MALPAÍS

EPISODIO 1

El nombre es Carlos Girado, ¡saluda Carlos!, y la edad es la correcta, esa en la que el mundo todavía no se ha convertido en esa puta-mierda-aborregadora-y-pesetera que nos tratan de vender en las series americanas edulcoradas. Una edad cuya cifra (quién sabe) rondará entre los veinte y los veinticinco, y tú todavía te crees joven o que estás en la onda, y aún tienes fuerzas para criticar las cosas en lugar de aceptarlas según te van llegando. Di hola, Carlos:

—Hola.

Y ahora el personaje de Carlos toma el relevo y deja atrás a ese inútil y sobrevalorado narrador omnisciente, ¿alguien dijo tercera persona?, anda, cállate, venga, tus diez minutos de gloria, Carlos:

Muy buenas. Soy Carlos y siempre quise ser escritor. Ese, en lugar de un comienzo típicamente melvilliano para esta historia, podría ser mi epitafio, la frase final que se supone resume y define de alguna manera toda tu vida. Siempre me ha hecho mucha gracia eso de los epitafios. Se supone que alguien graba una chorrada en tu lápida y la gente que pasa por delante la lee, y piensa “mira, aquí yace un rebelde con causa” —Sólo siento que la antorcha del sufrimiento ahora la recoja otro—, “un soñador empedernido” —Yo he visto cosas que vosotros jamás creeríais— o “un completo vago cuya pérdida le hará un favor al mundo” —Aquí yace lo poco que queda de Juan M., que ya no beberá más—. Creo que es mejor mentir y poner una frase que no tenga nada que ver con tu vida, así los eslabones de la cadena de tu fantasma serán más débiles.

Decir que mis padres son moteros, o anacoretas o hippies o Merry Pranksters de esos que escaparon del autobús de Ken Kesey y se quedaron tirados en la cuneta sobre una tonga de paquetes de ácido, es etiquetar lo inetiquetable. Es como cuando alguien te pregunta “oye, ¿cómo describirías a tu abuelo?”, y espera que le sueltes una sola palabra que lo resuma todo y no le haga padecer demasiado esfuerzo mental, y tú piensas qué estupidez, cómo voy a encerrar todo lo que era mi abuelo en un solo vocablo. Qué ignorancia.

Pues eso son mis padres, un montón de palabras, no una, y todas tienen que ver con el ácido y la contracultura de principios de los setenta. Tienen que ver con un único y súper poderoso espermatozoide que encontró un enorme planeta en su deambular cósmico y se estrelló contra él esperando destruirlo, ¡dantesco impacto cometario!, pero en lugar de destrucción lo que resultó fue vida, una vida desorganizada y melancólica cuyo nombre empieza por C.

Yo.

—Buenos días —me pregunta la chica de plástico que hay detrás del mostrador del aeropuerto cuando llego a Tenerife.

—Buenos y sacros días tenga usted —le respondo, esperando que sea un chiste. Ella no se ríe. Parece que le ha molestado mi comentario. Claro, no ha leído a, bueno, y eso, que los papeles están en regla. No, no soy sudamericano, aunque en mi billete pone que vengo de Argentina. Sí, ahí es donde acabó la parte de la odisea de mis padres que estaba destinado a compartir. Ahora vengo a la isla donde nací en busca de mis raíces, señorita. ¿Quiere que le cuente el chiste del loro?

No me quedan familiares en las Canarias, ni en Tenerife ni en las otras islas. Mis abuelos murieron hace años, cuando yo tenía quince, maternos y paternos, todos a la vez. Es como si la garantía o el permiso de estancia de mi familia en esta galaxia expirase de repente. Qué miedo me dio. Todos el mismo día, todos de muerte natural. Eso me da qué pensar. Quizá estemos condenados, también los de mi generación, a espicharla de pronto, sin aviso previo, cuando la garantía de mis genes expire.

Brrrr. Esss…c… c… c… calofrío.

Por eso quiero escribir mi libro antes de hacerme mayor, UN libro, uno solo. No quiero convertirme en la clase de escritor que pare un tocho tras otro a razón de uno cada semana, como si se los escribiera un programa especializado de Windows. Alguien me dijo una vez que esos programas existían, software de ayuda para el artista, que te lo hacen todo, desde planificarte la novela hasta dibujar gráficas con los puntos de interés de los protagonistas. “Winbestseller 2.5”, descárgueselo en periodo de prueba de la página del fabricante, y si no logra un primer puesto en las listas de ventas de la Fnac antes de un año, le devolvemos el dinero.

—Cuántos me he leído que son literalmente así.

Tampoco me gustaría que me calificasen de escritor gafapasta. Por Dios, no, eso sería lo último. Siempre he pensado que en el infierno ese de Dante, el que está pulcramente organizado en circulitos, uno de los más profundos lo ocupan los artistas que van de divos y de relamidos, que se creen que su palabra es ley y que con la ley se edifican catedrales. No, señores, a la mierda con los relamidos y con los que se expresan con polisílabos cuando van a un congreso, la literatura no va de eso. Ni de coñas. Ya lo descubrirán cuando se hagan viejos.

