Puigrödinger

Llevo varias semanas esperando que alguien lo dijera en voz alta, pero veo que esto cada vez se reduce más a una lucha de patio de vecinas. Importa más la reducción a lo simple y al señalamiento personal (“¡fue culpa tuya! ¡No, tuya!”) que el análisis de los verdaderos motivos que subyacen detrás del triunfo o el fracaso de determinadas propuestas políticas. Y no dejo de preguntarme por qué todos, en política y en prensa y a nivel de calle, son tan ingenuos. Este va a ser mi primer (y último) post sobre el tema de la independencia de Puigrödinger. Todos los que me conocéis o me seguís sabéis que nunca hasta ahora me he pronunciado al respecto porque a) yo soy escritor y no político, y creo que cada cual se tiene que dedicar al campo que le toca dejando opinar a los expertos, y b) porque el monotema me tenía hasta los cojones. Pero ya que nadie lo dice y el circo mediático sólo se centra en los pequeños detalles, en quién le echa las culpas a quien ahora, lo diré yo: el culpable de que el modelo independentista de una comunidad autónoma cualquiera fracase no es el Estado, ni el partido que toque estar en el gobierno, ni la cobardía o la valentía de los líderes de uno u otro bando. La independencia de Cataluña ha fracasado porque el SISTEMA macroeconómico europeo lo ha dictaminado así. Ha sido el Capital el que ha decidido, y el que ha impuesto sus condiciones, ni más ni menos. El PP y sus métodos policiales no es sino una marioneta más de ese sistema, igual que lo es la Corona y que lo son los partidos xenófobos catalanes. Los que realmente mandan en Europa son los bancos, y los lobbies que tienen el dinero. Son ellos los que deciden cómo y hacia dónde fluye el dinero, qué regímenes son apoyados y cuáles descartados. Las empresas que se han ido de Cataluña ya no volverán jamás, ni en uno ni en diez ni en veinte años, porque su volumen de inversores extranjeros no permitirán que el capital se ponga en juego por culpa de un cambio de moneda o por unos aranceles que encarecerían monstruosamente cualquier tipo de intercambio comercial con Europa. Y no solo eso: no es sólo que las empresas que huyeron jamás volverán (¿para qué, para que dentro de diez años les vuelvan a montar esta misma historia otra CUP o como se llame en ese entonces?). Es que ninguna otra empresa grande querrá instalarse en Cataluña nunca más, por temor a la espantada. Lo único que se ha conseguido con todo este circo es arruinar a esta preciosa comunidad autónoma, y hacer que el nombre de Cataluña se haya convertido en anatema para los mercados, ahora y durante los próximos 100 años. ¿Periodo de recesión, dijo alguien? Ojalá fuese sólo eso.
En el mundo actual es IMPOSIBLE un modelo de independencia republicana como el que propuso Cataluña. A lo mejor fue posible hace cien años, o doscientos, cuando el mundo no era una gigantesca red macroeconómica donde las fluctuaciones en Bolsa de un pequeñito lugar del mundo afectaban a otro lugar gigantesco que estaba a medio mundo de distancia. Y esto lo sabían perfectamente los líderes del movimiento independentista, desde hace mucho tiempo. ¿Por qué siguieron con la pantomima hasta el final, entonces? Quizá porque esperaban, en su ingenuidad realmente lo esperaban, que las empresas del euro les apoyasen en su cambio de modelo (me parto la caja sólo de pensar en la cara que pusieron los inversores de estas empresas al ver temblar en Bolsa sus activos). O que alguien como Qatar o algún remoto país petrolero les apoyase en la creación de una nueva moneda o de un paraíso fiscal. Pero eso no eran más que sueños. El Capital decidió, y fue él quien se cargó el sueño catalán… y esto último es una falacia, porque ni la mitad de los habitantes de esa comunidad autónoma comparten ese “sueño”. Hacer extensiva la xenofobia de unos pocos a toda la población de ese rinconcito de España es seguirles el juego, y no voy a caer en eso. Puigrödinger se echó atrás en el último segundo no porque quisiera el diálogo (dejando con el culo al aire a toda la gente que atentó contra la Ley española creyendo que, hicieran lo que hicieran, la separación estatutaria los iba a proteger bajo el paraguas de la nueva ley extranjera, es decir, catalana; ahora toda esa gente va a ir a la cárcel, como es lógico, pues no se puede quemar delante de una cámara la orden de un juez y pensar que no te va a pasar nada). No, Puigrödinger se echó atrás porque los expertos en economía vieron que un nuevo modelo de moneda y estabilidad empresarial era imposible si Europa no les apoyaba. Y Europa no les apoyó. ¡Pero es que no les va a apoyar nunca, ni a ellos ni a los catalanes franceses, ni a los catalanes alemanes, ni a los catalanes rusos! Europa es un todo unido, les guste a ellos o no, y no puede permitirse movimientos independentistas que la desgajen en trocitos, porque si lo permiten con uno cien más se les unirán. Todos los países tienen su pequeña región separatista, no lo olvidemos. Y esto es como los juegos en un patio de colegio: si le dejas hacerlo a uno, tienes que dejarles hacerlo a todos. Y eso JAMÁS ocurrirá.
En fin. Como decían en la película JFK, “lo que verdaderamente importa es el porqué. El cómo y el quién sólo son montajes para el público”. Ahora todo el mundo está encochinado mirando a ver a quién le echan la culpa: la CUP quiere denunciar al PP, el PP quiere denunciar a la CUP, los independentistas a nivel de calle quieren denunciar a Puigdemont por haberles traicionado, Puigdemont sólo piensa en cómo salir airoso del asunto sin acabar en la cárcel… En fin, es un circo mediático, alimentado por la propia prensa que está disfrutando de lo lindo con todo esto, porque es la polémica lo que les da trabajo. Y en medio de tanta acusación cruzada… nadie piensa en que daba igual que fuese el PP el que estuviera en el poder en aquel momento, o el PSOE o los pitufillos verdes. Da igual quiénes sean los actores en la representación. Lo que importa es que el SISTEMA es el que no dejará jamás en la vida que el modelo independentista funcione. Quién esté sentado en ese momento en el sillón de mando es indiferente, porque son los BANCOS los que mandan, joder, no los partidos políticos. Eso es lo que los idealistas del pueblo llano, los que se lo creen todo y salen a chillar con sus banderitas, no entienden. Y eso es lo más triste, porque demuestra que todos somos esclavos de ese sistema económico, para bien o para mal.

