Vacío

¿Recuerdas la hierba bajo tu espalda, el sol gotas de oro en las puntas? ¿Recuerdas las cosas que nos dijimos, los versos lanzados al viento que mecía los tallos? ¿Recuerdas su cabello cayendo, su cuello arqueándose hacia atrás sobre tus brazos? ¿Cómo se alzó su cuerpo tímidamente cuando tus labios se aproximaron a los suyos?

Ahora los únicos reflejos se invierten en el charco de lágrimas que moja tus pies. La luz que no ha muerto yace cautiva del agua, el agua de la pena, el agua del vacío. De la humedad que dejó dentro de tus ojos la tristeza que no llegó a salir. De los surcos de lágrimas que hablan de mi pena y de la tuya y de lo que pudo llegar a ser, pero jamás fue.

La voz que no sale de ti ahoga cualquier semilla que pudiera algún día abrir pétalos a la esperanza. El dolor desgarrador de abrirse paso a través de la tierra, hacia arriba, en busca del aire y del sol, sepulta bajo su mazo cualquier futuro en el que tú y ella seríais árboles entrelazados.

Tras cada latido hay un recuento, para saber si sigo aquí, si sigo vivo. A veces basta uno para saber que queda calor en mis venas. A veces ese latido fue el último, y no quiero escuchar ninguno más.

A veces oigo mi nombre y me giro para no ver nada. A veces, es la nada la que de verdad ha gritado mi nombre. ¿Recuerdas aquella mesa que nos separaba, y que tan enorme pareció después? ¿Recuerdas las caricias y los gemidos, cómo se difuminaba la habitación, cómo de repente estabas flotando? ¿Recuerdas los ojos muy abiertos, mirándote como si sólo tú existieses en el mundo, y no importara nada más?

Ahora sólo queda el Vacío.

 

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de lordofthemetaverso

CRISTAL Y ARENA

Cristal y arena.

Tengo la (equívoca) certeza de que hubo una época, y puede que incluso un lugar asociado a ella, en la que todo el mundo parecía poseer una intuición particular para saber cuál era su inclinación política, y a qué bandera seguir para apoyar sus ideales. Eso es seguramente una ilusión creada por un marco histórico que no vivimos, sino que nos contaron. Y ya sabemos lo que pasa cuando te cuentan las cosas: que lo que te llega es un resumen, un esquema simplificado de lo que pasó. Y los esquemas suelen ser ciertos a nivel general, pero nunca a nivel particular. Te pueden decir que durante los años 50 España fue reaccionaria, pero eso no es la verdad; sólo es el resultante de la interacción de millones de pequeñas fuerzas que al final lograron tirar de la cuerda en una dirección determinada. Te pueden decir que España fue socialista en los 80, cosa que tampoco es verdad: ahí se quedan en el tintero las miles de pequeñas batallas individuales que no prosperaron, que tiraban en sentidos opuestos, y que nadie, al no haber sido glosadas en un índice, se molestó en añadir a la ecuación de la década. ¿Mentiras globales o resúmenes parciales?

A veces me pregunto qué resumen estamos redactando de nuestra época, y quiénes son sus protagonistas. ¿Los más inteligentes o los más polémicos? ¿Los más sinceros o los que han sabido hacer del juego social y del dorarle la píldora a los demás un arte? ¿Aquellos a los que realmente les importa un carajo decir lo que piensan en voz alta, o los que disfrazan de rebeldía cool y pensamiento antisistema sus ganas de caer bien y ser los reyes de la fiesta? La respuesta quizá sea un pelín sobrecogedora: a lo mejor la relación entre nuestra sociedad y la falsedad y el baile de máscaras es la misma que entre la arena y el cristal. Son cosas distintas cuando las tocas, pero en realidad están compuestas de la misma esencia. Puede que el motor que impulsa los cambios sociales y políticos sea el mismo que nos lleva a luchar por ideales vacuos, y a dejarnos matar por causas perdidas. Nos interesa más sentirnos bien porque estamos combatiendo por una causa, que el comprobar si esa causa tiene futuro o no. O si se esconde alguna clase de lógica debajo de ella, aparte de las ganas que unos pocos siempre han tenido de construir muros muy altos para tener sólo ellos la llave.

