Hoy jueves, “día de Víctor Conde” en la Biblioteca Pública de Santa Cruz de Tenerife

Quizás sea demasiado exagerado llamarlo “día de Víctor Conde”, lo reconozco. Más bien es que han sacado todos mis libros y los han puesto en el stand de la entrada, junto con una nota biográfica, y esta noche a las 19:00 horas me van a organizar un encuentro para hablar de mi obra en la Sala Pérez Minik. Pasaos si vivís cerca, y os contaré cositas sobre mis futuros proyectos y mis publicaciones en el extranjero.

Un abrazo.

 

de lordofthemetaverso

LO QUE NECESITO SI QUIERO ESCRIBIR UNA EPOPEYA MEDIEVAL (5) PERFILANDO LAS BATALLAS

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¿Quién ha dicho que tiene por fuerza que haber violencia en una épica medieval? No, por supuesto que no tiene por qué haberla, aunque es cierto que la tradición (y hablo de mucho antes de Tolkien, de cuando los franceses nos legaron ese mito -de origen francés, no inglés- llamado “la leyenda artúrica”) nos ha dejado miles de gestas que, en su momento más glorioso, incluían una gran batalla. Quizás sea la deuda que todos los seres humanos tenemos con nuestra especie, con sus logros y sus caídas en picado, con sus héroes y sus demonios, lo que nos lleva a preguntarnos por qué luchamos, por qué hacemos esos esfuerzos descomunales tan ilógicos y tan idiotas a los que llamamos “guerras”, y por qué nos fascinan tanto las personas que destacan en ellas. Ya en la más remota antigüedad el hombre se mataba a sí mismo en festivales sangrientos de tamaño descomunal (“tíos, admitidlo, vosotros no venís aquí a luchar”, debieron de decirles los griegos a los persas cuando los derrotaron por tercera vez consecutiva, tras la batalla de Salamina), y hoy en día elevamos a los altares de la belleza artística y plástica, tanto en cine como en literatura, hechos que en la realidad no tuvieron nada de hermosos, sino todo lo contrario.

Pero una gran batalla, a pesar de todo, mola. Mola no en la realidad, que es la cosa más horrible del mundo, sino en la lírica y el verso. Mola si la reducimos a una bella metáfora del enfrentamiento entre el bien y el mal, o si no queremos ponernos tan maniqueístas, entre diferentes puntos de vista enfrentados e irreconciliables. Lo sabía Homero cuando nos narró el saqueo de Troya, lo sabía Tolkien cuando nos contó las penurias de los defensores del Abismo de Helm… y lo saben muchos pequeños escritores de hoy en día, como yo, que humildemente tratamos de rememorar una semblanza de esas sagas épicas.

Cuento todo esto a tenor de que en estos momentos estoy enfrascado en lo que ya he dado en llamar la “revisión 9-B” de la Orfíada, y voy por la parte final, la de la Gran Batalla (así con mayúsculas), donde los dos mayores imperios del mundo de fantasía donde se desarrolla la trama se juegan el todo por el todo en una única y colosal batalla. Pero como cualquier contador de historias sabe, el peligro de las escenas de masas es, precisamente, que la individualidad de los personajes desaparezca aplastada por esa misma masa. Contar una batalla de fantasía es una tarea en extremo difícil, porque sabes que tienes a cinco o seis personajes importantes dando vueltas y haciendo cosas, todos a la vez, mientras a su alrededor se mueve un montón de gente anónima que también están haciendo cosas, y que entre todos contribuyen a contar la historia. Tú, como narrador, jamás debes perder de vista a esos personajes, acercándoles la “cámara” para que el lector sepa en todo momento qué están haciendo, y lo más importante, por qué; por qué lo hacen y qué aporta su esfuerzo o su sacrificio individual a la suma del conjunto. Es como si tuvieras que manejar una docena o más de escenas pequeñas, que son subconjuntos de un hiperconjunto que es la batalla en sí, y que es como un barco al que esos pequeños esfuerzos van llevando hacia un lado o a otro, depende de cómo sople el viento.

Por supuesto, no todos los escritores te narran las batallas de igual manera, ni un mismo escritor lo hace igual en todas sus obras. Por ejemplo, ahí tenemos a Tolkien: este hombre navegaba entre ambos extremos, desgranándote cuando le interesaba las escenas de lucha en partes bien diferenciadas que se tomaban su tiempo para ser contadas (como en la de los campos del Pelennor), o cepillándoselas en un sólo párrafo que consistía básicamente en una descripción tal que así: “Pues fue que en aquellos tiempos se encontraron de frente los ejércitos de fulanito y de menganito, y no veas la que se armó” (como en la mayoría de las batallas que se describen en “los hijos de Húrin”). Y esto es una decisión muy sabia, ya que ponerse a gastar páginas y páginas narrando tediosamente un conflicto que no va a aportar nada a la trama principal también es un lastre para el libro. Si nos detenemos a contar los pormenores de una batalla, ha de ser porque realmente es importante para la resolución de la novela. Y porque queremos que sea emocionante.

Lo difícil es intentar que el lector no pierda de vista el desarrollo general de la escena, y sepa qué está pasando en cada momento a nivel, digámoslo así, global. Pero como narrar continuamente escenas de masas es aburrido, limitándote a decir cosas como “pues los de verde se movieron todos en una dirección, luego en otra, y luego los de rojo los emboscaron por tal o cual sitio”, lo que se hace es acercar nuestra hipotética cámara virtual a pequeñas zonas de esa batalla, lugares donde están los personajes que conocemos y que están librando sus propios desafíos individuales. ¡Pero luego hay otra dificultad añadida!, y es… ¿cómo hacer que estos personajes sigan manteniendo su personalidad como tales si no hablan, sólo se mueven y pegan espadazos?

Ver los DVDs de extras de las versiones extendidas de El Señor de los Anillos (versión Peter Jackson) me ayudó mucho en este sentido, aunque parezca mentira. Allí, y sobre todo viendo los documentales que ellos dedicaron al entrenamiento de los especialistas, me di cuenta de que intentaban que no solo cada personaje, sino cada raza, fuera reconocible al instante por cómo se movía, cómo atacaba, cómo gritaba, e incluso cómo se caía al suelo para morir. Así, no es lo mismo ver luchar a un elfo (que son pura gracia y elegancia de movimientos, aunque éstos estén orientados a la matanza) que a un orco (que se mueven de manera ciertamente simiesca, y para ellos sólo existen la carga descerebrada y la furia). Esto mismo lo intenté aplicar a mis escenas de batalla, preguntándome cómo luchará un personaje, qué es lo que lo distingue de otro, etc. Ya os contaré más a medida que vaya avanzando en la corrección, pero por ahora… voy a meter un plano en el que un águila vea desde arriba, desde muchísima altura, la batalla, y nos dé una visión de conjunto de esos cientos de miles de almas enfrentándose en plan hormiguero desquiciado. Ya, ya os contaré…

 

de lordofthemetaverso

REC, LOS RELATOS PERDIDOS

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Acaba de salir a la venta en Timun Mas la antología REC, LOS RELATOS PERDIDOS, merced a un acuerdo entre la editorial y la productora de las películas. Un servidor, como veis en el cartel, ha contribuido con un humilde relato. Y sí, es de zombies 🙂

 

de lordofthemetaverso

ESO DE PUBLICAR EN CHINO…

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Dicen que uno se convierte en un escritor de verdad cuando logra que un libro suyo se traduzca… ¡al chino! Si es así, ya puedo decir que he logrado uno de mis objetivos fundamentales 😀

 

de lordofthemetaverso