PRIMER CAPÍTULO DE “HE OÍDO A LOS MARES GRITAR MI NOMBRE”

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Amigos / as, como muchos ya sabéis es mi costumbre colgar el primer capítulo de mi última novela en la Red el mismo mes en que sale el libro, para ir dando una idea a los posibles lectores de cómo será su tono. Con mi nuevo libro de terror no iba a ser menos, y aquí tenéis el primer capítulo. Espero que lo disfrutéis 🙂

 

1

 

Exactamente tres meses antes de que el bueno de Raf Enkels llevase al límite su tres-sesenta con el pesquero de albacora (empujado por las extremas circunstancias antes que motu proprio, todo hay que decirlo), un wrangler unlimited rojo 4×4 llegó a las calles saturadas de yodo y salitre de la ciudad de Wissenkerke, en la costa de Holanda.

Era un pequeño y poligonal vehículo matriculado en Bélgica, y más que un coche de lujo recordaba a esos viejos jeeps CJ5 de puertas de lona que tan populares se habían hecho a finales de los setenta. En los asientos delanteros se recortaban a través de las ventanillas dos cabezas de mujer, una erguida y de pelo corto, en guardia frente al volante, y otra tan recostada en el asiento del acompañante que parecía estar echando una siesta. Sólo faltaban sus pies cruzados sobre el salpicadero, encima de la muesca que pavoneaba orgullosamente “airbag” pero que no contenía nada. Unos dados de seis caras con puntos del dos al siete se balanceaban bajo el retrovisor, haciendo de espada de Damocles sobre un clon de plástico de Elvis. El compartimiento de atrás, en lugar de pasajeros, estaba tan atestado con cajas de cartón y bolsas metidas a presión entre los huecos que parecía a punto de reventar.

El 4×4 entró en la ciudad costera por la carretera sur, la que daba al interior del continente. Los edificios apuntaban sus encaladas fachadas hacia el norte, al prodigioso estuario de Oosterschelde, como si le diesen la espalda despectivamente a todo lo que no fuera el mar, la sal, el pescado, el yodo, los garfios, las redes y las gaviotas. Esas eran las cosas importantes, las que definían a brochazos no sólo la geografía sino el estilo de vida de aquella población. Y la presencia humana, por supuesto: Las flotillas de barcos de pesca (cúteres, traineras, atuneros, cangrejeros, lanchas de dragado y hasta unas cuantas de albacora), las barcas de paseo, los buceadores, los observadores de pájaros y los ciclistas que lo veían pasar todo con la felicidad de quien no necesita detenerse.

La conductora del vehículo rompió el silencio que su compañera y ella venían manteniendo durante los últimos kilómetros, dándole un golpecito a la pantalla del GPS. El rombo que simbolizaba su coche dio un gracioso salto, como si se hubiese topado con un bache digital.

—Así que esto es Wissenkerke —comentó—. Me gusta, ¿a ti no? Tiene un aspecto muy… muy… Vaya, no quería tener que llegar a decir marinero.

—Sssshhh —susurró su compañera, acunando un bulto enrollado en suaves mantitas de algodón sobre el regazo—. Veib está durmiendo.

—Oh, claro, perdona.

Valeska sonrió. Había veces en que la palabra perfecta para definir alguna cosa, la que mejor se ajustaba a su significado, tardaba mucho en aparecer por sus labios. No, no quería tener que recurrir al adjetivo “marinero” para describir aquellas sensaciones que, en forma de aroma de mar y de lejanos soniquetes de trajín de pesca, invadían sus fosas nasales y sus oídos. Había formas más elegantes de elogiar la frescura de una ciudad nueva (y del futuro que conllevaba para ellas, a ser posible más luminoso y próspero que el que dejaban atrás, gracias) que reducirlo al consabido, estúpido y frugal “marinero”.

Igualmente, había palabras que encajaban como un guante en el carácter raro de su mujer, Rhonda. Perdón (¿lo ves, Valeska?, ¡has vuelto a hacerlo, de cabeza a parvulitos!), quiso decir pareja sentimental. Lo de novia-mujer-esposa eran etiquetas que nunca habían llevado bien, ninguna de las dos. Eran de esa clase de términos intrínsecamente equivocados, como marinero, que transmitían cosas en el subtexto que provocaban errores de percepción. Y que llevaban a la gente a conclusiones erróneas.

