PRIMER CAPÍTULO DE “EL CÓDICE DE LAS BRUJAS”

códice de las brujas

PRÓLOGO:  EL BOSQUE JUNTO AL MAIZAL, NOCHE DE BRUJAS

Por toda América ardían hogueras.

Su luz inflamaba el cielo, confiriéndole a la noche un carácter de día claro y centelleante. En cada colina, junto a cada parva de heno, ardía una mujer, y sus gritos brincaban sobre las piras como gatos enloquecidos. En las encrucijadas lloraban las almas perdidas sin saber qué camino escoger. Los calderos burbujeaban y los demonios se enquistaban en los goznes, haciendo chirriar las puertas a medianoche.

Los niños en edad de temer salieron de sus casas y miraron hacia los campos. Había salido por fin aquella Luna, el ojo sin párpado que vigilaba el comienzo de la noche más espantosa del año: Halloween. La noche de las brujas, de las maldiciones, de los gatos negros y las pavesas blancas, de las gramíneas que se juntarían para barrer pecados y salir disparadas hacia el cielo, de los clavos que atravesarían la carne y amontonarían blasfemias en las piras. Noche de Biblias teñidas de sangre y exhortaciones de fanáticos, de látigos y martillos, de pulgares de yesca y hatillos de paja inflamable.

La noche de las brujas.

Los niños estaban obligados a salir al exterior aquella noche. No importaba que sus padres intentaran por todos los medios que se quedasen a salvo en casa: ellos encontrarían la forma de burlarlos. Romperían las promesas, violarían los juramentos, abrirían las ventanas, desatrancarían las puertas, quitarían los pasadores y romperían las sogas. Nada podría retenerlos dentro, pues no había fuerza en el mundo capaz de eclipsar la llamada. Estaban obligados a salir fuera, al aire de la madrugada empapado de ceniza y olor a carne quemada. A la luz de la Luna del último juicio.

En todos los pueblos de todos los continentes, los niños salieron a la noche. Sólo unos pocos, los más afortunados (porque eran demasiado pequeños o demasiado tontos como para burlar la vigilancia de sus padres), permanecieron en sus casas, llorando a lágrima tendida, pues para ellos en lugar de un santuario era una prisión. Las madres los llamaron por sus nombres y ellos las ignoraron. Los padres salieron en persecución de sus vástagos con sacos o cuerdas para atarlos como novillos, pero pocos consiguieron su propósito.

Era Halloween, la noche más horrenda del año, y la magia negra campaba por sus fueros.

Uno de aquellos infantes se llamaba Jericoh Lubby. Tenía ocho años, dos más que su hermano Canaán, y había logrado escapar a la vigilancia de sus padres. Se sentía orgulloso porque fue él quien tuvo la idea de salir por la trampilla del heno. Fue él quien despertó a su hermanito para que también oyera la llamada suspendida en el viento, y quien lo aupó para que pudiera escapar por el agujero.

Sí, estaba orgulloso de haber sido más astuto que sus padres, y ahora era quien guiaba la procesión de niños hasta el maizal.

La Luna se había convertido en una guadaña: su vasta sonrisa de plata se proyectaba como una sombra sobre los campos. La naturaleza vibraba de excitación, elevando cánticos a la claridad y la pureza perversa de la noche. Almas perdidas habían llovido del cielo con la última luz del día, y chillaban encarnadas en fuegos fatuos, en libélulas, en escarabajos, en tallos de maíz y escolopendras. Hombres peligrosos junto a hogueras llameantes entonaban letanías en idiomas muertos, dirigiéndose a las estrellas, a dioses que habían partido hacía mucho, mientras sus almas boqueaban y plañían, relegadas a los más infames recipientes.

Jericoh guió a los demás chicos hasta el límite del maizal. Como una informe masa amebiana, la gran exudación de chiquillos trinó y bailó y rememoró los días de antaño, cuando una membrana los separaba del mundo y todo lo que conocían era acuoso y submarino. Los tallos de aquel mar azul gemían y cuchicheaban entre ellos como viejas saboreando la proximidad de la muerte. Sólo un árbol se elevaba como un coloso marchito, un roble al que el tiempo y el frío habían desprovisto de cualquier signo de vida. Parecía una lápida de madera que nadie se hubiera atrevido a arrancar de aquel camposanto de maíz.

Los niños contemplaron con una mezcla de miedo y fascinación la silueta del roble, y supieron que aquel era el lugar, y que de allí provenía la voz. Y se arrodillaron. De fondo se oían los gritos de mil padres preocupados, que suplicaban a sus retoños que se taparan los oídos y no hicieran caso a los cánticos del viento, a los plañidos de agonía de las brujas. Pero nadie les hizo caso. Las mujeres seguían ardiendo en sus hogueras, mientras los ministros de cien iglesias las conminaban a pagar por sus pecados.

La Luna seguía menguando, las brujas seguían ardiendo, los niños seguían mirando el árbol muerto.

Una llama prendió en lo alto del roble, en la rama más gruesa, y un arco de fuego dio a luz a una sonrisa, un corte sin labios pero sí con dientes. El fuego circundó una forma redonda, de calabaza. Diminutas cabezas de alfiler de fuego esmeralda se clavaron en ellos, en los chicos. Cada cual pensaba que aquellos ojos sólo lo miraban a él, pero Jericoh sabía (oh, sí, lo sabía más allá de cualquier duda) que la mirada era para…

Su hermano.

Fue en aquel sacrosanto momento de éxtasis mágico, justo en aquel latido antes de la medianoche, cuando el pequeño Jericoh Lubby tuvo miedo por primera vez.

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de lordofthemetaverso