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de lordofthemetaverso

inopia

Supongo que el nombre de David Gerrold no os sonará de nada. Fue un guionista de TV americano de los años 60-70, y trabajó para algunas series famosas de su época como Star Trek (fue el responsable del famoso e hilarante episodio de los “tribbles”), land of the lost o la fuga de Logan (para la cual escribió el que para mí fue el mejor episodio de la serie, el del viajero del tiempo). También tuvo durante varios años una columna de opinión en la revista Starlog, decana del cine fantástico, que ha estado activa desde mayo de 1976 hasta la actualidad.
Gerrold era un hombre muy pagado de sí mismo aunque no exento de talento, un poco a lo Harlan Ellison pero a menor escala. Lo saco a colación porque ayer estaba leyendo una de sus columnas de opinión para Starlog, en la que decía que se había peleado con el productor de una serie de los sábados por la mañana, para niños, llamada “space academy”. Al parecer, el productor quería que Gerrold le escribiese guiones basados en la “gran premisa”: todos los sábados aquellos niños cadetes del espacio debían resolver un gran problema que amenazaba la Tierra. Meteoros gigantes, monstruos del espacio, agujeros negros, cataclismos inimaginables, invasiones de otro mundo. Y Gerrold decía: pero vamos a ver, cómo voy a escribir unas historias en las que son unos mocosos los que salvan al mundo, en lugar de sus más avanzados partenaires, y aun así cada episodio termina con ellos volviendo a su rutina, limpiando los pupitres, yendo a clase, etc. Gerrold siempre fue un defensor acérrimo de la parte de la “ciencia” dentro del concepto “ciencia ficción”, y le daba agonía rebajarse a escribir cosas que se saltaran este concepto a la torera.
El caso de Gerrold, peleándose con un productor que lo único que quería era sacar adelante una serie para niños pequeños del sábado por la mañana, erigiéndose en firme defensor de la lógica y la integridad de la ciencia ficción como concepto, es paradigmático. Y me sirve para reflexionar sobre un hecho: hoy en día damos por sentado que el concepto del “público objetivo”, ese en el que se basa la totalidad del medio televisivo, impera sobre cualquier otra consideración. Los escritores debemos adecuar todo aquello que escribimos al público al que nos contratan para agradar, y punto. Cualquier otra dimensión inherente a nuestra obra es secundaria. Si escribimos en una colección infantil, debemos ignorar esos principios que eran tan importantes para los escritores como Gerrold y hacer cosas que entronquen totalmente en el medio infantil. Si escribimos un episodio de una serie como “el ministerio del tiempo”, debemos olvidarnos de la sofisticación y hacer ciencia ficción para todo el espectro de público español (lo cual equivale a que las abuelas de 70 años también lo puedan entender). Es el medio el que manda, no la historia. Y nosotros, los escritores, estamos condicionados para reírnos a mandíbula batiente de los principios de la gente como David Gerrold y decir de ellos que “¡eran unos ingenuos!” Sí, la sociedad nos ha programado para que nos vendamos a las leyes de mercado, a cambio de dinero, y que pensemos que la integridad del artista es un campo trasnochado e ingenuo. Pues no sé qué deciros. Yo entiendo que la posición de Gerrold era, en verdad, poco realista. Porque si te contratan para hacer los guiones de un show del sábado por la mañana para críos, ¿te vas a poner con tonterías como que la velocidad de la luz es una pared intraspasable, o que no se puede hablar en tiempo real entre la Tierra y Júpiter porque hay una demora en la señal? Pero al mismo tiempo… y ahora decidme la verdad, aquellos que tengáis integridad como autores… ¿no es precioso que haya gente que se tome su arte tan en serio como para cogerse estas pataletas de autor inconsciente y que vive en la inopia?