Rhonda sabía mucho del tema: era psicóloga social especializada en teorías del equilibrio, un membrete demasiado largo y pedante para lo que, en el fondo, se reducía a buenas dosis de sentido común mezcladas con un batiburrillo de estadísticas. Eso de psicóloga, claro, después de un frustrado intento de ser monja, que la había llevado a pasar unos meses en un seminario para novicias. Pero la mermelada no cuajó.

A Rhonda le molestaba que Valeska se burlase de su “ciencia”, a la que no podía evitar entrecomillar. Valeska incluso evitaba tener que pronunciar la palabra en voz alta, porque de alguna traviesa manera las comillas lograban salir de sus labios, clavadas como pequeños dientecillos a las consonantes. Hacían que “ciencia” sonase a chiste.

Rhonda se enfadaba por estas minucias porque le había costado horrores sacar la carrera. No, no era ninguna lumbreras, y no, tampoco tenía esa facilidad para estudiar y memorizar conceptos brutos (en el área de la memoria a corto plazo, esa cabrona que ¡zas!, se borra de un plumazo con la siguiente comilona o la siguiente borrachera y ya no te acuerdas de qué puñetas estudiaste anoche) de la que hacían gala los mejores alumnos. Rhonda era una estudiante de arrastre, como los barcos: echaba redes al mar e iba avanzando, despacito, a ver si reunía suficientes datos como para aprobar el siguiente examen.

Hasta la fecha había tenido suerte, porque lo que más le gustaba en la vida era la Psicología. Meterse de una manera “científica” (diantre, otra vez las comillas, ¿cómo se le escapaban con tanta facilidad?) en el coco de la gente y rebuscar para ver qué había dentro.

Bueno, se dijo Valeska, eso no es del todo cierto.

No, no era verdad que la ciencia (¡ahora sí, éxito!) fuera su bien más preciado. Y desde luego tampoco ocupaba ese nicho Valeska, aunque juntas hubiesen vivido una de esas historias de amor que los grandes libros románticos adjudicaban sólo a parejas heterosexuales.

No. Valeska la quería muchísimo, y Rhonda a ella, pero el honor de subirse el trono de lo más querido en el mundo para Rhonda Blondel lo tenía aquella cosita inmóvil que llevaba enrollada en las mantas, sobre el regazo.

Y eso que aún no existía.

 

 

Valeska dio un volantazo para esquivar una pelota que de repente invadió la calzada, niño detrás, ya sabes, y enfiló la amplia voorstraat del centro del pueblo hacia el núcleo residencial. Preciosos edificios de estilo nórdico, de varias plantas de altura y tejado a dos aguas con jardines que los abrazaban como murallas defensivas, empezaron a formar una montaña unos sobre otros en el espejo retrovisor.

La pantallita del navegador fluctuó con nuevas líneas, más calles secundarias. Pero su objetivo, si aquel trasto no mentía, estaba muy cerca.

—¿Cómo se llamaba esa maldita callejuela? Ah, espera, creo que… ya la tengo —dijo Valeska sin mirar hacia delante. Le había echado un vistazo hacía menos de dos segundos a la carretera y estaba despejada.

Torció la cabeza hacia las bocacalles que surgían como disparos de la voorstraat hacia los secretos más profundos del pueblo. Apenas se veían coches, salvo los aparcados con media rueda en las aceras.

—No uses palabras malsonantes, no quiero que Veib se acostumbre a oírlas —dijo Rhonda.

—Lo siento. Es que estoy nerviosa. —Su mentón hizo un gesto hacia la fila de edificios pintados con colores primarios—. ¿Eres consciente de que nuestro nuevo hogar está ahí detrás, tras esas casas? ¿Sabrá que llegamos?

