EL PUENTE DE LOS ESPÍAS

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EL PUENTE DE LOS ESPÍAS es la última película de Steven Spielberg, y una muestra más de cómo los gustos y el estilo de este gran creador han evolucionado con el tiempo. Del Spielberg soñador que nos metía de lleno en una realidad donde los aspectos negativos y positivos de la existencia se conjugaban en un tapiz con textura de cuento de hadas, ahora ha pasado a hacer lo mismo pero con historias que se anclan mucho en la realidad, convirtiendo nuestro mundo en el escenario donde esta eterna lucha entre el bien y el mal, la integridad y el deshonor, la codicia y la humildad, tiene lugar.

La película no responde a los cánones del cine comercial de hoy en día. De hecho es muy lenta para según qué tipo de público, y eso se hizo patente el día en que fui a verla porque a medida que avanzaba la proyección las parejitas se iban marchando aburridas de la sala. En lo que duró la película hubo tres deserciones de parejas que se iban con cara de “pero qué he hecho con mi dinero”. Esto demuestra que el cine de hoy no tolera mucho las historias lentas y sosegadas, formato que sí parece haber encontrado su nicho en televisión. Con todo, “El puente de los espías” es una excelente película de abogados (que no de espías, ojo), donde se ensalzan valores como la integridad y la defensa de los principios morales de lo que nos hace ser Occidentales, esos principios basados en el Derecho Romano de los que estamos tan orgullosos y de los que nos olvidamos con tanta facilidad cuando nos conviene.

Es esta una película de conversaciones. Apenas tiene secuencias de acción, salvo una o dos muy aisladas en un metraje, por otro lado, un poco excesivo (dos horas y media son muchas para contar esta historia, se mire por donde se mire). Toda la película se basa en una concatenación de charlas que mantiene el personaje de Tom Hanks con otros personajes, y esto es difícil de llevar cuando eres un director. Spielberg lo resuelve al modo clásico, es decir, llenando el fondo del plano con cosas que están ocurriendo mientras los personajes están sentados hablando, para darle un poco de vidilla al plano: camareras que retiran platos de una mesa, gente que se sienta y se levanta y mira de reojo con aire conspirador a los que hablan en primer plano, una secuencia de un coche corriendo a velocidad suicida por calles heladas… todo ello sirve para dotar de movimiento y vida a planos que de otro modo no serían más que estáticas conversaciones de gente sentada en una silla.

En este tipo de películas se nota que la maestría de la puesta en escena de Spielberg, que siempre ha sido su sello personal, se ha convertido con el paso de los años en algo muy sutil. Tan sutil, de hecho, que parece que no está ahí, aunque sí lo esté. Spielberg ha transformado en buena medida su planificación visual en planificación de actores, y los dirige mejor que nunca. Sin embargo, esto juega en detrimento de la puesta en escena, que sin serlo, parece cada día más plana y televisiva. Yo, la verdad, prefiero al Spielberg pictórico y visualmente apabullante de “La lista de Schindler” o de “El imperio del sol” antes que este Spielberg tan contenido y plano.

La música juega un papel importante en esta película, aunque por motivos extra cinematográficos: es la segunda vez que el director prescinde de la colaboración de su músico de toda la vida, John Williams, dicen que por problemas de agenda. Thomas Newman, de todas formas, no se queda atrás y compone una banda sonora preciosa que, si bien es muy escasa (el porcentaje de música extradiegética que hay en la película no creo que llegue al 10% total), sirve de complemento perfecto a las imágenes, y nos regala unos temas melódicos que hacen que no echemos excesivamente de menos al maestro.

Por último, y aquí viene el gran “pero” de esta película, Spielberg sigue empeñado en retratar la realidad de su tiempo desde el punto de vista de un patriota. Él es un judío americano, y de pura cepa, y se nota en el retrato que hace de su propio país. En su cine, los Estados Unidos no son inocentes y puros, pero siempre salen bien parados de todos los juicios morales como el país más ecuánime y bondadoso de la Tierra. En “El puente de los espías” se dice (pero no se muestra) que los americanos también tienen espías trabajando en el bando contrario. Pero cuando se ve el trato que reciben los prisioneros, Spielberg nos deja claro que son los rusos los que torturan sin piedad, privando de sueño al prisionero, mientras que su homónimo en la prisión estadounidense goza de los mayores privilegios (en una escena donde hay una transición por corte directo, por lo que la comparación resulta insoslayable). Los Estados Unidos del cine de Spielberg no son inocentes pero tampoco culpables; siguen siendo esa tierra mágica de libertad donde hasta el hombre más humilde puede imponerse al Estado si sus motivos son puros. Creo que Spielberg debería de darse un paseito por Guantánamo antes de seguir haciendo este tipo de cine…

 

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de lordofthemetaverso

Un comentario el “EL PUENTE DE LOS ESPÍAS

  1. La peli acepta de entrada que el piloto era un espía, cosa que no aceptó en su momento el gobierno yanqui. O sea, la versión oficial.

    Las dos escenas del tren atravesando los barrios creo que no dicen nada bueno de ninguna de las dos sociedades.

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