Es cierto que los escritores de Fantástico tiramos de nuestro niño interior para extraer energía creativa “de la mina”. Muchas veces tratamos temas muy serios pero tras someterlos a un reductio ad absurdum que los despoja, primero, de cualquier significación causal. Y que hace que los reimaginemos desde cero en lugar de alegorizarlos a nuestro antojo (lo cual es muy bueno para el lector, pues de ese modo se ve libre de interpretarlos como le plazca, cosa que no sucede con la alegoría). A veces, por usar esta técnica de hacer trabajar a nuestro niño interior para extraer imágenes, nos llaman “escritores inmaduros”… pero yo creo que en cualquier acusación, y en cualquier contexto, ninguna acusación de inmadurez debería llegar sin una clara definición de lo que es “madurez” que la respalde. Hala.

Anuncios
de lordofthemetaverso

primer capítulo de mi novela de vampiros

PRÓLOGO:  1944

 

 

Me fue revelado entonces…

Que el horror surgió aquella noche del Pabellón Tres. Yo era demasiado niño para darme cuenta, pero mi hermano, que no había nacido en el Campo y que tenía (por desgracia) edad suficiente para darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor, me lo contó más tarde. Después de la fuga y de que llegáramos al norte, al país de la nieve.

El horror surgió del Pabellón Tres… y aquella noche los que gritaron ya no fueron sólo los prisioneros del Campo. Aquella horrible noche incluso los guardias, los hombres de azul con el extraño símbolo en sus gorras, se unieron por primera vez al coro.

Yo era un bebé, prácticamente. Luego me dijeron que fui de los poquísimos niños que nacieron en de los Campos en aquella turbulenta época. He fraguado recuerdos en mi mente, pero todos son falsos: son producto de las historias que me contó mi hermano, a medida que íbamos creciendo y yo le preguntaba por qué papá y mamá no estaban con nosotros. Samuel no quiso explicármelo hasta que no fui lo suficientemente mayor como para saber lidiar con el dolor, y con algo mucho peor: la comprensión. Porque si ya es difícil para un adulto entender cómo es posible que pasen estas cosas, estos holocaustos sangrientos… para un niño es algo que sencillamente no encaja en su comprensión del mundo.

Samuel tenía historias para todas las noches, pero eran de miedo. En el fondo no quería contármelas, pero de alguna manera tenía que sacárselas de dentro. Había nacido con un don especial para relatar historias (por eso, de mayor, se hizo escritor), pero no eran las que yo hubiese preferido. ¿Dónde estaban los cuentos de hadas que debían arroparme cuando hacía frío? ¿Dónde, la dulce voz de mamá, que salió demasiado pronto de mi vida como para que tuviera una clara conciencia de ella? (Otro recuerdo impostado. Otra memoria que no era mía. Otra imagen heredada de Samuel, que necesitaba recuperar para rellenar el vacío de experiencias propias.)

Pero no, las historias de mi hermano no iban sobre hadas y elfos. Iban sobre aquellos hombres crueles, los del uniforme azul y el símbolo raro en las gorras. Los que vigilaban el Campo y tenían encerrada a gente como papá y mamá en pabellones mugrientos. El año en que yo nací aquellos hombres ya metían a los judíos en vagones de ganado. Y los convertían en nubes de ceniza, en jabones para limpiar la ropa y en abono para los campos. El horror siempre iba en una dirección: de arriba hacia abajo.

Nosotros sólo podíamos llorar porque teníamos hambre, mientras ellos ponían muy alta una gramola para tapar los lejanos llantos de los niños judíos. Dicen que de aquellos aparatos salía música, voces de un pasado mejor no manchado por la guerra. Voces de mujeres hermosas que cantaban en cabarets llenos de candilejas. Los hombres de azul también tenían hambre.

Fue un dos de diciembre… del negro 44… cuando el horror se concretó en el Pabellón de los enfermos. Cuando la oscuridad tomó forma y salió reptando de allí para cobrarse sus presas. Cientos de personas que ya no eran personas, sino despojos humanos medio muertos, se apilaban como fardos en aquel edificio. Con sus pijamas a rayas y sus ojos vacíos aguardaban al misericordioso ángel de la muerte, para que los sacara de una vez de aquel infierno.

Y el ángel llegó. Pero no se parecía al que ellos habían invocado.

Mi hermano me habló de los sonidos de las armas, del petardeo de las ametralladoras que se elevó sobre los cantos de cabaret. De la música de la noche. Margo Lion cantaba Leben ohne Liebe kannst du nicht, mientras las StG44 tableteaban en la oscuridad.

Me habló de cómo los gritos (esta vez en alemán, no en polaco, lo cual era insólito) afloraron como rosas en la oscuridad. Y de cómo la negrura se llenó de destellos.

Los prisioneros con pijamas huyeron despavoridos. Porque aunque aquella cosa surgida del Pabellón Tres estaba matando a los guardias, sabían perfectamente que no estaban a salvo. Aquel monstruo no había sido enviado por Dios, ni tampoco por el Demonio. Era otra cosa, algo que no encajaba con sus mitos… Era un horror surgido de un pasado tan remoto que ni siquiera aquel al que llamábamos Yahvé había nacido.