de lordofthemetaverso

psicopompo

Ayer estaba leyendo un número de la revista Nueva Dimensión, en concreto el 143 con fecha de portada marzo de 1982. En él, entre otros excelentes relatos, viene uno titulado “la luna pálida” de un jovenzuelo llamado Rafael Marín (no es por hacerte sentir viejo, Rafa, pero yo en el 82 tenía ocho años), y varios artículos y cartas de los tristemente desaparecidos Juan Carlos Planells y Javier Redal. Y pensé, “madre mía, esta gente ya estaba ahí luchando por la CF cuando yo todavía era un niño de teta, casi.” A ninguno de los dos los conocí en vida, ni a Planells ni a Redal. Con Redal me crucé una vez, de pasada, creo que en la Hispacón de Mislata, pero no hablamos mucho. Y de Planells lo único que sé es que era uno de los mayores expertos en Dick que teníamos en España, con permiso de Capanna, como dicen en un blog. Y un buen memorialista del fandom. A diferencia de mucha gente joven, que no le importa una mierda quién vino antes que ellos y lo que hicieron, yo siempre sentí un profundo respeto hacia la gente que estaba ahí antes que yo, por sus logros y también (por qué no decirlo) por sus equivocaciones. Siempre pensé que uno tiene que saber en qué punto se halla el mundo al que llega, en el que intenta integrarse, para saber qué se hizo antes de que él llegara y qué queda por hacer después. Por eso siempre intenté llevarme bien con gente a la que yo leía cuando todavía era un chavalín que no peinaba canas, pues me fascinaba conocerles por fin en persona. Con algunos nunca lo logré, como es el caso de Miquel Barceló (siempre me dio la impresión de que cuando yo llegué al fandom él ya estaba de vuelta y muy amargado, muy a la defensiva hacia todo y todos, quizá por una acumulación no merecida de fracasos), y con otros llegué tarde (como con Domingo Santos, con quién sólo tomé un café en la Hispacón de Zaragoza, magra cosecha para glosar sobre una persona clave para entender el mundo de la CF española. Luego me enteré de que odiaba los juegos de rol, a los que acusaba de “robarle” espacio en las estanterías a la genuina ciencia ficción, y me reí mucho, pues yo siempre he sido un rolero quijotesco). En fin, memorias de gente que vino y se fue… Con otros que llegaron antes que yo sí que he tenido mucha suerte por haberme llevado bien, como es el caso de Rafa, Juanmi, Rudy, y gente a la que he llegado a considerar hermana. A veces me pregunto cómo será cuando yo me haya ido. Cuando la gente está viva y trabajando desarrollamos hacia ellos unas actitudes que pueden variar entre el “qué pedante es este tío, ya está otra vez con sus insufribles artículos de opinión” y el “cómo te idolatro, oh gran gurú de las telepolémicas, ilumíname con tu última salida de tono friki”. Hay muchos escalones en medio, algunos positivos y otros negativos. ¿Pensarán de mí que fui un escritor de segunda fila que simplemente se supo vender bien, y que por eso publicó tanto? (en detrimento de otros que quizá merecían ese honor más que yo), ¿o pensarán que cuando yo me vaya la Fantasía y la CF españolas se quedarán cojas, en cierto modo, y que tendrá que venir alguien tan loco como yo para rellenar ese hueco? ¿Llegará algún día un joven que ahora tiene ocho años y que compra novelas mías, cuando llegue a adulto, queriendo llevarse bien conmigo porque yo represento la luz que iluminó su camino cuando (parafraseando a Tolkien) todas las demás luces se apagaron? ¿Pasaré de él como Barceló o Alejo Cuervo pasaron de mí? No sé. En los últimos 15 años he publicado 41 libros, por lo que, si todo va bien y sigo a este ritmo, podré ser capaz de escribir otros 41 antes de morirme. Quién sabe. Entonces seré otra de esas cuentas fantasma en FB de gente que ya se marchó pero que todavía reciben montones de solicitudes al día para entablar amistad. O a lo mejor me convierto en un psicopompo de la CF y dejo preñada a alguna vestal. Buen tema para un cuento.