Nuestro mundo no consta de mares, montañas y valles. Consta de escenas sociales. Y esas escenas tienen sus maestros de títeres y sus marionetas, sus reyes y sus vasallos. España es un país que te otorga, como don gentilicio sólo por haber nacido en él, la potestad de ser un erudito en dos temas: fútbol y política. Cuando un español habla sobre estos temas, sabe de lo que está hablando, intrínsecamente. Esto lo hace patente cada filósofo de barillo cuando entona su estribillo: que aquí todos tienen la razón, a pesar de que en un mismo instante se defiendan cien razones distintas. Con esa digna batuta en la mano que es la copa de coñac, se esgrimen un montón de argumentos que están colmados de tres cosas: los no debo, los no puedo y los no sé. Pocos se detienen a pensar, en medio del impulso de sus razonamientos, que los no debo te coartan la ilusión por emprender proyectos, los no puedo te llenan de obstáculos difíciles de salvar, mientras que los no sé están ahí para interponerse entre tus ganas de ser sabio y los límites que te ha impuesto la naturaleza para llegar a conseguirlo. Otro baile de máscaras, solo que la careta que llevamos puesta es nuestro propio rostro, y el hilo que nos lo sujeta al cráneo está hecho de dudas.

Decía Don Delillo en su célebre novela “Cosmópolis”, esa ingeniosa sátira de los mercados, que cuando todos los valores de nuestra sociedad se colapsen, las ratas muertas serán el nuevo valor de cambio. En realidad no se está refiriendo a ratas reales, las de alcantarilla, sino a nosotros, a los que jugamos el juego y estamos condenados a morir en él, a caer en la casilla del Monopoly que nos lleva a la ruina y a la cárcel. Nosotros y nuestras opiniones sobre las cosas seremos la nueva moneda de cambio, cuando instrumentos como Facebook acaben de construir una realidad en la que las opiniones de barillo sean la única verdad, los baremos que únicamente importen. Eso ya está sucediendo: no nos callamos nada, expresamos nuestras opiniones sobre todo (y no sólo de fútbol y política) y nos metemos a escribir cosas en el muro de los demás sin ser invitados, pensando que nuestro veredicto realmente es bienvenido y que al otro le importa. O que vamos a poder cambiar su manera de pensar. Falso. Cada opinión tiene su valor, su equivalente en divisa internacional de pensamiento, y ese valor no aumenta ni disminuye porque otros te saquen tarjetitas con números del 1 al 10 valorando tus desmanes. Tus desmanes van a seguir teniendo el mismo coste en ratas muertas, en el mercado global de las redes sociales. ¿Cuánto creéis que vale este?

Nuestro mundo consta de escenas sociales, de intereses, de valores de cambio en mercados internacionales de cosas muertas… Pero hay unos pocos que todavía están vivos. Gente que, cuando le preguntas por qué se cae la manzana del árbol, va y te responde: “Isaac Newton a tu servicio”. Que cuando le pides que te demuestre realmente que está viva y no muerta, va y te contesta: “El bisturí de Darwin a tu servicio”. Hay dos tipos de personas en el mundo: las que dirigen toda su energía a triunfar en la escena social dominada por los valores de cambio de los que hablaba De Lillo, y las que redirigen esa energía a ser felices en sí mismos, por sus propios logros, sin someter éstos al juicio de ninguna escena social o de las reglas del dado de seis caras del Monopoly. Esa gente es la que, para mí, realmente vale la pena. Es gente que te cae mal cuando habla, porque peca de pedante, estúpida o radical (¿no lo han sido siempre todos los escritores, antes de que entrásemos en este prismático mundo de corrección política?). Pero lo son porque cuando el dado canta impares para ellos, esas personas hacen trampas y usan los decimales para avanzar sus casillas. Hay gente de cristal, cohesionada e incapaz de cambiar, y gente de arena, granulosa y versátil. A mí me gustaría puntuar como mínimo un 6 en esa escala de arena, de gente no cohesionada, pero creo que todavía estoy en un ridículo 0´3%. Mis opiniones valen sólo cinco o seis ratas muertas en el mercado, cuando para comprar un “me gusta” en el Facebook de nuestros políticos y de nuestros líderes independentistas hacen falta como mínimo doce. ¿Estaré vivo o estaré muerto?

de lordofthemetaverso

Eon, de Greg Bear

Caminos por los que transitó la CF (IV): “Eon”, de Greg Bear.