A veces me gusta mirar el atardecer desde la proa de un barco.

Este soy yo llegando al pueblo de mis padres (foto), bajándome de la guagua con aspecto de guiri y quejándome por lo dolorida que tengo la espalda (foto, baja los brazos que no se te ve la cara), y entrando en el bar más cercano para ventilar el canario —tiene coña usar esa expresión en estas islas—. Supongo que habrá que consumir algo o el dueño te mirará con mala cara. No, señor, no voy a ensuciarle gratuitamente la taza ni a mearme por fuera, estaría bueno, póngame por favor un cortado natural, no, espera, eso no es lo más barato que tiene, un cortado descafeinado, sí, que son unos céntimos menos, estamos en crisis, joder (foto).

El camarero de este bar no aguantaría ni dos asaltos ante Jessica Fletcher manteniendo una coartada. Una vez leí en un libro de cine que los malos de las películas son perfectamente identificables por el trabajo de casting. Verán, hay una persona en el equipo de cada productora que se encarga de hacer el casting, esto es, elegir a la persona que pegue físicamente con cada papel. En el mundo del cine y la televisión sigue funcionando, incluso hoy en día, la norma de identificar la belleza con el bien y la fealdad con el mal. Es así de simple, y de estúpido. Sólo con verle el careto a los actores secundarios ya sabes quién va a ser el traidor, o el asesino, o el tránsfuga. Si eso se aplicara a la vida real, Dios, cuántos años iba a pasarse este tío criando malvas en la cárcel.

Mi objetivo principal al llegar a Tenerife es reunirme con los Bichos Despreocupados. Los Bichos son un grupo de vivalavidas medio pasados de rosca en cuya religión militaron mis padres antes de coger los bártulos y largarse a explorar las fronteras de Pangea. No son mala gente, o al menos, mis padres me los han descrito siempre así. Son criaturas olvidadas por el tiempo, monstruos de eras remotas que todavía se mueven por animación fotograma a fotograma, Harryhausen, no están generados por ordenador como los de hoy en día. Son un grupo de para-hippies fugados de los años setenta que aún creen que la utopía distópica a la que le entregaron sus años mozos puede ser cierta.

No seré yo quien les juzgue por intentar vivir su sueño.

Cuando pregunto en el pueblo por ellos, no hay ojo que no me mire mal ni ceño que no se frunza. Entonces sé que estoy en el buen camino. Como decía Neal Cassady, no hay más que seguir los caminos de ceños fruncidos hasta dar con la Gente Verdadera, porque los otros, los Malditos Liantes, están atrincherados en el lado Barbie de las fortalezas de baldosas amarillas.

Según el camarero de ese bar mugriento, los Bichos llevan meses acampados en un espigón, en la playa que hay junto al faro, o es el faro el que está junto a la playa… ni idea. Uno llegó antes que el otro, de eso no cabe duda. Así que los Bichos fueron los siguientes y uno hizo un alto en el peregrinaje hacia cualquier otro sitio para mear y, hostia, qué bonito es este sitio, nos quedamos. Así fue como todos se bajaron del autobús al oeste de Ninguna Parte y plantaron el germen de lo que un día sería la Colonia Walden 3. Sí, con dos cojones. Y todo frente al mar y frente al faro y en un sitio con un paisaje de cuento de hadas que fue lo último que vieron muchos exploradores marinos de la Antigüedad antes de palmarla en los dominios de Poseidón. Lo que germinó allí fue un poblado, un asentamiento primitivo. Ya sólo faltaba ponerle nombre.

Y lo bautizaron Entelequia.

Así no es como aparece en los mapas para turistas, ¿pero a quién le importa? Entelequia está allí, vive, respira, se ahoga en determinadas épocas del año en nubes de hierbas exóticas y productos fertilizantes, ¿pero a quién le importa?, y si la economía de la isla se hunde y los políticos y las mafias y los que pasan causalmente por allí se quedan con la carroña y todo se convierte en un gran epitafio que resume tu vida con una sola frase, ¿a quién le importa? Entelequia seguirá allí, para siempre, porque no es de este mundo.

Ahora bien, no me preguntes de qué mundo es porque no te sabría decir.

No hay transporte público que lo acerque a uno a esa parte del litoral, así que hago honor a mi aspecto de mochilero juvenil y me encajo la correa de la mochila sobre los omóplatos y le doy caña a los coches de San Fernando. Para alguien que ha pateado con sus viejos por la inmensa, inmensa de verdad, Pampa argentina, ni el reto de cruzar la diminuta isla de Tenerife de un extremo a otro le causa el menor repelús. Pero no hace falta llegar a tanto. Los Bichos están viviendo cerca de aquel pueblo, de aquel bar, en una zona del Sur de Tenerife donde van pocos turistas, porque no hay playas, sólo lo que aquí llaman caletas. Y son preciosas, créanme. Pequeños mordiscos de mar que no se han lavado los dientes y los tienen llenos de espuma. Esto sí que no lo hay en la Pampa.