de lordofthemetaverso

valor absoluto

Nuestras ciudades se están llenando de puestos ambulantes de sectas religiosas haciendo proselitismo de sus valores e intentando ganar nuevos adeptos. No me parece mal, allá cada cual con su historia. Pero yo me pregunto cuántos de esos sonrientes y bienintencionados ministros de la fe han meditado realmente sobre lo que están defendiendo. Por supuesto, el 99% de ellos sólo busca en la religión un consuelo vital y un débil colchón filosófico que les ayude en su día a día más inmediato, sin atreverse a pasar de ahí. ¿Pero cuántos de ellos se han parado aunque sólo sea por un momento a pensar en la idea de Dios (y en su peligrosidad) a un nivel un poco más profundo? “La angustia de la condición humana adquiere una amplitud vertiginosa”, como diría Juan Cirlot. Y la alternativa a todos esos paquetes morales prefabricados que ellos venden parece, a priori, más atractiva: un universo sin Dios, sin valores absolutos, garantizaría nuestra autonomía y nuestra independencia como especie para crear nuestros propios sistemas filosóficos, “exentos de leyes externas impuestas por un Dios inclemente”, que diría Lovecraft. Pero esa sensación de libertad absoluta, me temo, es demasiado terrorífica para todas esas personas que necesitan, en su día a día, que un poder superior los aborregue y les diga cómo pensar, cómo sentir, y cómo comportarse para ser felices.
de lordofthemetaverso

Es cierto que los escritores de Fantástico tiramos de nuestro niño interior para extraer energía creativa “de la mina”. Muchas veces tratamos temas muy serios pero tras someterlos a un reductio ad absurdum que los despoja, primero, de cualquier significación causal. Y que hace que los reimaginemos desde cero en lugar de alegorizarlos a nuestro antojo (lo cual es muy bueno para el lector, pues de ese modo se ve libre de interpretarlos como le plazca, cosa que no sucede con la alegoría). A veces, por usar esta técnica de hacer trabajar a nuestro niño interior para extraer imágenes, nos llaman “escritores inmaduros”… pero yo creo que en cualquier acusación, y en cualquier contexto, ninguna acusación de inmadurez debería llegar sin una clara definición de lo que es “madurez” que la respalde. Hala.

de lordofthemetaverso

primer capítulo de mi novela de vampiros

PRÓLOGO:  1944

 

 

Me fue revelado entonces…

Que el horror surgió aquella noche del Pabellón Tres. Yo era demasiado niño para darme cuenta, pero mi hermano, que no había nacido en el Campo y que tenía (por desgracia) edad suficiente para darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor, me lo contó más tarde. Después de la fuga y de que llegáramos al norte, al país de la nieve.

El horror surgió del Pabellón Tres… y aquella noche los que gritaron ya no fueron sólo los prisioneros del Campo. Aquella horrible noche incluso los guardias, los hombres de azul con el extraño símbolo en sus gorras, se unieron por primera vez al coro.

Yo era un bebé, prácticamente. Luego me dijeron que fui de los poquísimos niños que nacieron en de los Campos en aquella turbulenta época. He fraguado recuerdos en mi mente, pero todos son falsos: son producto de las historias que me contó mi hermano, a medida que íbamos creciendo y yo le preguntaba por qué papá y mamá no estaban con nosotros. Samuel no quiso explicármelo hasta que no fui lo suficientemente mayor como para saber lidiar con el dolor, y con algo mucho peor: la comprensión. Porque si ya es difícil para un adulto entender cómo es posible que pasen estas cosas, estos holocaustos sangrientos… para un niño es algo que sencillamente no encaja en su comprensión del mundo.

Samuel tenía historias para todas las noches, pero eran de miedo. En el fondo no quería contármelas, pero de alguna manera tenía que sacárselas de dentro. Había nacido con un don especial para relatar historias (por eso, de mayor, se hizo escritor), pero no eran las que yo hubiese preferido. ¿Dónde estaban los cuentos de hadas que debían arroparme cuando hacía frío? ¿Dónde, la dulce voz de mamá, que salió demasiado pronto de mi vida como para que tuviera una clara conciencia de ella? (Otro recuerdo impostado. Otra memoria que no era mía. Otra imagen heredada de Samuel, que necesitaba recuperar para rellenar el vacío de experiencias propias.)

Pero no, las historias de mi hermano no iban sobre hadas y elfos. Iban sobre aquellos hombres crueles, los del uniforme azul y el símbolo raro en las gorras. Los que vigilaban el Campo y tenían encerrada a gente como papá y mamá en pabellones mugrientos. El año en que yo nací aquellos hombres ya metían a los judíos en vagones de ganado. Y los convertían en nubes de ceniza, en jabones para limpiar la ropa y en abono para los campos. El horror siempre iba en una dirección: de arriba hacia abajo.

Nosotros sólo podíamos llorar porque teníamos hambre, mientras ellos ponían muy alta una gramola para tapar los lejanos llantos de los niños judíos. Dicen que de aquellos aparatos salía música, voces de un pasado mejor no manchado por la guerra. Voces de mujeres hermosas que cantaban en cabarets llenos de candilejas. Los hombres de azul también tenían hambre.

