COSAS QUE HACER EN EL CELSIUS

Más cosas que tengo que hacer en el Celsius:

JUEVES 30 de julio
11:00 a 11:20 Presentación del libro “Ecos” de Víctor Conde, acompañado de Diego García Cruz (carpa de actividades)

18:00 a 19:00 Charla “25 años de AQUELARRE” con su creador Ricard Ibáñez, acompañado de Víctor Conde Sala de Conferencias de la Casa de Cultura)

Yo jugué mucho al “Aquelarre” en su época, por lo que será todo un placer y un honor sentarme con su creador a charlar sobre el impacto de este juego.

ecosaquelarre
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de lordofthemetaverso

FRAGMENTO DE “ECOS” (¡¡YA ESTÁ AQUÍ, POR FIN!!)

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¡Ya está aquí, por fin! Mi nuevo space opera, ECOS, ha llegado. Lo presentaremos en el festival Celsius de Avilés, pero para ir abriendo boca, aquí tenéis un fragmento del libro. Espero que lo disfrutéis:

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El espacio aéreo sobre el Mar Negro (o como lo llamaban los romanos, el Pontus Euxinus) parecía el ojo de un huracán.

El transporte MT, un enorme avión con forma de ala delta que servía para transportar a los Mirmidones dentro de la atmósfera, se aproximó desde la cuenca del río Burgas luchando contra los vientos. En su interior, aguardando en sus carlingas de pilotaje, los pilotos de los robots se preparaban para el combate.

Hugo estaba haciendo sus ejercicios de estiramiento muscular (una compleja y graciosa danza aeróbica pensada para que uno la pusiera en práctica sentado), mientras los proyectores de realidad virtual del casco le mostraban el informe de la misión.

Los Exth habían plantado su fortaleza residente justo en el centro del Mar Negro, exactamente a 116 kilómetros al sur de Yalta. Era, como todas sus bases avanzadas, un búnker gigante con un esferoide lleno de lucecitas (él pensó que eran ventanas) plantado sobre tres patas convergentes. Pero lo más impresionante no era la base en sí, sino lo que ésta le hacía al paisaje de alrededor.

Un perímetro láser de enorme potencia estaba, literalmente, evaporando el Mar Negro. Vistos desde arriba eran como una sucesión de pilones de sesenta metros de altura que proyectaban campos láser entre ellos, formando una cerca, una especie de valla que calcinaba todo lo que tocaba, y que se iba abriendo a razón de uno o dos milímetros por segundo, ampliando lentamente su perímetro. Cuando el mar tocaba aquella valla era como si besara una pared de lava: se evaporaba al instante, enviando hacia la atmósfera un torbellino de vapor tan colosal que había creado el mayor ciclón visto en la historia del continente. Solo que su ojo nunca se movía, siempre estaba quieto sobre el mismo sitio: la vertical de la base Exth.

Los ojos de Hugo se dilataron al contemplar en directo aquel dantesco espectáculo: el hielo de la glaciación se partía en oleadas, como si Dios hubiese lanzado una piedra para entretenerse en medio de un lago helado. Solo que las fracturas que se alejaban radialmente del punto de impacto tenían la longitud de Nueva York.

En el Mar Negro no quedaba ningún barco de guerra terrícola, todos habían sido destruidos durante la glaciación, así que la Marina no les prestaría auxilio esta vez. Sería una operación sólo de Mirmidones. El problema era que si el MT se acercaba demasiado lo derribarían, así que tendrían que soltarlos a una distancia prudencial, quizá a cinco kilómetros del cercado láser, y luego ellos tendrían que abrirse paso a lo bestia.

Como a mí me gusta, dijo Hugo para sus adentros, anticipando el psicótico placer de la matanza.