—Técnicamente aún no es un hogar —corrigió su pareja, mientras acariciaba la cabecita del amonto de telas—. Para que un lugar adquiera ese estatus hacen falta años. Y cariño. Y cosas inolvidables que te puedan pasar dentro. Un conjunto de paredes no se convierte en hogar así, de buenas a primeras.

Valeska medio asintió (pero sólo medio, porque se podía matizar) y pensó en la velocidad que adquiría la vida cuando una sobrepasaba ciertas barreras. Cuando tenías menos de veinte años y aquellas grandes palabras te sonaban nuevas, podías permitirte el lujo de concederle tiempo a ideas como “hogar”, “amor”, “realización vital”, etc. Pero de repente, un buen día, una despertaba con celulitis en el culo y patas de gallo por todas partes, y aunque aún podía seguir considerándose guapa, objetivamente guapa, la cruda realidad de los treintayeeehhhhmuchos le ponía los semáforos en rojo y ese punto de vista tenía que ser revisado.

Al cuerno entonces con el “tómese su tiempo”. El amor se encontraba, y si no, se fabricaba. La realización vital ya estaba a medio camino y el hogar tenía exactamente nueve coma seis segundos para adquirir ese estatus. Toma Psicología Social de la buena.

—¿De verdad sabes dónde estamos? —insistió Rhonda—. Creo que ya hemos visto ese cartel…

Valeska repasó mentalmente todas las respuestas posibles y fue desestimándolas una a una: Wissenkerke; Wissenkerke en Zeeland, la región de los estuarios de Holanda; Wissenkerke en Zeeland junto a los estuarios y enfrente del mayor dique que el ser humano hubiese construido jamás. Un pueblecito costero precioso, de esos de postal con gaviotas y barcos enfrascados en su trajinar.

El clásico lugar concebido para empezar de nuevo.

Iba a girar en la siguiente bocacalle cuando el inquieto rabillo de su ojo lo detectó.

Era un chaval joven, de raza negra, de pie frente a un muro de roca tan viejo que se había degenerado en pedregales con colchones de musgo. El muchacho estaba inmóvil, sin nadie ni nada que pudiera unir su imagen con la cotidianeidad del resto del pueblo. De hecho, parecía una estampa aislada, anacrónica, como si de algún modo no encajara con lo que tenía alrededor.

Y estaba mirando fijamente hacia ellas. No en su misma dirección, sino justamente hacia su coche.

Más tarde, Valeska recordaría así la escena: La velocidad del mundo ralentizada por la extrañeza de la visión; el muchacho pasando en cámara lenta junto a su coche, plantado en la acera, los párpados medio caídos. No vestía normal, sino con piezas de ropa mal encajadas unas en otras, retazos mal cosidos de uniforme de hospital, como si acabara de fugarse de un centro psiquiátrico.

De un negro sin lustre como el carbón, la tintura de su piel le borraba las facciones, que aparecían como una máscara de teatro. En sus ojos había muchas emociones entrelazadas, pero todas tenían que ver con la angustia.

O con el miedo.

—¡Cuidado!

El aviso de Rhonda la devolvió a la carretera, a las cosas que debía tener en cuenta. A esa bandada de ancianos que había invadido de improviso la calzada, montados en un larguísimo tren-bicicleta de seis asientos. El hombre que iba en cabeza, controlando el manillar, alzó una mano como si con eso bastase para mantener a raya los peligros del mundo, y la larga caravana de jubilados se plantó como una trinchera móvil delante del jeep.

Valeska dio un frenazo, aunque no llegó a detenerse del todo. El vehículo tiró de inercia para igualar su velocidad con la de los ancianos, y la conductora les devolvió una tensa sonrisa.

—A ver si miras por dónde vas —la amonestó Rhonda, meciendo al bebé con rapidez—. Lo has despertado.

Del amonto de mantitas no salía el menor sonido.

—Lo siento —se excusó Valeska—, es que… —La disculpa se perdió en el pasado, igual que la escena del chaval con ropas de psiquiátrico, que ya ni siquiera se veía en el retrovisor. Era muy raro, como si de repente hubiera desaparecido. O como… como si se hubiera entrometido el tiempo justo en la realidad como para ponerlas a ellas en peligro.