Fue un dos de diciembre… del negro 44… cuando el horror se concretó en el Pabellón de los enfermos. Cuando la oscuridad tomó forma y salió reptando de allí para cobrarse sus presas. Cientos de personas que ya no eran personas, sino despojos humanos medio muertos, se apilaban como fardos en aquel edificio. Con sus pijamas a rayas y sus ojos vacíos aguardaban al misericordioso ángel de la muerte, para que los sacara de una vez de aquel infierno.

Y el ángel llegó. Pero no se parecía al que ellos habían invocado.

Mi hermano me habló de los sonidos de las armas, del petardeo de las ametralladoras que se elevó sobre los cantos de cabaret. De la música de la noche. Margo Lion cantaba Leben ohne Liebe kannst du nicht, mientras las StG44 tableteaban en la oscuridad.

Me habló de cómo los gritos (esta vez en alemán, no en polaco, lo cual era insólito) afloraron como rosas en la oscuridad. Y de cómo la negrura se llenó de destellos.

Los prisioneros con pijamas huyeron despavoridos. Porque aunque aquella cosa surgida del Pabellón Tres estaba matando a los guardias, sabían perfectamente que no estaban a salvo. Aquel monstruo no había sido enviado por Dios, ni tampoco por el Demonio. Era otra cosa, algo que no encajaba con sus mitos… Era un horror surgido de un pasado tan remoto que ni siquiera aquel al que llamábamos Yahvé había nacido.

Mi hermano solía contarme los pormenores de aquella noche, la más importante de su vida. La única que recordaba con absoluta claridad, incluso cuando su castigada memoria no le dejaba retener ni lo que había desayunado aquel mismo día. Era capaz de revivir como si fuese ayer el momento en que mi madre lo hizo subir hasta el ventanuco del Pabellón, y le pasó un bulto envuelto en mantas. Ese bulto era yo, que tenía demasiado frío hasta para llorar. Mi hermano traspasó aquel ventanuco con chorros de lágrimas cayendo por sus mejillas, porque sabía que era la última vez que vería a mamá. A papá hacía tiempo que lo habían separado de nosotros, pues los hombres mayores de ocho años tenían su propio Pabellón. Y no habían sabido nada de él por meses. Samuel había oído infinidad de veces a mamá rezar por su alma, entre sollozos, cuando creía que estábamos dormidos.

Samuel corrió a las alambradas, normalmente vigiladas por los hombres en las torres y sus chorros de luz. Pero los focos no apuntaban hacia ellas, sino que se derramaban sobre los edificios de los oficiales y los barracones de los guardias. Buscaban algo, una cosa que reptaba furtiva entre las sombras. Una cosa que para aquel entonces, el momento en que mi hermano alcanzó el perímetro, ya había convertido las casas de los guardianes en un matadero.

Samuel corrió esquivando manchones de sangre que habían caído como estanques sobre la nieve. Había pasado por allí, dejando tras de sí un reguero de cadáveres. Había armas en el suelo, para que cualquiera las cogiese… incluso los prisioneros. Hubo quien lo hizo. Otros no tenían fuerzas ni para sostenerse en pie, mucho menos para apuntar con un rifle. Todos corrieron como alma que lleva el Diablo hacia las alambradas. Hubo quien entregó con gusto su vida, echándose sobre ellas, sobre sus púas, para que los demás pudiera pasar. Eran los más viejos, los que sabían que aunque salieran del Campo jamás podrían sobrevivir a la noche de invierno.

Más allá de la alambrada estaba la alta verja, y tras ella el campo de minas. Mi hermano me habló de cómo tuvo que pasar por encima de los ancianos que se habían lanzado sobre las púas, pisándoles la espalda, y de cómo alguien nos ayudó a cruzar al otro lado. Había un espacio libre de árboles hasta la linde del bosque, que en circunstancias normales habría servido para que los hombres de las torres ejercitaran su puntería. Pero no aquella noche. No cuando las ametralladoras disparaban hacia dentro del Campo, no hacia fuera.

Mi hermano recordaba haberse quedado quieto, a un paso de la planicie donde la tierra mataba, mirando el bosque. La gente que huía caminaba en zigzag, como si así tuvieran más probabilidades de cruzar. Samuel me los describió como marionetas que apenas se tenían en pie, muertos vivientes cuyo patético intento de correr era una broma, un desafío a huesos reducidos a hielo podrido. Algunos explotaron, la mayoría, cuando la tierra-que-mataba dejó salir sus frutos. A otros los derribó el fuego graneado de las armas, pues había guardias que, pese a todo, querían seguir cumpliendo con su cometido.

Mi hermano recuerda que entonces, en aquel preciso momento, me miró. Las mantas que me envolvían se habían abierto un poco y le dejaron ver mi carita.

Y yo le sonreí.

Fue algo tan ilógico, tan desconectado de la locura que se desplegaba a su alrededor… que de algún modo le dio fuerzas para seguir corriendo. La sonrisa de aquel bebé era un hecho tan insólito, tan inverosímil, que de pronto pareció que incluso en aquella negra noche los milagros eran posibles.