Cuando llegaron al punto previsto para el desembarco, la gran puerta trasera del avión se descorrió. Un torbellino de aire formó un remolino horizontal en la bodega de carga, aunque no tuvo la suficiente fuerza como para impedir que los robots fueran lanzándose de uno en uno al vacío. El de Hugo, un clase Puma, fue el quinto en salir. Era de los pocos robots con forma animal más que humanoide, con cuatro patas y un lomo felino cargado de baterías lanzacohetes. Fath pilotaba un Juggernaut, una mole lenta y pesada y con tanto armamento como el ejército de un país pequeño; y el general Trevold un clase Ariete, un robot diseñado más para el combate cuerpo a cuerpo (modalidad en la que era letal, sobre todo por la gigantesca almádena auto propulsada con punta de fusión que portaba a dos manos) que para el tiroteo a distancia.

Ese Trevold, siempre tan teatral, pensó.

En cuanto estuvieron en caída libre se abrieron los paracaídas. Eran grandes, tres por cada Mirmidón, con la longitud cada uno de medio campo de fútbol. Pero aún así apenas lograron amortiguar el impacto. Hugo lanzó una maldición cuando su robot se estrelló literalmente contra el oleaje y él dio un bote en la cabina. Luego se hundió. Todos se hundieron. El Mar Negro era bastante profundo, y en aquel punto tendría alrededor de 2200 metros, por lo que las moles tardaron un cierto tiempo en tocar el fondo.

Entonces empezó la ofensiva.

Las cuatro patas del Puma de Hugo le conferían más estabilidad que a los otros, por lo que se colocó en cabeza. Dentro de nada verían a lo lejos el resplandor del cercado láser, diluido en un confuso maremagno de burbujas y miles de metros cúbicos de vapor de agua. Si caían presos de esos torbellinos gaseosos estarían perdidos, pues la corriente los arrastraría de cabeza a la barrera láser. Y Hugo no estaba demasiado seguro de si el blindaje de sus robots resistiría algo que era capaz de evaporar un mar entero.

El truco estaba en localizar uno de los pilones que creaban el cercado y destruirlo. Eso abriría un hueco en la barrera, y podrían pasar. Pero claro, había un problema, y es que el mar no se quedaría quieto: se derramaría también con enervada furia por esa grieta, reclamando lo que por derecho le pertenecía. Y la fuerza de arrastre sería tan brutal que podría destrozar al Mirmidón que se hubiese acercado para destruir la valla.

Una decisión difícil, pero alguien tenía que asumir el riesgo.

Hugo les dijo a los demás que él lo haría. Se aproximaría al pilón más cercano y abriría fuego, y luego intentaría disparar los retrocohetes de sus patas para salir impulsado hacia la superficie. De todos los robots, el clase Puma era el que más posibilidades tenía de sobrevivir a algo así.

Sus compañeros estuvieron de acuerdo.

¡Qué grandioso sería si alguien estuviese allí para grabarlo para la posteridad!, se dijo Hugo mientras disparaba sus cañones de partículas contra el pilón, tallando dos vectores de burbujas en el agua. ¿Era ilícito aspirar a la fama, como los caballeros andantes ingleses o los guerreros griegos de la Antigüedad? Ellos solían llevar consigo un juglar al que alimentaban y pagaban un sueldo, simplemente para que registrase en sus cantares las gestas guerreras, los grandes triunfos, las impresionantes conquistas de su señor…

Hugo no veía mal perseguir un poco de fama. Había tres razones por las que un soldado se apuntaba voluntariamente a una guerra: Para proteger a alguien que tenía detrás, por venganza, y por la gloria personal. Hugo sin duda despuntaba en lo segundo, ese era su principal motor para luchar: la venganza. Pero tampoco desdeñaba lo tercero, la fama. Sabía que la Historia hablaría de ellos, de los legendarios pilotos de Mirmidón que salvaron a la especie humana… si es que la salvaban. A él le gustaría destacar en los capítulos de esa historia, y no ser un nombre más del grupo.