Los ancianos de piel sonrosada sí que encajaban en aquel entorno. Era el tipo de fauna local que podía aparecer sin avisar tras cualquier esquina, sin que nadie pensara “oye, esto es muy raro hasta para una comunidad de provincias”.

Pero aquel muchacho…

Lo buscó en el retrovisor, pero, en efecto, se había esfumado. Una visión robada a un sueño que regresaba a su lugar.

Valeska sonrió, llamándose tonta por lo bajo. Eran los nervios de llegar a un lugar nuevo, a una ciudad distinta… a menos que aquel inocente pueblo fuera como el de la película Terciopelo Azul, un lugar idílico en la superficie pero más podrido que un cadáver con necrosis de cien años en cuanto se empezaba a escarbar.

El sitio perfecto al que le gustaría venirse a vivir a David Lynch.

 

 

El GPS las premió con un silbido al llegar al extremo de la calle. Allí, elevándose orgullosa entre dos solares, uno edificado y el otro convertido en un polígono selvático, había una casa.

Las mujeres contuvieron el aliento al verla.

Sí, desde luego que se parecía a la de las fotografías, en eso la chica de la Agencia no había mentido. Y aunque al natural mostraba ciertos desperfectos que el gentil ojo de la cámara disimulaba, parecía tan robusta, vieja y sugerente como a ellas les gustaba.

La casa sólo tenía una planta, pero estaba elevada sobre seis gruesos pilares de cemento, dejando bajo ella un amplio espacio para los coches e incluso para un parque infantil. Era como si toda la vivienda fuera un parasol con ventanas y chimenea, concebido para proteger al aparcamiento. El acceso principal era una escalera que, pavoneándose en una elegante espiral, ascendía hacia la calidez que prometía aquella puerta de madera y aquellas contraventanas cerradas.

—Es… preciosa —murmuró Rhonda, reparando en ese momento en la chica de la Agencia, que salía de detrás de un seto tirando una colilla.

—¡Buenos días! —(Sonrisa de anuncio de dentífricos)—. ¿Es usted la señora Rueckert?

—No, soy yo —se adelantó Valeska—. Ella es mi pareja, Rhonda Blondel.

—Encantada de conocerlas. ¡Y bienvenidas a Wissenkerke! ¿Ya han visto el puerto?

—De pasada, mientras veníamos. Pero no nos hemos detenido —sonrió Valeska—. Como comprenderá…

—Sí, el tiempo siempre corre contra una cuando se está de mudanza. Yo odio las mudanzas, lo confieso —comentó la agente, pizpireta—, a pesar de que me dedico a esto. A tu peor enemigo deséale mudanzas, ¿no?

—¿Podemos subir a verla? —atajó Rhonda, acunando al bebé. Estaba tan enrollado en las mantas que más parecía Cleopatra a punto de exhibirse ante el César que un niño que necesitara respirar.

Ese detalle llamó la atención de la agente.

—¿Es su hijo? —preguntó, todo ternura simulada—. ¡Ay, qué monada, adoro los niños! ¿Puedo verlo?

Rhonda hizo el gesto de apartar las mantitas de la entrometida mano de aquella arpía, pero no pudo evitar que rozase las mantas y estas cayesen un poco por el lado de la cabeza, dejando al descubierto al bebé.

Lo que la agente vio la dejó patidifusa, sin habla durante un momento (lo cual, para alguien con una verborrea estimulada por su profesión, era todo un acontecimiento).

Debajo de la tela se escondía un muñeco de plástico, un viejo Nenuco con el basculante que mantenía abiertos sus párpados estropeado, por lo que su cara era una permanente mueca de espanto.

Rhonda volvió a taparlo instantáneamente, sin ocultar lo molesta que se sentía por la invasión de su privacidad. Y siguió comportándose con el muñeco como si fuese, a todos los efectos, un bebé real.

Atónita, la agente se volvió hacia Valeska. Ésta encogió los hombros.

—Está practicando para cuando tengamos el de verdad. Es una técnica terapéutica, se llama proyección icónica del afecto.