Samuel echó a correr, sosteniéndome bien apretado contra su pecho. Cruzó en línea recta el campo minado, sin volverse ni por un momento. No miró hacia atrás para buscar a mamá, ni para saber si alguno de los hombres del símbolo extraño le perseguía. Seguro que a más de uno le pareció absurdo que Samuel llegara al otro lado del campo sin tropezar con ninguna mina. Seguro que muchas sonrisas crueles se congelaron en esas mismas caras, y no por culpa del frío.

Cuando el niño desapareció entre los árboles, junto con las poquísimas personas que habían logrado huir, los guardias ni siquiera se molestaron en salir a cazarlos.

Porque algo, en la noche, los estaba cazando a ellos.

 

 

Uno de los prisioneros fugados, un hombre llamado Kifâr, se hizo cargo de mi hermano y de mí y nos ayudó a cruzar la frontera. Llegamos al país del norte, donde hacía más frío todavía que en nuestra Polonia natal, pero donde no estaban los hombres de azul. Eso nos dio esperanza, y nos permitió tomar un barco, semanas después, hasta una isla que se convirtió en nuestro hogar: un sitio en medio del océano que quizá no fuese el lugar más bonito de la Tierra, pero que en aquellos días nos brindó lo más precioso del mundo: un refugio.

Islandia llamaban a aquella tierra. De vez en cuando, a sus costas llegaban submarinos con la misma insignia que Samuel había visto en los Campos (oh, cómo se nos quedó grabado aquel simple símbolo, y cómo llegó a provocarnos pesadillas). Pero allí podíamos escondernos fácilmente. Kifâr se buscó un trabajo como pescador y compró una cabaña. Y nos mantuvo a salvo mientras crecíamos.

Recuerdo con alegría la noche en que mi hermano me contó mi primer cuento de hadas, que según él había escrito un francés. Trataba de un viaje al lugar más extraño imaginable, el centro de la Tierra. La entrada había sido encontrada en aquella misma isla, en un volcán. En los años que siguieron a la guerra subí muchas veces a ese volcán, movido por la idea romántica de hallar ese pasadizo, pero nunca lo logré. Quizá la tierra se hubiera cerrado sobre sí misma para ignorar las locuras que pasaban en su superficie.

Lo entendí. Yo habría hecho lo mismo.

Cuando fui lo bastante mayor, y con esto me refiero a que había cumplido los catorce, el tema que había sido tabú en casa dejó de serlo: empezamos a hablar con libertad de lo que nos había pasado, de lo que nos habían hecho. La guerra había acabado tiempo ha, y se podían decir esas cosas sin miedo a que volvieran a llevarnos a los Campos. Además, los hombres de azul habían perdido (¡gracias a Dios!), y los vencedores se habían repartido su país como quien roba trozos de un pastel.

Hablamos, sí, y en nuestra memoria siempre se colaba el frío que hacía en los Pabellones, y cómo costaba respirar el aire cuando se llenaba de ceniza. Fue entonces cuando mis recuerdos impostados adquirieron verdadero color: imaginé que tenía una imagen de mamá viva en mi cabeza, cuando lo más seguro es que la extrajera de los relatos de Samuel. Imaginé que podía recordar su dulce voz, y sus canciones llenas de esperanza. Pero no eran mis fotografías, sino las suyas. Yo, como bebé, lo único que podía haber retenido eran sensaciones, momentos de cariño, suaves caricias que me protegían del frío…

Me fue revelado lo que ocurrió en la Noche Cruel. Samuel me mostró un dibujo que había hecho, hacía tiempo, de la cosa que surgió del Pabellón Tres. Aseguraba haberla visto mientras huía cargando conmigo, en dirección a la alambrada. Fue un simple instante, muy breve, en el que se giró para mirar a la oscuridad, y la oscuridad le devolvió la mirada.

Abrió la carpeta en la que guardaba el dibujo y me lo enseñó. Los ojos de Kifâr se abrieron como platos, pues también recordaba haber entrevisto algo así en la ventisca.

Observé aquella parca ilustración, hecha al carboncillo, y se me quedó grabada para siempre.

Sobre un trazo horizontal que hacía de suelo, varias líneas quebradas representaban viento y nieve. Al fondo, cubos mal hechos que tenían algo de volumen y que podían haber sido edificios. Y entre un plano del dibujo y otro… entre la nieve derramada a trazos y los Pabellones edificados con líneas… la mancha negra. El monstruo con forma humanoide. Samuel lo había pintado tan cerca del observador que parecía como si realmente hubiese pasado corriendo a su lado. Me refiero a que no era una silueta entrevista en la distancia, sino que parecía estar ahí mismo, de pie, a pocos pasos del niño que la miraba lleno de pavor.