A pesar de que soy un comprador bastante compulsivo en librerías de viejo y en rastrillos, en busca sobre todo de ediciones agotadas, tengo en casa una buena colección de novelas de ciencia ficción y fantasía que probablemente provocará un día que me echen de casa. O que los cimientos se tambaleen, lo que ocurra primero. Lo cierto es que a pesar de las novedades que inundan el mercado constantemente, llevo varios años en un proceso de relectura. ¿De qué? Pues de las colecciones que tengo, completas o no, de libros que salieron sobre todo en el periodo 70-90 del pasado siglo. Aquí incluyo mi colección de Nova ciencia ficción (que puedo decir con orgullo que la tengo casi completa), gigamesh, ultramar, nebulae, martínez roca y cosas aún más raras. La que me acabo de terminar anoche es “Eon”, una novela de cf hard de Greg Bear publicada por primera vez en inglés en 1997. Aquí va mi reseña (ojo que hay muchos spoilers):

Eon plantea el “cotidiano” tema del primer encuentro con un artefacto aparentemente construido por una especie alienígena. Su exploración y el desentrañar los misterios que contiene conforman la mitad de la novela. La otra mitad es la clásica historia de la pelea entre americanos buenos y rusos malotes tan típica del ambiente literario y cinematográfico norteamericano de los ochenta. A pesar de que Miquel Barceló dice de ella en el prólogo que es una gran maravilla de novela, lo cierto es que es bastante irregular, en tanto que contiene algunas ideas brillantes (sobre todo en lo tocante a la descripción de la Roca y la Vía transgaláctica a la que da acceso), pero flaquea mucho en dos cosas: la descripción del conflicto yanqui-soviético, que parece sacado de las típicas películas de la era Reagan, y la descripción de la sociedad que los científicos encuentran una vez profundizan en la Roca (atención, no sigáis leyendo a partir de aquí los que no hayáis leído la novela)…

…Que no deja de ser la humanidad del futuro, nuestros consabidos “primos lejanos”, que viven en el interior de un tubo de millones de kilómetros de largo. Resulta curiosa la descripción que hace Bear de esta sociedad futura, ya que el único oficio al que parecen dedicarse todos sus habitantes, o al menos los importantes, es el de abogado. ¡Un futuro lejano compuesto principalmente por abogados, qué pesadilla! En este sentido, Bear hace la misma trampa que Christopher Nolan en la (por otra parte estupenda) “Interestelar”: mucho viajar al confín del universo para que lo que encuentres allí sea lo mismo que dejaste en casa, es decir, la misma humanidad de la que tú provienes.

Además, la novela comete un fallo muy habitual en lo tocante a los textos que juegan con los universos paralelos y las anomalías temporales. Es un fallo que es muy difícil evitar, y que estamos hartos de ver (por poner un ejemplo más de estar por casa) en las películas de Star Trek: En “primer contacto”, los borg atacan la Tierra, y al ver que pierden, envían una sonda al pasado allí mismo para que cambie la historia. El que ese viaje se realice en el mismo escenario de la batalla permite al Enterprise seguirla y evitar el cambio. Pero ahora bien: si una raza, digamos los borg, tiene la tecnología para viajar por el tiempo, ¿no sería más lógico que la usara a mil años luz de la Tierra, sin naves coñonas de la Federación cerca, viajar hasta el siglo I de nuestra era, acercarse a la Tierra en ese siglo viajando por el espacio, y entonces conquistar el planeta? ¿Por qué esperaron a usar el arma temporal a estar en plena batalla y con los pelmas del Enterprise cerca? La respuesta es obvia: porque si no, no habría película…

Pues algo parecido sucede en Eon: los eonitas (o pedrusconios) están intentando vencer a unos antiguos enemigos alienígenas, contra los que no pueden luchar porque están en franca desventaja. Pero en un momento determinado, casi al final, se desvela que la Vía no sólo toca otros sistemas solares sino también otros universos paralelos, y que los “abridores de puertas” pueden acceder a ellos. De hecho, le dan esa oportunidad a la chica protagonista para que salve la Tierra de un desastre. Si los eonitas tenían esa tecnología, ¿por qué no la usan para vencer a sus enemigos, en vez de estar huyendo todo el tiempo?