La cara de la mujer, que acogió la explicación con frialdad profesional (y con un puntito del “a estas alturas he visto de todo, hija mía”), lo dijo todo.

Valeska y Rhonda la siguieron escaleras arriba, trepando por aquella preciosa espiral que escondía una trampa, pues era tan bella como poco práctica.
Ya estaban temiéndose lo difícil que les resultaría subir los muebles por el enrejado metálico.

Valeska comprendía lo raro que tendría que parecerle el asunto del simulacro de bebé a alguien no versado en los arcanos de la Psicología, pero tampoco iba a molestarse en explicarlo. Y menos a una persona que, después de uno o dos fugaces encuentros, saldría de sus vidas con la misma sonrisa Colgate con la que había entrado.

Ella misma se había sentido así de descolocada cuando Rhonda le habló por primera vez de aquella teoría, según la cual, una pareja con precedentes negativos en el asunto de la maternidad (una pareja llena de inseguridades derivadas de malas experiencias) debía practicar con un “simulacro” antes de adoptar, o de dar a luz a un niño de verdad.

Rhonda juraba que era una teoría ampliamente aceptada en su campo de investigación, y ensayada con parejas de todo el mundo, pero en realidad nunca le había mostrado ni una sola prueba. Ni revistas científicas, ni artículos en Internet, ni charlas con sus colegas… nada había sobre el tapete que respaldase esa técnica. Eso llevó a Valeska a sospechar que los sabios que respaldaban la teoría de la proyección se reducían a una persona: Rhonda Blondel, la autora y principal adalid de aquella técnica, que consistía en ir perfeccionando las cadenas afectivas y las costumbres maternales para cuando llegase la auténtica criatura.

Valeska opinaba que era una pérdida de tiempo, pues las madres llevaban escritas aquellas técnicas y aquel afecto en su código genético y no les hacía la menor falta practicar con muñecos. Los niños venían al mundo en una explosiva orgía de luz y amor y líquidos pringosos, y ellas los acogían en su seno, y se activaba un automatismo que era tan viejo como maravilloso y todas las piezas encajaban con un glorioso (y pringoso) click.

Pero cuando Rhonda le suplicó que lo intentaran, que escogieran un muñeco fetiche y actuasen durante unos meses como si su futuro hijo estuviese realmente allí, Valeska no supo negarse. Fue la manera de pedírselo de Rhonda, o el temor que escondían sus ojos… el temor a fracasar, a sufrir otra pérdida y a volver al infierno de sentirse negligente.

Rhonda no era exclusivamente homo como Valeska, sino bisexual. De hecho, había estado casada de los dieciocho a los veinticinco con un tipo de Zurich bastante excéntrico llamado Gottfried, como el poeta. Pero su relación no tuvo nada de poética. Se pelearon casi desde el primer día, sobre todo por cuestiones de dinero: él se empeñaba en vivir cerca de la Universidad, un entorno donde se sentía tranquilo y donde podía desarrollar a gusto su faceta lírica. Pero apenas traía dinero a casa. Aquel barrio era caro, y Rhonda tuvo que buscarse dos trabajos para llegar a final de mes. Y eso que todavía no había ningún niño en la ecuación.

Ningún médico pudo explicarle si fue todo ese estrés acumulado el que provocó la pérdida de su bebé en el segundo mes de embarazo. O la paliza que le propinó un amigo borracho de Gottfried una noche, después de una “salida literaria”, como la llamaban ellos, donde se ponían ciegos de ajenjo (en honor a ciertos poetas románticos que habían parido sus mejores obras al abrigo de estas cogorzas), y se iban al malecón a clavarle versos al mar.

Lo peor para Rhonda fue la reacción de su marido tras el incidente: el muy imbécil terminó defendiendo la inocencia de su amigo antes que el bienestar de su esposa. A Rhonda se le caían las lágrimas como meteoros mientras escuchaba al hombre que supuestamente la amaba decirle con toda la tranquilidad del mundo que no, que cómo iban a denunciar a su amigo por haberle pegado “sin querer” estando borracho, cuando era una magnífica persona, y aún más, un Insigne Poeta. Si lo denunciaban iba a terminar en la cárcel por haberle provocado el aborto, y eso destruiría una de las más prometedoras carreras literarias que estaba dando en ese momento la Universidad de Zurich.