Mi hermano solía contarme los pormenores de aquella noche, la más importante de su vida. La única que recordaba con absoluta claridad, incluso cuando su castigada memoria no le dejaba retener ni lo que había desayunado aquel mismo día. Era capaz de revivir como si fuese ayer el momento en que mi madre lo hizo subir hasta el ventanuco del Pabellón, y le pasó un bulto envuelto en mantas. Ese bulto era yo, que tenía demasiado frío hasta para llorar. Mi hermano traspasó aquel ventanuco con chorros de lágrimas cayendo por sus mejillas, porque sabía que era la última vez que vería a mamá. A papá hacía tiempo que lo habían separado de nosotros, pues los hombres mayores de ocho años tenían su propio Pabellón. Y no habían sabido nada de él por meses. Samuel había oído infinidad de veces a mamá rezar por su alma, entre sollozos, cuando creía que estábamos dormidos.

Samuel corrió a las alambradas, normalmente vigiladas por los hombres en las torres y sus chorros de luz. Pero los focos no apuntaban hacia ellas, sino que se derramaban sobre los edificios de los oficiales y los barracones de los guardias. Buscaban algo, una cosa que reptaba furtiva entre las sombras. Una cosa que para aquel entonces, el momento en que mi hermano alcanzó el perímetro, ya había convertido las casas de los guardianes en un matadero.

Samuel corrió esquivando manchones de sangre que habían caído como estanques sobre la nieve. Había pasado por allí, dejando tras de sí un reguero de cadáveres. Había armas en el suelo, para que cualquiera las cogiese… incluso los prisioneros. Hubo quien lo hizo. Otros no tenían fuerzas ni para sostenerse en pie, mucho menos para apuntar con un rifle. Todos corrieron como alma que lleva el Diablo hacia las alambradas. Hubo quien entregó con gusto su vida, echándose sobre ellas, sobre sus púas, para que los demás pudiera pasar. Eran los más viejos, los que sabían que aunque salieran del Campo jamás podrían sobrevivir a la noche de invierno.

Más allá de la alambrada estaba la alta verja, y tras ella el campo de minas. Mi hermano me habló de cómo tuvo que pasar por encima de los ancianos que se habían lanzado sobre las púas, pisándoles la espalda, y de cómo alguien nos ayudó a cruzar al otro lado. Había un espacio libre de árboles hasta la linde del bosque, que en circunstancias normales habría servido para que los hombres de las torres ejercitaran su puntería. Pero no aquella noche. No cuando las ametralladoras disparaban hacia dentro del Campo, no hacia fuera.

Mi hermano recordaba haberse quedado quieto, a un paso de la planicie donde la tierra mataba, mirando el bosque. La gente que huía caminaba en zigzag, como si así tuvieran más probabilidades de cruzar. Samuel me los describió como marionetas que apenas se tenían en pie, muertos vivientes cuyo patético intento de correr era una broma, un desafío a huesos reducidos a hielo podrido. Algunos explotaron, la mayoría, cuando la tierra-que-mataba dejó salir sus frutos. A otros los derribó el fuego graneado de las armas, pues había guardias que, pese a todo, querían seguir cumpliendo con su cometido.

Mi hermano recuerda que entonces, en aquel preciso momento, me miró. Las mantas que me envolvían se habían abierto un poco y le dejaron ver mi carita.

Y yo le sonreí.

Fue algo tan ilógico, tan desconectado de la locura que se desplegaba a su alrededor… que de algún modo le dio fuerzas para seguir corriendo. La sonrisa de aquel bebé era un hecho tan insólito, tan inverosímil, que de pronto pareció que incluso en aquella negra noche los milagros eran posibles.

Samuel echó a correr, sosteniéndome bien apretado contra su pecho. Cruzó en línea recta el campo minado, sin volverse ni por un momento. No miró hacia atrás para buscar a mamá, ni para saber si alguno de los hombres del símbolo extraño le perseguía. Seguro que a más de uno le pareció absurdo que Samuel llegara al otro lado del campo sin tropezar con ninguna mina. Seguro que muchas sonrisas crueles se congelaron en esas mismas caras, y no por culpa del frío.

Cuando el niño desapareció entre los árboles, junto con las poquísimas personas que habían logrado huir, los guardias ni siquiera se molestaron en salir a cazarlos.

Porque algo, en la noche, los estaba cazando a ellos.

 

 

Uno de los prisioneros fugados, un hombre llamado Kifâr, se hizo cargo de mi hermano y de mí y nos ayudó a cruzar la frontera. Llegamos al país del norte, donde hacía más frío todavía que en nuestra Polonia natal, pero donde no estaban los hombres de azul. Eso nos dio esperanza, y nos permitió tomar un barco, semanas después, hasta una isla que se convirtió en nuestro hogar: un sitio en medio del océano que quizá no fuese el lugar más bonito de la Tierra, pero que en aquellos días nos brindó lo más precioso del mundo: un refugio.