El dibujo captaba a la perfección aquel miedo; lo resumía en escuetas pinceladas de negrura. La silueta no estaba envuelta en noche, era la noche. Había surgido de ella como una excrecencia, un tumor maligno provocado por la tumefacción de la oscuridad. Su rasgo identificativo más obvio eran los ojos: eso era lo único que no había pintado mi hermano. Los había dejado como dos manchas blancas en el papel, en medio de una cabeza negra, dos faros de nada en una tormenta de carboncillo. Esos ojos se me clavaron en el alma, y me provocaron pesadillas durante días. Las mismas, seguro, que Samuel sufría desde hacía años, y que intentaba exorcizar con sus cuentos de miedo.

Kifâr nos pidió que olvidásemos a aquella cosa, no fuésemos a invocarla por error. Cuando le preguntamos si sabía lo que era, guardó un malhumorado silencio. Un silencio que no rompió hasta el mismo día de su muerte, décadas después. En su lecho, una simple y escueta advertencia:

—Huid, niños… manteneos a salvo de la oscuridad.

Y el destino que debió de haberle alcanzado en los hornos que convertían a la gente en ceniza, al fin se lo llevó.

Huid, niños… manteneos a salvo de la oscuridad.

Ese ha sido el mantra que ha gobernado mi vida desde entonces.

Poco podía imaginar, en mi inocencia, que una vez la oscuridad te elige como su pupilo, no puedes escapar a su abrazo.

 

 

de lordofthemetaverso

SALAMANDRAS

Ray Bradbury pintó un universo muy optimista en su novela “Fahrenheit 451”
Para quien no la conozca, decir que es una historia en la que, en un futuro distópico heredero de “1984”, una autoridad tiránica persigue los libros en plan policía del pensamiento y ordena quemarlos. De hecho, el protagonista es un Salamandra, un bombero armado con un lanzallamas cuya única función en la vida es quemar libros.
¿Que por qué digo que ese futuro es muy optimista? Pues mirad a vuestro alrededor y lo entenderéis. Me explico:
Bradbury se lo pone fácil al lector creando un mundo en el que la gente quería leer pero no podía, porque la Autoridad Suprema no la dejaba. No hay nada mejor que tener un mando por encima de ti diciéndote que no puedes hacer algo para que tú quieras hacerlo con más fuerza. Así, en un mundo como el de la novela, surgen enseguida disidentes, gente que esconde libros como si fueran alijos de droga y trafica con ellos (¡qué idea tan romántica!). Gente que, en resumen, se opone al poder y a la policía del pensamiento haciendo lo que más les jode: librepensar.
Pero mirad por un segundo al mundo real, ese que hay más allá de vuestro móvil. La gente ya NO QUIERE leer. Y no porque les obligue una autoridad despótica a ello, sino por propia elección. Por doquier se ve a gente que se enorgullece de que ya se ha quitado la presión de leer libros de encima, y como esta sociedad le arropa, lo proclama con orgullo a los cuatro vientos. En el metro o en el autobús vemos cada vez menos libros en las manos de la gente, y más pulgares haciendo ese movimiento rítmico de subir y subir interminables páginas de facebook. La gente no saca libros a la calle, no se sienta en bancos del parque, no los lee apoyada en las columnas de las estaciones de bus. El poco tiempo que dedican a la lectura se los consume, todo, las redes sociales.
La profecía de Bradbury se ha hecho realidad, solo que con un matiz terrorífico que ni siquiera el maestro llegó a predecir: la gente no lee no porque la obliguen a ello, sino porque no quiere. Porque ha sido instruida para ocupar su tiempo en otras cosas que les exija menos esfuerzo mental. En el mundo distópico de Fahrenheit 451 el tirano OBLIGABA a punta de pistola a no leer a un pueblo que sí quería hacerlo. En nuestro mundo real, la distopía ha florecido justo por lo contrario.