La novela no es mala, a ver, tiene su punto interesante. Pero tampoco es la gran novela de CF hard. Le falta mucho para eso. Las ideas puntuales son interesantes, pero la trama general es muy previsible y manida, amén de los fallitos de lógica antes mencionados. Una última cosa: cuando publiqué Crónicas del Multiverso, hubo blogueros que la criticaron porque decían que me pasé en la escala. Que al dar las cifras sobre el tamaño de las naves-mundo y de otras cosas que aparecen en el libro, me pasé dos pueblos. Se nota que esa gente no ha leído a Greg Bear. Eon está plagada de cifras descomunales del estilo de “la Vía mide ochenta mil millones de kilómetros en este tramo”, o “el valor de pi cambia de modo que ciertas puertas puedan curvarse infinitamente sobre sí mismas”. ¿Quién decíais que es un exagerado…?

de lordofthemetaverso

orfiáticum

Bueno, por la foto que compartí esta mañana ya podéis imaginaros que me han llegado los ejemplares de cortesía de LA ORFÍADA. Bien, dentro de dos semanitas más o menos estará en las librerías a disposición del público. Un par de cosas de última hora que me gustaría comentar sobre este libro antes de dejarlo marchar y que sea todo vuestro, en lugar de mío:
a) Esto NO es un pasapáginas. No es la típica novela que la gente se compra para leer a cien por hora y poder alardear de “mira, me la he terminado en 24 horas, como la última de Martin, qué rápido leo”. No, este libro es justo lo contrario, no es fast food sino slow food. Es un libro que para disfrutarlo bien tenéis que leéroslo en seis meses mínimo. Disfrutando cada página, cada capítulo, tomándolo con extrema calma. Es una novela que ha tardado once años en escribirse y publicarse y no está concebida para que os la puláis en un fin de semana. Y mucha gente dirá “¡qué ingenuo es Víctor, escribir una novela de lectura lenta en plena sociedad del usar y tirar y de las lecturas en el móvil!”. Pues mi respuesta es: me importan un cojón de pato esta sociedad, los móviles y vuestro ritmo de vida a mil por hora. He escrito este libro como novela intemporal, como obra completamente diferente a todo cuanto se hace hoy en día. Si queréis disfrutadla, no lo hagáis en plan juego de tronos o cualquiera de los best sellers al uso de hoy. Hacedlo como otra cosa completamente distinta, por favor.
b) La novela tiene 606 páginas en papel, pero hay como 200 más en la web de megustaleer, en la página de Fantascy. Corresponden a los extensos y detallados apéndices, que la editorial prefirió no incluir en la edición impresa para que el volumen no se nos fuera a las 800 páginas. Pero ese material existe, está ahí y pronto lo podréis disfrutar online, como complemento al libro. ¿Que si estos apéndices son importantes? Pues sí, y mucho. Detallan muchísimas cosas sobre el mundo y los personajes, y sobre la mitología del Gran Reino, extensa y compleja.
c) Esta novela NO es para todos los paladares, y eso es algo que os digo desde ya. Es una novela compleja y culta a más no poder (cosa que ya habréis podido deducir por el tipo de prosa con el que está escrita, de la cual he venido colgando muchas muestras en los últimos meses). No voy a intentar engañaros ni comeros el coco diciendo “¡niños y niñas, corred y compradla, que os encantará! ¡Es una novela que hasta el lector menos exigente podrá disfrutar!”. Tch tch, ni de coñas. La gente a la que le gusta leer bestsellers probablemente la odiará, y la pondrá en su top ten de “estafas literarias” o de “peores novelas del siglo”. Esa gente que siga leyendo a Stephenie Meyer, no me importa. La Orfíada no se ha escrito con esa intención. Es más bien la típica novela culta que os obligará a ir al diccionario muchas veces y a adaptar vuestra comprensión lectora a los estilemas de la novela romántica del XIX, e incluso más atrás. Por eso digo que las páginas no son hamburguesas, sino que tendréis que leerla lentamente. Haters me sobran, así que unos cuantos más no me harán daño.
Y nada más. El monstruo se ha escapado de la guarida, ya es vuestro, no mío. Tanto si os gusta como si no, si la amáis o la odiáis, por favor decidlo en voz alta. Me gustaría oír las opiniones de todos, tanto las favorables como las muy críticas. Esto es lo mejor que lo sé hacer, no sé escribir mejor, así que si llego a rebasar el listón o no… sólo vosotros lo diréis.
Muchas gracias y ha sido un placer haberos conocido. A todos.

de lordofthemetaverso