El paisaje es igualito a las fotos de mis viejos.

Creo recordar que…

Me sacaron de la isla cuando era un bebé, así que a menos que en mi cabeza funcione una especie de memoria atávica de la especie o un circuito cerrado de televisión con mi subconsciente, no puedo acordarme de nada. Pero la sensación… sí, la sensación, esa cosa indefinible y que por no estar en el rango de lo explicable (¡lo Inexpresable!) metemos alegremente dentro de la palabra “cosa”, perdura y me llena de algo que no son recuerdos pero tampoco mentiras, sino un concepto intermedio. Sí, claro, la espuma, y las barcas, y los faros, y cuánto de esto no habrá sido imaginado y de repente ahora cobra forma, se hace carne, efecto Jesucristo turboplús, encarnación de los deseos de la infancia.

¿Es este realmente el lugar al que me han conducido mis pasos? Debe serlo, porque hay huellas a mi espalda.

Veo el faro. Alto y delgado, si fuera una chica sería modelo. Y con una luz muy brillante en la cabeza. Si fuera una chica, no sería rubia. Y detrás, justo sobre la línea misma del acantilado, se levantan unas casas de madera que parecen chabolas de esas que prometen ser mejores por dentro, como las de los gitanos, el techo puede ser de planchas de uralita pero lo vas a flipar con la tele de cincuenta pulgadas que tengo en la salita. Humo en las chimeneas, un inodoro común fuera del perímetro, señales de hábitat humano por todas partes. Un perro o dos. Un gato o tres. Ropa colgando de un tendedero.

Está habitado. Están aquí.

Aquello es Entelequia. Existe, es una realidad, como Walden 2 cuando la encontró Jamnik. Si dejásemos entrar de nuevo en este momento a ese pesado del narrador omnisciente, el que echamos a patadas al principio, nos diría algo así como “y entonces el bueno de Carlos, aspirante a escritor, a viajero y a ser humano, entró en el misterioso pueblo sin saber que su destino iba a cruzarse ineludiblemente con el de aquella muchacha, la que cambiaría su vida para siempre…”

…Pero no le vamos a dejar entrar. Que se lo pase bien en el exilio imaginando cómo sería mi historia, mi sorprendente y psicodélica historia, si la estuviésemos contando de una manera convencional. No, mis diez minutos de gloria aún no han acabado, jódete.

Pero sí que es cierto que una joven llamada Verónica está a punto de entrar en mi vida. Y que nada será igual a partir de este momento… pero de eso ya hablaremos luego, cuando pase.

Verónica. Más flor que mujer. Más mujer que diosa, y mucho menos que musa. Una paradoja en sí misma.

Verónica.

de lordofthemetaverso

EL TERCER NOMBRE DEL EMPERADOR REDUX

tercer nombre

Hace unos meses, Rudy, el magnífico escritor y editor de Sportula, me propuso publicar una versión actualizada de mi primera novela, “El tercer nombre del Emperador”, la que inauguró el ciclo del Metaverso. Yo, por supuesto, le dije que sí encantado, pero entonces empecé a darle vueltas al asunto: no podía dejar la novela como estaba, con su prosa original, porque yo he evolucionado mucho desde entonces y ya no escribo de esa manera. Además, cuando se publicó en su día lo hizo con algunos fallos que se nos pasaron tanto al corrector como a mí, y que se convirtieron en esas erratas que te duelen cada vez que las lees.

La opción más obvia era hacer un redux, una corrección a fondo del texto que incluyera también opciones de estilo, para pulir la novela y dejarla niquelada, digna de una nueva publicación. Eso lo han hecho muchos autores a la hora de revisar antiguos manuscritos, años después de cuando los escribieron. Sin embargo, y aquí viene la noticia potente… he decidido no quedarme ahí. Sé que este tipo de decisiones levantan debates entre los que defienden que una obra original no se toque para nada, y los que dicen que pulir un poco los fallos no importa tanto, si la que gana al final es la obra. Recuerdo los ríos de tinta que corrieron en su día cuando Lucas decidió empezar a meterle mano a Star Wars, la trilogía original, “manipulándola” con fines puramente comerciales.

Bueno, pues aquí va lo que he decidido, y las intenciones detrás de esta decisión son puramente artísticas, no comerciales (no podría ser de otro modo, ya que ninguna de mis novelas ha sido nunca un best seller): la versión que publicará Rudy de El tercer nombre no será un redux al uso, sino una novela con prosa totalmente nueva, reescrita de pe a pa. Será la misma historia, con los mismos personajes, pero ampliada en muchos puntos, clarificada en otros y con mi nivel de escritura de hoy en día. En otras palabras, será un redux total (“total redux”, eso suena a “total recall”).

No sé, ¿qué opináis de esta iniciativa?

de lordofthemetaverso