de lordofthemetaverso

ESTE LIBRO ES UNA BASURA

Cuando yo era joven (más joven, je je) y me compraba un libro que no llegaba a entender, no le echaba la culpa al libro. Primero me preguntaba si no sería yo quien no estaba a la altura, y si carecía de los mecanismos o de las referencias culturales necesarias para entender la trama. Luego, si veía que en efecto sí que poseía esas referencias y que era el libro el que estaba mal construido, entonces lo tildaba de malo, y le decía a mis amigos que no se lo compraran porque no merecía la pena.
Hoy en día, las corrientes de opinión que se generan en la Red sobre los libros no pasan por ese estadio de “auto análisis del lector”, sino que van directamente a criticar el libro. Hoy, un lector frustrado porque no ha entendido un libro o no ha logrado engancharse a los personajes no se pregunta si en realidad es fallo de él, porque como lector no da la talla, sino que automáticamente le echa la culpa al libro. “Es que este libro es una mierda”, suele ser una frase muy común en los foros de “crítica” (fíjense cómo lo entrecomillo) literaria. “Es que la trama es un lío y no me gustaron los personajes”. El lector no es el culpable de no llegar a un listón mínimo, que es el que a lo mejor el texto exigía, sino que el culpable es el libro porque no está a su nivel.
Este es un mal endémico de Internet que cada vez se extiende más. Y las culpables de esto, por supuesto, son las editoriales, pues durante las últimas décadas han ido rebajando el nivel literario de los libros para adaptarlos al lector masivo, ese que no se esfuerza nada y quiere que se lo den todo masticado, en lugar de intentar elevar el nivel medio de calidad de ese lector. Es la obra la que se rebaja para adecuarse a las exigencias de un público que cada día tiene menos nivel intelectual, y no al contrario. La propia Academia Española de la Lengua, con sus reformas de las leyes ortográficas tendentes a la simplificación, refuerza esta tendencia (¿Quitarle el acento al “solo”, en todos los casos? Claro, rebajemos le nivel del diccionario en lugar de subir el nivel de los escribientes, así habrá menos faltas de ortografía). La consecuencia de haber criado a un tipo de lector aborregado y MacDonaldista que está acostumbrado a que los libros estén prefabricados pensando en él y en su nivel intelectual, es que cuando ese lector paga 17 euros por un libro y no lo entiende, no se haga ni una mínima autocrítica (porque claro, la culpa no es suya, hasta ahí podríamos llegar); es que el libro es muy malo. Es el libro el que está mal escrito por ser demasiado complejo para un lector como él. Claro que sí.

de lordofthemetaverso

I.R.I.s

Vivimos en un mundo con un gran acceso a la información, al menos en países como España. El poder tener un aparatito que ponga en tu mano en cualquier momento el conocimiento universal, o al menos una forma rápida de llegar a él, es uno de los grandes inventos de la humanidad, quizá incluso mejor que el bocata de chorizo. Eso ha generado un nuevo término, el del “hombre expandido” (y mujer, no se me ofendan las chicas) que viene a significar el hombre con acceso total a una dimensión extra de conocimientos que lo expande y mejora. Ahora bien, de toda la gente que habita nuestra sociedad, la realidad es que sólo unos pocos son “hombres expandidos”, y la mayoría son “I.R.I.” ¿Que qué es un IRI? Lo explico a continuación:
Cada vez hay más gente, tanto joven como mayor, que no se molesta en memorizar conocimientos porque se supone que están ahí, a su alrededor, flotando en la nube. Como la gente ha aprendido que puede acceder a ellos en cualquier momento, no se molesta en memorizar una base mínima de datos, sino que lo que hace es refinar unas estructuras y mecanismos de búsqueda para llegar a esa información con un mínimo esfuerzo. No son enciclopedias, sino buscadores. Ese fenómeno se ve cada día más sobre todo en la gente joven, la cual, frente a cualquier pregunta, acuden al móvil para que Google se las resuelva. ¿Es bueno esto? ¿Ese ese buscador humano un ser humano más eficiente que el que almacena conocimientos por sí mismo, sin depender de una fuente exterior? Mi tesis es que no. La cosa es que si tú no memorizas nada, entonces no dispones de un punto de partida desde el cual tender los rayos centrífugos de búsqueda de la información. En otras palabras: que aunque la información esté ahí y te rodee, si tú no sabes que esa información existe, no generarás ni el interés ni siquiera el conocimiento de que debes buscarla. Un ejemplo: la mayoría de la gente desconoce cuántos planetas con anillos tiene nuestro sistema solar. O qué pueblo europeo fue el primero en llegar a América. Si no tienen de antemano unos conocimientos previos que les induzcan a pensar que no sólo Saturno tiene anillos, o que Colón no fue el primero, ni siquiera se molestarán en ir a buscar esa info. El hombre expandido es el que ya es culto de por sí, y usa la nube de datos de Internet para expandir esa cultura. El que no sabe nada y confía en que los datos están ahí, y sólo tiene que apretar un botón para llegar a ellos, está cayendo en una trampa mortal, pues aunque tenga buenas herramientas de búsqueda no sabrá ponerle un punto de partida ni un objetivo a esa búsqueda. Es un IRI, o “Inculto Rodeado de Información”, cual Eloi pastando en un campo de hierba. ¿Ah, que no sabes lo que es un Eloi? ¿A que jamás se te habría ocurrido buscarlo?

de lordofthemetaverso

VOLVIENDO A CARGAR EL SPACE OPERA

Volviendo a cargar los grandes escenarios en mi cabeza, volviendo a cargar las estrellas, volviendo a cargar los valles de un millón de soles y los atardeceres trufados de supernovas. Volviendo a cargar el sentido de la maravilla, los conceptos nunca imaginados y la tecnología jamás soñada. En resumen, volviendo a cargar el space opera. Y esta vez va a ser más grande y más bestia que nunca antes.
Os vais a cagar.

ka boom

de lordofthemetaverso