Total, ellos podían tener otro niño en cualquier momento. Podían aguantarlo.

Qué curioso, la que no aguantó semejantes argumentos fue la relación entre los dos.

El divorcio fue como un soplo de aire limpio, como abrir una lata de refresco y escuchar el pschssss. El horror de la anterior encrucijada ya había salido del todo, se había desplegado ante ella y se le podía mirar de frente. Y, aunque no fuera posible mitigarlo, al menos una podía llorar ante él.

Tras todo aquello tocó buscar un hombro donde apoyarse, que resultó ser el de Valeska Rueckert, una antigua amiga del Instituto. Pero los sensuales labios de Valeska resultaron estar más cerca de aquel hombro de lo que Rhonda imaginaba, y tras el primer roce, tras el tímido primer beso, los miles de sentimientos encorchados en el cuello de botella de su matrimonio escaparon, y también hicieron pschssss.

Por eso Rhonda necesitaba adoptar esas técnicas psicológicas, para sentirse más segura. La pareja había optado por la inseminación artificial, y el vientre de Rhonda iba a ser el anfitrión. Ella lo había pedido así a pesar del degrado (Valeska no habría podido aunque hubiese querido, debido a su infertilidad, aunque esa era otra historia). Tenía que demostrarse a sí misma que aún podía ser madre, y de las buenas. Aunque se tuviera que inventar una teoría psicológica entera y a sus valedores.

—La casa dispone de tres dormitorios, dos baños, uno completo y otro aseo, y un salón comedor con la cocina integrada —explicó la agente, señalando las habitaciones con un papel enrollado igual que un general Patton sobre los mapas tácticos de África—. El antiguo dueño robó espacio a la terraza para construir una alacena, porque según él, aunque perdía vistas a la bahía y al Oosterschelde1, un espacio así hace más fácil la vida en la casa.

—Estoy de acuerdo —convino Rhonda, inspeccionando con leves contracciones de naricilla cada rincón, como un alaskan malamute. También abrió los armarios y altillos que encontró, midiendo su profundidad y traduciéndola en enseres guardados. El único problema que por el momento le veía al diseño de la casa era que no incluía ninguna chimenea. Tenía termostato, vale, pero esos feos cacharros de supermercado no suplían la romántica belleza de la leña.

—Muy cerca hay una gran superficie comercial, y calle abajo una guardería, por si alguna vez… —la agente señaló a las mantitas—, ya saben, el plástico se hace carne. Jesús mediante.

—Nos gusta la casa, mañana pasaré por su oficina para rematar los trámites —dijo Valeska, ignorando el sarcasmo. Entonces vio una máscara decorativa de estilo nigeriano que el anterior dueño debió de haberse dejado sobre la mesa del salón, y se acordó del incidente con el muchacho negro—. Por cierto, ¿en esta ciudad hay alguna clase de hospital… del tipo sanatorio mental?

La mujer arrugó el entrecejo.

—¿Un sanatorio?

—Sí, ya sabe… algún sitio donde alberguen a pacientes con ropas de… eh… —Intentó describirle el aspecto general de aquel muchacho, incluidos sus asustadizos ojos saltones. Valeska había leído en alguna parte que el ojo humano realmente se sale de su órbita con el miedo. No es que fuera una metáfora, sino que realmente se proyecta hacia fuera debido a la presión hidrostática de los fluidos craneales. Los de aquel muchacho debían tener detrás toda una marea de miedo y fluidos comprimidos, porque le habían parecido los de un sapo cúcaro.

La respuesta de la agente, con la línea de las cejas recta e impasible, fue un compendio de la sobriedad de expresión de los Países Bajos:

—En Wissenkerke no hay locos, señora mía. A menos, claro, que vengan de fuera.

1 Estuario de Zeeland donde se halla el colosal dique Oosterscheldekering, una de las siete maravillas del mundo moderno.

 

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de lordofthemetaverso

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