Ay, Goro, hijo mío, si pudieras estar aquí para verme…

¿Pero qué estaba haciendo, por Dios? ¿En serio acababa de tener ese pensamiento? ¡No, no, maldición! Si la señora Fath le pillaba pensando en Goro como en un hijo orgulloso, lo enviaría a los campos de trabajo colonial de Mercurio, como a los ciudadanos desviacionistas. Y de paso liquidaría a Goro, mandándolo de vuelta a los tanques probeta de los que surgió.

Tenía que olvidarse de eso. Concentrarse en la batalla, porque sería cruenta y los Exth no les darían cuartel.

Pero entonces, ¿por qué estaba sintiendo esa poderosa sensación de déja vù, como si estuviera reviviendo por segunda vez hechos que ocurrieron en el pasado? ¿Por qué sentía ese vacío en el alma que le recordaba la época en que sólo era un niño, y otro adulto, su padre, libraba batallas que no sólo se cobraban víctimas en el plano físico, sino también en el mental?

Desviacionistas. Sí, tal vez estuviera germinando una semilla de eso en su interior tras conocer a su hijo, la carne de su carne. La señora Fath odiaba a los desviacionistas, los toleraba menos que a los Exth, aunque pareciera mentira. Eran hombres que se ponían de parte del invasor porque creían que la Humanidad merecía ser castigada por una indefinida lista de pecados contra sí misma. Traidores a su propia especie que veían en el exterminio una forma de redención. ¡Él también los mandaría a las minas de Mercurio si pudiera!

El pilón se vino abajo con una implosión erizada de burbujas, como una carga de profundidad detonada a mucha distancia bajo las olas. La malla láser desapareció a ambos lados de ese punto, y sucedió lo previsto: el mar reclamó su sitio derramándose por el agujero. Era como una montaña azul que avanzara cabalgando un frente de espuma, produciendo un ruido tan ensordecedor que hacía temblar las planchas de la carlinga de Hugo, a pesar de encontrarse muy por detrás del seno de la ola.

—Genial —dijo Hugo, rompiendo el silencio de radio—. Ahora tocad de oído, chicos.

Los siguientes minutos se asemejaron a una sinfonía del caos.

El mar golpeó con fuerza los pilares de la fortaleza, haciendo que se tambaleara. Un enjambre de andadores provistos de cañones se concentró alrededor de la grieta, disparando sin cesar a todo lo que iba entrando por ella. Los Mirmidones respondieron al fuego con sus propios abanicos de destrucción. El Juggernaut de la señora Fath desplegó tal nube de descargas láser y de misiles balísticos que recordó a una brigada de tanques comprimida en un único soldado. Un misil enorme, el mayor de su arsenal, partió hacia la principal concentración de máquinas como una flor de tallo rojo que saliera despedida de su semilla.

El resultado fue una nube en forma de hongo que casi tumbó a los aliados con su onda expansiva. Por su parte, el Ariete del general Trevold se lanzó de cabeza contra las líneas enemigas, despreciando el peligro y lanzando un grito de cólera tan grande por los canales que debió asustar hasta a las naves de apoyo. Su almádena con punta de fusión hizo estragos, cayendo como una plaga apocalíptica sobre las cabezas de los robots enemigos.

Llegó un momento, un instante concreto de la batalla, en que Hugo C’mill supo que iban a ganar. Para un soldado experimentado como él, ese momento era fácilmente reconocible. Era el glorioso minuto en que las fuerzas enemigas se comenzaban a replegar, y los informes tácticos en tiempo real de la batalla mostraban más logros conseguidos que los que quedaban por conseguir. El problema, como siempre, era que aunque ganaran una batalla, era imposible evitar las bajas. Siempre había alguien que moría o resultaba mortalmente herido, por mucho que la estrategia hubiese salido a pedir de boca. “Bajas razonables”, las etiquetaba una estadística. Y era un concepto doloroso.

Lo que jamás imaginó Hugo C’mill fue que en aquella batalla la baja razonable sería él.

de lordofthemetaverso