mundo vienen de un país muy grande con problemas dermatológicos. Mi suegra estaba presente. Mal bicho, mi suegra. Será el villano de mi próxima película. Y morirá de una forma horrible.

Nunca bebo antes de las siete de la tarde. Beber antes de eso es empezar a contar en voz alta los vasos, como hacen los alcohólicos. Yo tengo ideales, principios, incluso una teoría original sobre la vida burguesa que algún día patentaré. No pienso dejar que las drogas blandas me dominen. Y respecto a las duras… Bueno, de todo hay que probar en esta vida.

Mi amigo Charlie Kox, el psiquiatra, sabe mucho de eso. Charlie Kox tiene un Mustang del 62, nuevecito, recién tapizado, con la furia de un motor de competición disimulada bajo el capó por si alguien se pasa de listo al cambiar un semáforo. Charlie Kox nos invita a veces a pasar el día en su chalet de las afueras; viene a recogernos con el Mustang y pone un tema de Dvorâk, jugando a fingir que las señales de tráfico significan lo contrario de lo habitual. Una vez casi nos matamos. Nos ha prometido que desde el minuto mismo en que le quitemos los pañales a Ruiseñor, haremos el trayecto en autobús.

—El billete sólo cuesta diez dólares —me aseguró—. Y el enano no paga.

Cada vez me cuesta más hacer el amor con Maddie. No es que ella se resista, pero noto que ya no se molesta en fingir los orgasmos. Tenemos una lista con diecinueve posiciones en las que es factible hacer el amor con un gordo, de manera que disfruten ambos. Cuando la confeccionamos, la imprimimos en ahorro de tinta y ella la colgó de los imanes de la nevera, junto al dibujo tan mono que nos mandó la sobrina Josie, que vive en la Costa Este y cree que aquí tenemos osos polares como mascotas.

El número trece de esa lista lo ocupa “el graznido del guepardo”, o cómo situar a la chica para penetrarla analmente usando mi tiranosaurio como punto de apoyo. Es la que más le gusta a Maddie, aunque al día siguiente le duela un poco ir al baño. Pero con la trece también finge ahora. Y a mí se me acaban los trucos.

—No te pido que seas el maldito doble acróbata de Spiderman —me echó en cara en una ocasión—, pero podrías poner un poco más de tu parte, ¿no?

A mí me gusta ponerme siempre debajo.

Mi suegra mide el paso del tiempo por las ideas brillantes que se le ocurren. Brillantes en opinión de ella, por supuesto. Su última jugarreta fue traernos un apestoso cachorro de spaniel a casa, porque lo vio muy triste a través del escaparate de la tienda. ¿Y por qué no lo adoptas tú, si tanta pena te da?, le pregunté con la mirada mientras ponía cara de ternura y acariciaba a la cosilla peluda. Y ella me contestó, también sin palabras: Porque ya te tengo a ti para echarte cacahuetes desde lejos, maldito holgazán, no necesito más mascotas. O eso le entendí.

Mi mujer estaba encantada. Huelga decir que nos quedamos con el perro.

Creí escuchar acordes del opening de “La familia crece” burlándose de mí de fondo.

Me gusta leer cosas triviales, sin interés literario alguno, de esas que recomiendan las páginas web. Luego las deposito haciéndome el interesante en la mesita de “obsequio para nuestros lectores” de la Biblioteca Pública.

La clave es la trivialidad. En mi casa no entrará un libro de Kafka a menos que alguno de sus hagiógrafos le traduzca un manual de cómo ir al baño de manera nihilista, o algo así.

Lo último es una guía para la supervivencia en climas extremadamente fríos, escrita por un montañero que sale con una actriz famosa. Durante una semana me empapo de todas y cada una de las técnicas que usan los profesionales para sobrevivir a temperaturas bajo cero contando sólo con un encendedor y una linterna. Luego subo el aire acondicionado.

Charlie Kox me dice que soy un adicto a la logoversuralia, el arte de llenar tu cerebro con miles de datos que no sirven para nada. Y debe tener razón. Aún recuerdo lo que me costó memorizar las primeras treinta recetas de aquel libro de cocina tekwapu, aunque no por qué lo hice. Jamás preparé ninguna.”

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de lordofthemetaverso

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