Islandia llamaban a aquella tierra. De vez en cuando, a sus costas llegaban submarinos con la misma insignia que Samuel había visto en los Campos (oh, cómo se nos quedó grabado aquel simple símbolo, y cómo llegó a provocarnos pesadillas). Pero allí podíamos escondernos fácilmente. Kifâr se buscó un trabajo como pescador y compró una cabaña. Y nos mantuvo a salvo mientras crecíamos.

Recuerdo con alegría la noche en que mi hermano me contó mi primer cuento de hadas, que según él había escrito un francés. Trataba de un viaje al lugar más extraño imaginable, el centro de la Tierra. La entrada había sido encontrada en aquella misma isla, en un volcán. En los años que siguieron a la guerra subí muchas veces a ese volcán, movido por la idea romántica de hallar ese pasadizo, pero nunca lo logré. Quizá la tierra se hubiera cerrado sobre sí misma para ignorar las locuras que pasaban en su superficie.

Lo entendí. Yo habría hecho lo mismo.

Cuando fui lo bastante mayor, y con esto me refiero a que había cumplido los catorce, el tema que había sido tabú en casa dejó de serlo: empezamos a hablar con libertad de lo que nos había pasado, de lo que nos habían hecho. La guerra había acabado tiempo ha, y se podían decir esas cosas sin miedo a que volvieran a llevarnos a los Campos. Además, los hombres de azul habían perdido (¡gracias a Dios!), y los vencedores se habían repartido su país como quien roba trozos de un pastel.

Hablamos, sí, y en nuestra memoria siempre se colaba el frío que hacía en los Pabellones, y cómo costaba respirar el aire cuando se llenaba de ceniza. Fue entonces cuando mis recuerdos impostados adquirieron verdadero color: imaginé que tenía una imagen de mamá viva en mi cabeza, cuando lo más seguro es que la extrajera de los relatos de Samuel. Imaginé que podía recordar su dulce voz, y sus canciones llenas de esperanza. Pero no eran mis fotografías, sino las suyas. Yo, como bebé, lo único que podía haber retenido eran sensaciones, momentos de cariño, suaves caricias que me protegían del frío…

Me fue revelado lo que ocurrió en la Noche Cruel. Samuel me mostró un dibujo que había hecho, hacía tiempo, de la cosa que surgió del Pabellón Tres. Aseguraba haberla visto mientras huía cargando conmigo, en dirección a la alambrada. Fue un simple instante, muy breve, en el que se giró para mirar a la oscuridad, y la oscuridad le devolvió la mirada.

Abrió la carpeta en la que guardaba el dibujo y me lo enseñó. Los ojos de Kifâr se abrieron como platos, pues también recordaba haber entrevisto algo así en la ventisca.

Observé aquella parca ilustración, hecha al carboncillo, y se me quedó grabada para siempre.

Sobre un trazo horizontal que hacía de suelo, varias líneas quebradas representaban viento y nieve. Al fondo, cubos mal hechos que tenían algo de volumen y que podían haber sido edificios. Y entre un plano del dibujo y otro… entre la nieve derramada a trazos y los Pabellones edificados con líneas… la mancha negra. El monstruo con forma humanoide. Samuel lo había pintado tan cerca del observador que parecía como si realmente hubiese pasado corriendo a su lado. Me refiero a que no era una silueta entrevista en la distancia, sino que parecía estar ahí mismo, de pie, a pocos pasos del niño que la miraba lleno de pavor.

El dibujo captaba a la perfección aquel miedo; lo resumía en escuetas pinceladas de negrura. La silueta no estaba envuelta en noche, era la noche. Había surgido de ella como una excrecencia, un tumor maligno provocado por la tumefacción de la oscuridad. Su rasgo identificativo más obvio eran los ojos: eso era lo único que no había pintado mi hermano. Los había dejado como dos manchas blancas en el papel, en medio de una cabeza negra, dos faros de nada en una tormenta de carboncillo. Esos ojos se me clavaron en el alma, y me provocaron pesadillas durante días. Las mismas, seguro, que Samuel sufría desde hacía años, y que intentaba exorcizar con sus cuentos de miedo.

Kifâr nos pidió que olvidásemos a aquella cosa, no fuésemos a invocarla por error. Cuando le preguntamos si sabía lo que era, guardó un malhumorado silencio. Un silencio que no rompió hasta el mismo día de su muerte, décadas después. En su lecho, una simple y escueta advertencia:

—Huid, niños… manteneos a salvo de la oscuridad.

Y el destino que debió de haberle alcanzado en los hornos que convertían a la gente en ceniza, al fin se lo llevó.

Huid, niños… manteneos a salvo de la oscuridad.

Ese ha sido el mantra que ha gobernado mi vida desde entonces.

Poco podía imaginar, en mi inocencia, que una vez la oscuridad te elige como su pupilo, no puedes escapar a su abrazo.

 

 

de lordofthemetaverso